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Edición Nº 1799 |
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PARAFRASEANDO al Manifiesto Comunista, podríamos afirmar ahora que un fantasma recorre España: el nacionalismo. Asumiendo con una nueva e hipócrita cara la propuesta violentista de ETA, Juan José Ibarretxe, o Ibarreche, el lehendakari (o presidente) vasco desafía ahora al gobierno español, y a la unidad de España, con un proyecto en el que se sientan las bases de lo que, si fuera aprobado y puesto en marcha, terminará definitivamente con la unidad española y propiciará la independencia de Euskadi o país vasco, como con error fatal suelen llamarlo (porque no puede haber un país dentro de otro país). La controversia ya viene siendo larga y, además, tediosa, porque unos y otros aplican todos sus conocimientos y su pasión en hacer creer que tienen la razón. Que si el plan Ibarretxe vulnera la Constitución, que no, que no lo hace, que es tan sólo un proyecto; que es soberanista, que no lo es del todo; que intenta convertir a Euskadi en un territorio vasco que se rige por sí mismo y que no integra España, y que, además tiene proyectado, en el súmsum de la enajenación, incluir también los territorios franceses de Iparralde y también a la Comunidad de Navarra, que se ha negado a formar parte de ese país que alguna vez imaginaron los de ETA y en nombre del cual sembraron muerte y destrucción en España. Yo que soy extranjero no debería meterme en estos asuntos de españoles, pero es que el nacionalismo abstruso subleva, y más cuando detrás o delante de él está la violencia. Y porque me doy cuenta de que luego vendrán también a reclamar lo suyo el nacionalismo catalán, que ya se hace sonar, el gallego, y los de otras regiones que tienen idioma o dialectos propios y que alucinan que son países que pueden valerse por sí solos. Mala cosa eso del nacionalismo en épocas en las que parece mejor unirse que desunirse. La prueba está en la Unión Europea, que integran países que fueron tan antagónicos como Francia y Alemania, hoy en día adalides de la unión. Es valiosa la decisión del gobierno español de no dar tregua a Ibarretxe ni permitirle avanzar en su proyecto soberanista. Lo secundan, sin mucho ánimo, los partidos de la oposición como el PSOE, salvo Izquierda Unida, que le hace el juego a los soberanistas e independentistas. Nada más por mi parte (por ahora). Probablemente por apuro, cuando me referí al anunciado y tan pero tan comentado noviazgo del príncipe Felipe de Asturias-que ha ocupado no sólo las primeras páginas de todos los medios de información, sino alimentado también el chismorreo de viejas y jóvenes (Pues mira, maja, que ha sido casada, que ya ha dormido con otro hombre ¡válgame Dios, a dónde va la monarquía!), me equivoqué al escribir el nombre de la novia, periodista ella, y muy linda, que no es Leticia Ortiz, sino Letizia Ortiz, como Liza Minnelli, es decir con zeta, distinta forma de escribirlo a la que también se han referido cuantiosamente las revistas llamadas del corazón. Nosotros también hemos tenido ocupada a la prensa nacional, y no sólo a la del corazón, con motivo del desliz, por así llamarlo, del ex ministro de Comercio Exterior y Turismo, Raúl Diez Canseco, quien de puro enamorado (dicen) no tuvo (dicen también), mejor idea que abrir una agencia de empleos. Ese es el tipo de noticias que a los peruanos en el exterior nos dejan estupefactos pero a que muchos parece gustarle tanto en nuestro país. Sobre todo si en alguna forma perjudican al gobierno. Creo haberlo dicho ya, pero desde que vi por primera vez jugar al Real Madrid -aún antes de Beckham- algo raro sucedió en mí: volví a interesarme en el fútbol, afición que se quedó congelada en mi primera juventud. Ni siquiera el 4-1 que el equipo de Sevilla le propinó al R.M. (partido que el Sevilla jugó como los dioses, es decir como suele hacerlo el Real Madrid). Tan extremo ha sido en mí el cambio que hoy lunes me levanté a las 6 de la mañana (es decir doce de la noche de Lima) para encender la computadora y averiguar el resultado del anunciado partido Perú-Brasil. Y, bueno, un empate es un empate, aunque los equipos peruanos aún no entienden que mejor es ganar los partidos que empatarlos. Claro que empatar con Brasil viene a ser casi casi como ganar. Pero a las 6 de la mañana del lunes ese empate de la selección peruana fue como la ducha tibia que me di unos minutos más tarde. Tibia, digo. Lo que sí no me gustó para nada fue ver en los noticieros de televisión española la acostumbrada mascarada que cada vez que pueden protagonizan esos seudochamanes que lanzan a los cuatro vientos -siempre que sean debidamente retratados por la prensa- lo que se suponen son embrujos, que consiste en escupir líquidos, manipular muñecos y espantajos, es decir hacer su show ante los medios de expresión, anunciando que con eso neutralizarán al contrario y enaltecerán a sus partidarios. Lo único que logran es mostrarnos ante el mundo como un país peripatético, estrambótico y atrasado, en el que los partidos de fútbol y otros desafíos dependen de conjuros, escupitajos e invocaciones a más torpes e ininteligibles, mejor. ¿Los alemanes harán lo mismo cuando ganan casi todos sus partidos?. Claro que no siempre los ganan, pero en eso los brujos no tienen nada que ver. El suplemento Babelia, del diario "El País", dedicó hace una semana una buena parte de su lectura a un informe sobre la literatura última peruana, preparado por nuestra compatriota la periodista Fietta Jarque. Un mapa del Perú ilustraba su primera plana, teniendo sobreimpresos los nombres de nuestros principales novelistas y escritores. En esa edición figuraba también, en páginas aparte, una crónica sobre Corpus Barga, el notable periodista y escritor español que vivió y enseñó periodismo en el Perú. Tuve el privilegio de conocerlo brevemente, apenas regresé al Perú del exilio familiar y empecé a trabajar en esta revista, a comienzos de 1956 (¡). Pero desde entonces guardo una gran admiración por ese gran periodista que se llamó Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna, largo apellido que lo llevó a llamarse simplemente Corpus Barga. Murió en Lima en 1975 y hoy vuelve a ser reconocido en su patria, en donde acaban de editarle tres de sus libros.
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