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Edición Nº 1804 |
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¿Sabe
Usted de qué Opina? En el país existen, desde hace muchos años, institutos serios con la experiencia y los recursos técnicos necesarios para realizar sondeos. Lo novedoso es la mayor demanda de los medios por medir regularmente la opinión ciudadana sobre la gestión de funcionarios e instituciones públicas, sin elecciones a la vista. Hay una continua presencia en los medios del trabajo de las encuestadoras, pero muy rara vez aparecen explicaciones técnicas que especifiquen la naturaleza de un sondeo o los límites de sus resultados. Nadie explica científicamente por qué hay tan pocos peruanos indecisos frente a la coyuntura política que respondan con un simple "no sabe/no opina". País sorprendente el nuestro, en el que los ciudadanos comunes y corrientes conocen mayoritariamente a todos sus ministros y tienen siempre a la mano una opinión formada sobre ellos. El análisis de los resultados de los sondeos plantea
otros retos. Al haberse incrementado el número y la frecuencia
de éstos han proliferado los analistas al paso, que se limitan
a validar acríticamente los datos que les ponen al frente. Actuando
como aquellos narradores deportivos que relatan a los televidentes lo
que están viendo en la pantalla, hay expertos que se limitan a
confirmar las tendencias que les presentan, sin cuestionar la pertinencia
de las preguntas formuladas a los encuestados o arriban a conclusiones
políticas que exceden largamente la materia encuestada.
Toledo no miente cuando afirma que su desempeño ha sido el más auscultado de la historia peruana, pero las consecuencias para el régimen democrático de este boom encuestador están aún por verse. De ser un mecanismo para ubicar tendencias o reacciones específicas de la opinión pública, las encuestas han devenido mecanismos de fiscalización permanentes, revestidos de un tono plebiscitario que permite promover agendas políticas no siempre explícitas. El punto central es que no hay temas políticos inocuos al elaborarse las preguntas para las encuestas. Un inocente sondeo sobre las preferencias para las elecciones presidenciales del 2006 puede traer sorpresas. La inclusión de Alberto Fujimori entre los candidatos potenciales implica ignorar expresamente la inhabilitación por diez años sancionada por el Congreso. Igualmente, ubicar a Antauro Humala en el grupo, a pesar de sus opiniones sobre los fusilamientos sumarios o la legitimidad de los golpes de Estado, supone que quienes solicitaron o diseñaron la encuesta lo consideran apto para una competencia electoral. Muy distinto sería el asunto, si en ambos casos las legítimas preguntas sobre la aceptación ciudadana de ambos personajes estuviesen formuladas sin atribuirles condición presidenciable. Para prevenir los excesos o deformaciones de los sondeos de opinión, los países han recurrido tradicionalmente a la autorregulación, al estilo anglosajón, o a la reglamentación, según el modelo francés, recuerda Tuesta. En el Perú se regula la inscripción de empresas encuestadoras y se establecen límites para la divulgación de encuestas en vísperas de procesos electorales, pero se deja un alto margen para la autorregulación. En realidad, es muy fácil inscribir una empresa de sondeos en el Registro Electoral de Encuestadoras del Jurado Nacional de Elecciones. Basta cumplir con algunos requisitos formales que no incluyen aspectos técnico-profesionales. Hasta la fecha son 76 las empresas encuestadoras inscritas en el registro del JNE y expeditas para publicitar sus sondeos en cualquier momento. No cabe duda que cuando estalle la guerra de encuestas habrá que ponerse a buen recaudo.
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