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ARTICULO

27 de noviembre de 2003

Por los Suelos
No hubo tarde histórica. A pesar de abrir la puerta grande,
la encerrona de César Jiménez fue decepcionante.


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La faena empezó bien con "Superior", del cual Jiménez logró un trofeo. Sin embargo, salvo el último, "Victorioso", el resto de astados no dieron juego y, dos de ellos, fueron protestados por anovillados. Der.: El grueso de los aficionados pitearon una corrida que prometía. Falló la ganadería.


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Por el MARQUES DE VALERO DE PALMA

EN los días previos a la corrida, por los pasajes y recovecos de la Lima taurina, existía una expectativa firme, clara y muy ilusionada de que los 6 toros 6 para César Jiménez en la tercera de feria, podrían declarar a esta corrida fecha histórica en los anales de Acho.

Ya en mi restaurante, repleto de aficionados, se olía la unción sacrosanta del momento: "Hoy es el día"; "Llevo a mis hijos para que vean algo grande"; "He retrasado mi viaje a Colombia para no perderme la corrida", hablaban. Clímax. Todo esto antes de llegar a Acho. Y hago esta atingencia porque en Acho este clímax de solemnidad firme bajó de decibelios dando paso a una cierta frialdad preocupante cuando los aficionados se enteraron de los pesos de los toros. Corrida justa y terciadita. ¡Mi gozo en un pozo! Premoniciones. La corrida, el corridón, con toros más que decentes, definitivamente, no iba a darse. Ya corría por los tendidos la cuchilla de la frialdad y el fantasma de las dudas... algo, algo iba a pasar.

Sale el primer toro. Chico. Ya se sabía. No se protesta porque es el comienzo de lo que se presume va a ser una dura tarde para el torero. Se nota, se palpa, cierta frustración contenida y un cierto crédito abierto para lo que venga después. El torito es noble y bobalicón. No transmite. Repite y repite y se deja llevar. Jiménez lo torea muy bien de capa y de muleta, abusando con ésta de la mano derecha pero sin dejarnos ver el cielo. Una buena faena, muy bien ligada ya que raramente Jiménez da pases sueltos. Buena estocada y oreja merecida para aceitar y lubricar la dureza de la ocasión.

Sale el segundo. Más chico todavía. El crédito empieza a romperse por lo más flojo, por los insensatos maestritos del ron y la cerveza "¡Novillero!, ¡Novillero!", le gritan los desaforados y cerriles de costumbre, como si César Jiménez tuviese alguna culpa de lo que salía por chiqueros. Sin embargo, lo sigue haciendo todo bien, toreando bien, aunque ya empieza a notársele en la línea de flotación de sus esperanzas, emociones y cálculos el impacto aniquilante de los gritos en los nervios de un torero. Se empieza a gestar la historia de una gran frustración. El torero mata mal haciendo guardia la estocada y tras varios descabellos se le pita. El tercero es chico también, pero brocho y recogidito de cuerna, con lo cual, hasta el más compasivo con el torero acaba dándose cuenta de que las cosas están ya saliéndose de madre. Que todo es demasiado fácil. Que nadie ha venido a presenciar una corrida en tono menor. Que se buscaba una corrida histórica y no un entrenamiento de alto volumen con graderíos de pago. César Jiménez torea de rodillas por alto admirablemente bien y luego con la derecha en pases genuflexos de oro. Los tendidos estallan en aplausos emotivos que logran por fin ahogar toda suerte de protestas. Es como una guerra de nervios. Aunque el toro no transmite casi nada y todo lo hace el torero en una extraordinaria tanda de naturales y magníficos de pecho de superlujo acaba la faena de este toro entre solitarias denostaciones injustas: "¡Sinvergüenza!, ¡Novillero!". Estocada y tres descabellos y pérdida de merecida oreja. Pasó el ecuador y se cayó por completo la tarde y las esperanzas de que algo importante en conjunto sucediera.

El cuarto toro era un insulto. Fue el fin de la gesta que se ansiaba presenciar y que ya no sería más. Un chancho con cuernos. Con cara de toro, burraco, pero retrasadito, bajito, muy corto de cabeza a rabo y obeso, para más inri aunque no daba el peso (455 kg.) ni de broma. Casi le llegaba a las rodillas al espigado Jiménez. Ahí murieron mis esperanzas. El torero abrevió con una gran estocada. El quinto fue de ambiente hostil y de agonía prolongada para el torero al que ya no se le reconocía nada. Otra buena estocada tras un pinchazo y cuando salió el sexto cambiaron las cosas. Era también chico pero estaba mucho más cuajado. Podría haber continuado el cachondeo pero ese estentóreo coro griego de augures trágicos, observando que la faena de demolición había sido perfecta, se callaron. ¿Para qué más? ¿Remordimientos? Unas muy buenas verónicas ponen la plaza boca arriba otra vez. Serie de faroles. El toro transmite, llega al público, tiene bravura de la buena y no sólo repetición noblota como toros anteriores. Me ha costado entender que usó el palo desnudo, reverso de la pica, a pesar de haber cambiado el juez el tercio precipitadamente, para homenajear al toro y sacar a luz su bravura embistiendo al toro a la distancia que es lo bonito. Un homenaje a Puga, que debió emocionar a éste porque el torero dejaba así claro que no le guardaba rencor a pesar de haberle estropeado el evento. Toreó, emocionando a todos, de rodillas, como sólo él sabe hacerlo. Y luego vino la sinfonía de los tres pases. Jiménez no es el mejor pero sí es el torero más largo con los dos pases que yo he visto en mi vida. Naturales y derechazos los ejecuta en todas las formas canónicas existentes. Puede torear, lo vimos a lo largo de la tarde, erguido y con pase corto acompañando con la cadera o redondeando y alargando la salida o estirando y corriendo el brazo con giro de muñeca para colocarlo y recibirlo con más recorrido o ejecutando medios pases ojedianos perfectos ligando siempre. Como la faena (que tuvo ligazón y poder y el toro transmitía y los dos pases y el de pecho

 


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