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Edición Nº 1800 |
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Por
JERONIMO PIMENTEL
LA ley de telecomunicaciones es necesaria como lección aprendida de la pasada dictadura mediática donde se puso en evidencia tanto el anacronismo de la lesgislación actual, como el espíritu latifundista con el que el grueso de los propietarios de la TV ejercieron las concesiones del espectro radioeléctrico (léase, yo hago en mi canal lo que me da la gana). Sin embargo, el laissez-faire resulta tan peligroso como la opción controlista, que es la etiqueta que se le ha puesto al proyecto de ley de radio y televisión elaborado por la Veeduría Ciudadana y presentado por Henry Pease y Gloria Helfer. Este sesgo es real y puede ser explicado por lo traumático del fujimorato, pero no por eso deja de ser inaceptable, a saber, el carácter vinculante de las resoluciones planteadas por el postulado Consejo Nacional de Radio y Televisión (CONRATV), la ambigüedad respecto a la designación de sus integrantes y los poderes que se le otorgan (el más clamoroso, la posibilidad de cancelar una licencia si se considera que por acción u ¡omisión! un funcionario público ejerce una injerencia abierta o ¡encubierta!). Otra curiosidad es la que señala el artículo 47 del mentado proyecto, que permite que los titulares de las licencias manifiesten sus puntos de vista sobre determinados temas siempre y cuando se otorgue el mismo tiempo y espacio en conocer y difundir otras opiniones sobre el asunto. In extremis, por ley, y para que no se atente contra la pluralidad, cada vez que un medio de TV destile que el fascismo étnico es peligroso, se deberá dar un tiempo para que el telespectador aprecie los argumentos de Antauro Humala sobre la legitimidad de los asesinatos selectivos y el golpe de Estado a las repúblicas criollas de acuerdo a sus particulares nociones de raza y nación. La pluralidad es un valor y debe responder a un código de ética propio (como sí lo señala el proyecto), pero no es algo susceptible de ser regulado de acuerdo a ley, al menos de no esta manera. Esta utopía periodística (objetividad pura, equidad total, etc.) sería sólo eso, una utopía graciosa, si es que no se estuviera poniendo a los medios en bandeja a un sistema político precario, de instituciones frágiles, peores partidos, repleto de grupúsculos de aspiraciones presidenciales para quienes "Estado" y "gobierno" son sinónimos intercambiables en el mismo diccionario del robo. Por ejemplo, el artículo 31 afirma que el CONRATV no otorgará una autorización si ésta no satisface el "interés público", abstracción a definir, entre otros, por un representante de la Presidencia del Consejo de Ministros y otro de los gobierno regionales. Más politizado, imposible. Y sólo como salvedad, el artículo 60 considera que estos miembros deberán gozar de reconocida idoneidad moral y reconocimiento social "según la apreciación pública de la comunidad", sin que se defina quién aterrizará esta entelequia griega. Así vistas las cosas, esta ley se sitúa al extremo opuesto del anterior proyecto presentado por Natale Amprimo, que estuvo sujeto a 18 rectificaciones y planteaba una comisión de carácter sólo consultivo. El proyecto no se discutió en el Pleno nunca y ahora reposa en algún sitio muerto de la kafkiana estructura del Legislativo. Sin embargo, de lo que no queda duda, es de la necesidad de que se promulgue una nueva ley. Y para muestra un botón: durante tres semanas Cecilia Valenzuela se ha abstenido de leer una resolución del Tribunal de Ética del Consejo de la Prensa Peruana que la desfavorece (caso 24-03), por haber insinuado en un reportaje que el Ministro de Defensa, Aurelio Loret de Mola, estaba vinculado con la corrupción fujimorista. La lectura de la rectificación, corta, dura apenas un minuto y medio. Más o menos, el tiempo que gasta en reírse de las imitaciones de Carlos Alvarez. (Jerónimo Pimentel)
Baba de Haba La estupidización
como marca registrada de un personaje que ha escogido como misión
de vida hacer más tonto el mundo. No tendría nada de novedoso,
pero sus pretensiones lo hacen caer en lapsus de seudointelectualidad
en los que se permite opinar acerca de lo que su inextricable lógica
le mande. Su pico fue la sangrienta justificación macropolítica
de la política según Montesinos y Colina (si fuera chileno,
sería pinochetista; si fuera chino, explicaría Tiananmen;
si mexicano, la masacre de Tlatelolco), pero sus neuronas le dieron también
para comentar la Ley del Artista y otros temas varios de coyuntura nacional.
Pero mejor lo explican quienes lo conocen. Roger del Águila, su
co-conductor en el programa a estrenar "Habacilar", manifestó el
pasado lunes 24 en Perú 21: "Hay gente que le tiene tirria, que
le parece un imbécil...", "No es bueno explicando las cosas, comete
errores....", "Cuando tienes cierta popularidad pareciera que tuvieras
derecho a hablar de cosas que le corresponden a un líder de opinión,
quién sí puede plantear una verdad. Y eso pasa con Raúl...",
"con Raúl no somos amigos, sólo compañeros de trabajo".
Say no more.
Aquí ES
Cine Místico
Tres niños ven afectadas sus vidas a raíz de un traumático suceso. Varias décadas después, este hecho, como una maldición griega, repercute y desarticula la vida de los ahora padres de familia (Tim Robbins, Sean Penn y Kevin Bacon). A partir de esta premisa, Clint Eastwood desarrolla una narración de carácter superficialmente policial sólo como premisa para desarrollar el drama interno en el que se ven envueltos. La ciudad funciona como un escenario envolvente, en el cual van emergiendo los conflictos de los personajes que siempre tienen que ver con pasados descompuestos y una contención que sólo se desenvuelve cuando ya es inevitable y brutal. Crítica respecto a la vida norteamericana de los suburbios, y poseedora de fuerte lirismo, "Río Místico" es la mejor película que Eastwood realiza desde "Los Imperdonables". De visión obligada.
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