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ARTICULO
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20
de noviembre de 2003 |
Romance Redondo
Esforzado empate contra Brasil y vibrante apoyo de la número
12. La selección y el sueño del mundial alemán.
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Escribe
ABELARDO SANCHEZ LEON
CUANDO hay fútbol un domingo de
quincena, con solcito primaveral acercándose ya a diciembre,
lo que menos importa es el fútbol, porque antes, mucho antes,
está la lista de las compras, esas cajitas modernas de chelas,
esos tragos, esos piqueos, porque tendremos que vernos antes de
las dos en casa de Chavela, la gracia está en comer antes
y después, satisfechísimos, ver el partido peleándose
con la siesta, porque a varios los pesca en esa hora grata de irse
durmiendo un domingo a las cuatro, y el Perú-Brasil era tan
intelectual, caramba, tan cuidado, tan aguantado, que los efluvios
de todos esos tragos de la quincena hacían de las suyas hasta
que llegó el penal. El maldito penal que le cobran a Brasil
y el penal que no le cobran al Perú y, entonces, Coyo, saliendo
de un sopor gracias a un césped demasiado cuidado para la
habilidad brasileña, nos dice que el partido termina empatado,
que no nos preocupemos, que estas eliminatorias extra largue no
tienen por qué enfrentar a dos Chancillerías hermanas
sin los 21, que sigamos durmiendo porque en el segundo tiempo empatamos,
la cosa se pondrá alegre, Toledo saltará de alegría
y después a manejar se ha dicho ese resultado intelectual
del 1 a 1, que aquí no ha pasado nada, fojas cero, nadie
se cae, con Brasil hay amistad, belleza, empatarles ya es un triunfo.
Y lo es. Lo es porque si Brasil lo desea, gana. Y como lo quiso
y no lo quiso, como Ronaldo está gordo, triste y pesado,
como Rivaldo está inactivo y Kaká anda en lo suyo,
este Brasil vino a que la fiesta de estas eliminatorias siga con
su encanto hasta finales del 2005. Este Brasil tenía la cara
despintada de la avenida Brasil.
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Nolberto
Solano marcó su segundo gol de cabeza demostrando lo
aprendido en su estadía inglesa con el Newcastle. Ya
van dos en Eliminatorias. Al lado, Oscar Ibáñez,
cansado pero satisfecho, ganó el titularato.
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Por razones que todos los matemáticos saben,
los verdaderos partidos eran Perú con Ecuador y Brasil con
Uruguay. Esos sí fueron partidos a muerte, porque son enemigos
directos. De alguna manera, los peruanos estamos acostumbrados a
los partidos fríos e intelectuales, y no así a los
encuentros en altura, con todo en contra, donde no se debe arrugar,
pero tampoco regalarse, donde no se debe correr como loco, pero
tampoco se puede ser demasiado lento. Para muchos, el Perú
no sabe jugar en altura ni en el calor ni en el frío ni en
terrenos mojados por la lluvia. Para otros, el Perú sencillamente
no sabe jugar. Para algunos, felizmente que se lesionaron Palacios
e Hidalgo y que Solano acumulara dos tarjetas, porque en Quito,
con todo en contra, desde el viento hasta las tribunas, necesitábamos
gente de raza, y no estilistas, no jugadores empaquetados y sí
una dosis de marca, de fuerza, entrega tipo Cusco, aunque Autuori
dijera que su equipo base es la legión extranjera, pero ahora,
allá, en la altura, le caería bien su dosis de correlones
ya maduros y no tanto la presencia de negritos livianos y que se
chupan en los Andes, y sí esa dosis de Acasiete, Bazalar
o Morán, por decir algo.
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Pero así como el domingo fue un día alterado
por el partido, el miércoles fue un día de semana lánguido,
lleno de chamba, tratando de tirarse la pera a una hora tan incómoda,
como piensan los organizadores de ciertos eventos universitarios. Porque
ahora estamos en la obligación de manejarse con el fixture en la
mano y si te casas un sábado de octubre del próximo año,
tienes que estar seguro de que ese día no juega Perú. El
domingo la gallada se trepó a su movilidad y se mandó a
Ate, al estadio embudo, y con el sol en la cara (menos los de los palcos)
se disponía a ver el partido del siglo, por lo menos sabían
que nunca más verían a Ronaldo en vivo y en pena. El público
estuvo demasiado ensimismado, los que cuentan piensan que no hubo esa
euforia necesaria. Lo que pasa es que ganarle a Brasil no da la misma
alegría que ganarle al resto de países, sobre todo a Chile,
Ecuador, Argentina o Paraguay. Hubo color, brillo, pero no la euforia
del hincha de verdad. En todo caso, en un Alianza-Boys se grita más
así como en un "U"-Muni, el esperado Clásico Moderno.
Más allá de los resultados, vivimos una semana futbolera
bajo todas las modalidades: en el mero estadio, en casa, en la chamba,
un simple día de semana, porque los clubes europeos no sueltan
así porque sí a sus estrellas latinoamericanas. Que todo
sea por el buen humor ya que la huelga continúa, así parece,
y después de que la legión extranjera enrumbe a Europa nos
quedamos con los nuestros, con nuestra realidad, con esos estadios tan
maltratados, con nuestro querido Perú sin pasaportes comunitarios.
Y hasta el verano, supongo, vean bien el fixture, no se comprometan a
ciegas, que si les toca partido el día de su boda, la traviata.
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