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Edición Nº 1801 |
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Portada |
Por
LORENA TUDELA LOVEDAY Ay Alberto, Alberto
OJO, por siaca, él pidió que yo estuviera todo el tiempo acompañándolo y no fui yo la que se metió de hueleguiso en el asunto, tú sabes que yo no soy de esas. Lo que pasa es que yo estuve un año con Estefanía en el mismo internado de monjas en Laussanne, hija, con Maripí Pinillos además, y a veces nos íbamos a pasar el fin de semana a Montecarlo cuando Grace todavía vivía y ahí me di cuenta de que una cosa es ser un Grimaldi y otra una Pinillos, no saaaaabes; es -salvando las distancias- como comparar un día en la vida de mis tíos Javier y Marcela con un día en la etnohistoria de Marciano Rengifo y señora, no sé si me entiendes. Bueno, en esa época el Albertito era un gordito de poco pelo, medio metemano la verdad pero divertidísimo y parece que no se había olvidado de mí, de modo que su protocolo me incluyó en la colada y yo que estoy haaaaaarta del caballo de paso, del pisquito, del tamalito y de la marinera norteña, me has tenido dos días hecha una limeña-que-tienes-alma-de-tradición y estoy agotada pero agotada. Pero hija, menos mal que todo salió bien, y lo mejor de todo es que Alberto se ha quedado contentísimo con la visita. Al final me comentó, "lo que más me ha gustado de tu país es que ustedes todo el día bailan zapateando y cuando se cansan, se suben a su caballo de paso, se van a su hacienda, comen sus cosas bien picantes, se emborrachan y al día siguiente otra vez, qué pena que en Montecarlo hayamos perdido ese savoir vivre". Sí, claro, yo pensé, savoir vivre te voy a dar, tendrías que manejar un viernes a las seis de la tarde en el cruce de Aramburú con el Zanjón para que veas lo que se ha perdido Montecarlo. Pero en fin, lo que vale son los resultados de la visita, que según me dijo el propio Alberto, se van a concretar en una nueva cadena de casinos llamados Mama Ocllo, que van a tener como logotipo una cabeza de mujer con los pelos rojos alborotados, con maskaypacha coronada con un signo de dólar en la frente, ya creo que me vas entendiendo. No sé cómo se vaya a ver Lima entera con semejante aparato, hija, pero si viene de un Grimaldi, pucha, nada debe preocuparte. Hablando de preocupaciones, sí hubo algo que a Alberto al menos si no lo fastidió, lo desconcertó su poco. Ocurrió cuando estábamos en Mamacona mirando el interminable desfile de todos los viejos al poncho blanco y el sombrero alón y al quinto viejo Alberto comenzaba a bostezar. Su acompañante, que era como sabes la quetedeji de melena fogosa, ya no sabía qué conversarle para que el otro se entretuviera, hasta que soltó la paloma. No me lo han contado, yo lo escuché con estas mis orejitas Tudela que son incomparables en cuanto a la relación inversamente proporcional entre su tamañito y su capacidad de escucha; porque además todo fue en francés y creo que yo era la única ahí que lo entendía como lengua materna, qué quieres que te diga. El diálogo, hija, fue más o menos así: "Su Alteza, debe ser dura la vida de un príncipe que aún no encuentra el amor en esta vida, ¿no?" Alberto, con una clase que no exhibe ni FOZ cuando me le descuelgo para casarnos, la miró, sonrió como en propaganda de dentífrico y le respondió: "extraña manera de trotar la que tienen esos caballos, ¿cuál es su origen, madame?" Pucha, pero la otra, que es un dedo, volvió a la carga: "Usted podría conocer a una princesa peruana maravillosa, que estudia en Francia, tiene una exótica belleza mestiza y su padre desciende de una panaca real inca". Parece que ahí Alberto tomó atención, porque también le encanta la hueva étnica al hombre, y preguntó, "¿su padre?¿quién es su padre?". Pucha, la interlocutora azafránica sacó pechito y se limitó a decir, "monsieur le President". Pucha, Alberto sólo atinó a soltar un "merde!" bien dicho y añadió: "Ah, ese señor que en una reunión con su partido político terminó gritando `yo gané las elecciones, carajo'. Dígame, madame, ¿usted cree que a mi padre le gustaría tenerlo a él como consuegro?". Bueno, ya en petit comité Alberto me comentó que no había tenido hasta ese momento ni la menor idea de que su interlocutora era la Carrot, hija, y estaba seguro que era una anfitriona bilingüe que se recurseaba en sus ratos libres recibiendo visitas importantes, y yo le dije que tanto no se había equivocado. Lo cierto es que ya le habían endilgado un almuerzo en París la semana que viene con Chantal y por supuesto que no tenía ganas de ir. "¿Cómo me salgo de esta?", me pidió medio suplicante. "Muy fácil, mándale una esquela firmada diciendo, `estoy encantado, Zaraí, de saber que voy a almorzar con usted la semana próxima. Alberto'. Ya vas a ver cómo te liberas de pasar a ser primo de Coqui y de Williams" Y se arregló, qué fácil, ¿no? Chau, chau. (Rafo León).
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