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Edición Nº 1799 |
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Crecientes evidencias de que Antauro Humala, el ahora conocido líder `etnocacerista', fue responsable de numerosas atrocidades como subteniente en los años 1986 y 1987 en la provincia de Dos de Mayo, Huánuco. EN el Perú hay por lo menos dos localidades bautizadas con el nombre de Acobamba. La que queda a un cuarto de hora de Tarma es mejor conocida porque en la cima de su cerro Shalacoto se edificó el santuario del Señor de Muruhuay. Pero poco se sabe de la otra Acobamba, un centro poblado
huanuqueño donde el diablo perdió el poncho. Fue emplazada
al lado del río Lauricocha, a unos 3,300 metros sobre el nivel
del mar. Sus pobladores no fueron bendecidos con un patrón de tanto
renombre como el del pueblo sinónimo, pero durante algún
tiempo vivió entre ellos un subteniente que se hacía llamar
`Corpus Christi'. Cuentan que el personaje ayudó a acortar las
distancias entre el Infierno y la Tierra.
Todo parece indicar que el hermano menor de los Humala llegó al lugar con sus alucinadas opiniones sobre una revolución `etnocacerista' cruzadas con tinte religioso. Compañeros de armas de Humala relatan que el subteniente acostumbraba reunir a los comuneros y les obligaba a clamar: "¡En el Cielo, Dios! ¡En la Tierra, Corpus Christi!". LA ANUNCIACION Han pasado casi 18 años desde que los pobladores de Acobamba tuvieran que gritar estas loas, pero eso no significa que las ideas del personaje evolucionaran. Su afecto por la pena de muerte es una de las más inquietantes. En CARETAS 1797 respondió cuáles serían las primeras medidas de un gobierno etnocacerista: En una eventual gobernación nacionalista se va a aplicar la sanción y el castigo. Y la pena de muerte tiene un procedimiento. No mueren a cosquillas ni a pañuelazos. Hay un procedimiento que se llama fusilamiento. El subteniente Humala estuvo al mando de patrullas que incursionaron a múltiples centros poblados en los que él podía "aplicar la sanción y el castigo" sin responder a nadie por sus acciones, y se suman las versiones sobre la utilización de estos procedimientos. Si en 1986 se hacía llamar `Corpus Christi', según lo publicado por el diario Liberación el 9 de noviembre último, hoy sus aspiraciones parecen más humildes: Yo soy San Juan Bautista -declaró-,
soy el que anuncia al Mesías, que puede ser Ollanta Humala, llegado
de París, o por ahí un subteniente arrebatado etnocacerista.
Él puede ser el Mesías. Mi misión es la de ser un
anunciador. Entre 1993 y 1997 fue sancionado por negarse a saludar a un superior, conducir su auto a excesiva velocidad en el interior de la Villa Militar de Lima de Corrales a pesar de las advertencias, sustraer dos baterías de vehículos que estaban en reparación, sacar su auto de la Dirección General de Transporte de la Municipalidad de Tumbes sin autorización, no transmitir órdenes telefónicas, no reponer prendas faltantes y, en fin, una serie de mataperradas que ya apuntaban a una personalidad excéntrica. Su falta más grave se produjo en marzo de 1996 cuando cometió abandono de destino en Tumbes. Era comandante de compañía y el fuero militar le abrió proceso. Al final de su carrera, Antauro Igor Humala tenía en su foja de servicios la nada envidiable suma de 42 días de arresto simple. El 5 de enero de 1998 fue invitado al retiro por renovación. La medida truncó sus estudios en la Escuela Superior de Guerra. LA REVUELTA DE OLLANTA A su hermano Ollanta, teniente coronel que ocupa actualmente la Agregaduría Militar en París, le han impuesto arresto en dos ocasiones. La primera en noviembre del 2000 debido a una falta menor relativa a la devolución de un uniforme. En respuesta a su negativa a participar en el último proceso de ascensos le clavaron seis días más (CARETAS 1794). Lo último bloquea sus posibilidades de ascender a coronel. El mayor de los Humala escribió en agosto desde París al comandante general del Ejército, general Roberto Chiabra, explicándole sus razones para no rendir el examen de ascenso. Se quejó porque el Ejército aún no definía una posición oficial frente al levantamiento antifujimorista que en octubre del 2000 dirigió en Moquegua junto a Antauro. Exigía que se considere el evento como un "acto de honor". Dada la situación política del momento, se había convertido en una suerte de símbolo nacional. Los motivos del silencio institucional se explican en los testimonios recabados por la justicia militar. CARETAS accedió a las declaraciones instructivas de los cabos Sebastián Revilla Huisacayna, Rubiño Lipa Alarcón y Carlos Gómez Sacci. Los tres formaron parte de la tropa de 59 que acompañó a los Humala en la aventura sediciosa que los hizo conocidos. Afirman que aquel 29 de octubre del 2000 salieron del Fuerte Arica con rumbo al asiento minero de Toquepala porque Ollanta les ofreció llevarlos "de paseo" al Alto de la Alianza y no porque les propusiera gesta alguna. El fuero militar, que archivó el caso en julio de este año, concluyó que la tropa fue abandonando a los Humala en grupos dispersos que retornaron a Moquegua y el Fuerte Arica. Tres años después de ese simbólico gesto (más que levantamiento), se publica Ollanta, un pasquín de ideas extremistas que, al parecer, un descontrolado Antauro Humala lanza sin el concurso explícito de su hermano. Es un ideario exaltado que la democracia debería sortear sin muchos problemas. Pero antes se debería determinar si detrás se ocultan crímenes de guerra. (Enrique Chávez)
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