Edición Nº 1799


 

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ARTES & ENSARTES 20 de noviembre de 2003
Por LUIS E. LAMA

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n

Lúdica y reflexiva obra de Cabieses. Hasta el 6 de diciembre en ARTCO de San Isidro.

 

ESTE era el signo sobresaliente en la invitación de una muestra hecha en el Pompidou en la que se reunía arte & diseño en un encuentro sorprendente para la época. En ese entonces ya formaba parte de la historia el comunicado interno de 1954 -filtrado y posteriormente hecho público por el MOMA- de la agencia Young & Rubicam en el cual, de manera cínica, pero acertada, sostenía que "...si tuviésemos que eliminar, en cualquier número de Life, todos los avisos con influencias de Miró, Mondrian y la Bauhaus, recortaríamos considerablemente el número de páginas de cada edición". Yo diría lo mismo del MTV y su incestuosa relación con Magritte. Sin el belga sencillamente no existirían los video clips.

La primera individual de Jorge Cabieses también pudiera llamarse &, sólo que en lugar de la confrontación francesa, él se dedica a integrar signos provenientes de múltiples fuentes para hacer una obra que lo confirma como un inteligente artista, el autor de un trabajo absolutamente riguroso. Los resultados se aprecian en una exposición insólitamente madura y exigente, en la cual no se vislumbran fisuras entre los disímiles ingredientes culturales que la componen. Cabieses rompe convenciones y apuesta por lo nuevo, sin concesiones a los gustos en boga, lo cual permite respetarlo muchísimo. Si bien descarta lo asimilado, paradójicamente recurre a señales universales altamente identificables, a las que intercala con pintura plana e imágenes provenientes de los medios de comunicación para lograr una obra personal y altamente diferenciada, producto de un arduo proceso de investigación.

Recurrir a la lengua gráfica para elevarla a nivel de arte culto es un aporte considerable dentro de nuestras artes visuales. Y Cabieses le otorga la misma categoría que las demás artes del siglo XX, sobre todo la vanguardia norteamericana de los 60, como ocurre con la integración de serigrafía y pintura que Rauschenberg iniciara, el hard edge y por cierto ese arte pop, pretendidamente anónimo, como los accidentes de carro y las illas eléctricas que constituyen lo más valioso de Warhol. Pero éstas fueron obras iniciáticas del joven Andy y sus preocupaciones sociales tenían una connotación diferente a las de sus abominables obras finales. Quizás su mayor error fue no haber muerto dos décadas antes, cuando Valerie Solanas le disparara, ocasionándole una inmensa cicatriz que exhibía con mediático orgullo.

El conjunto de Cabieses puede resultar desconcertante por la incorporación en gran formato de esos elementos que nos señalan las rutas de los espacios diarios. Imágenes, que en realidad son instrucciones, que prescinden del texto para enseñarnos cómo abrir una lata, colocarnos la correa de seguridad, coser y otras tantas tareas que solemos realizar sin realmente percatarnos de que son éstas las que dirigen nuestra acción. Uno de sus méritos es otorgarle una nueva significación, otorgarle una característica distinta cuando magnifica el tamaño y las ubica junto a otras visiones que construyeron la historia del arte del siglo XX.

La muestra de Cabieses de cierta extraña manera me recuerda a la que el MOMA hiciera, en una manifiesta competencia con el Pompidou. Sólo que en Nueva York se llamó High and Low y utilizaron a Rodchenko (conchudos) como ejemplo del espíritu que animaba la exposición. A diferencia de lo que ocurre con la de Lima, recuerdo a la de Manhattan como un bodrio, porque los curadores, cuando intentaron demostrar que el diseño y las artes norteamericanas están mucho más relacionadas de lo que se podría prever. Una perogrullada monumental. Lo mejor fue el broche que vendía la tienda con el enorme signo de admiración diseñado por el ruso. Como fiel devoto del vanguardista, aún lo conservo.

La de Cabieses es ese tipo de obras que representan tiempos de tránsitos globales y periferias locales. Son contundentes, sólidas y reflexivas. Quizás pudieran desconcertar, pero quien se las contemple con detenimiento, obtendrá una lectura insospechadamente rica sobre la contemporaneidad. Es cierto que durante más de una década lo chicha fue considerado el arte peruano por excelencia -como el indigenismo en su tiempo- pero el péndulo del arte luce inexorable y hoy da paso a experiencias más elucubradas que habrán de suceder a lo anterior. Cabieses también saboreó la chicha con obras memorables, en una etapa de transición que lo derivaría a la iconografía actual, en la que mantiene fiel, a su manera, su mirada popular, sólo que a través de un lenguaje infinitamente más erudito. Una valiente decisión.

Para concluir cito a Danto cuando sostiene que... "muy alto en mi lista de deseos como filósofo figura una palabra equivalente a lo que tan rimbombantemente se refiere Hegel como espíritu o Geist: algo que guarda con una cultura la misma relación que el yo con sus manifestaciones...quiero pensar el arte expresándose en exposiciones que revelan a sus espectadores algo de la naturaleza y los impulsos del arte" Estoy convencido de que si Danto viera la exposición de Cabieses podría vislumbrar que él transitará ese camino.



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