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Edición Nº 1804 |
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El 2003
en Cifras A Toledo le va
tan mal en términos de imagen que debería pensar seriamente
en cambiar el mar de Punta Sal por el de Agua Dulce. Aunque lo suyo no
es propiamente un problema de mala suerte, algo tiene que hacer para que
sus ofrecimientos de punto de quiebre no se conviertan en un quiebre más
y punto. Sigue cometiendo errores que empeoran su relación con
la ciudadanía y no cuenta con una base social sólida que
lo defienda del ataque sostenido de quienes quieren removerlo del cargo
con malas artes o simple irresponsabilidad. El carácter plebiscitario
que se quiere dar a sus bajos índices de aprobación (ver
más en esta edición) no corresponde a la situación
general del país ni a la oposición en su contra. El país,
signo de los tiempos, vive más una crisis mediática virtual
que una situación explosiva causada por graves problemas económicos,
protestas sociales masivas, amenazas subversivas o intentonas golpistas. ANTE el nuevo descenso de la aprobación presidencial en las encuestas han reaparecido voces declarando que es inminente la caída del régimen por algo así como vacancia por incompatibilidad de remontar resultados adversos en las encuestas. Obviamente, esto es revestido por argumentos circunspectos como el de pronosticar una asonada a la boliviana en el país, un estallido de protesta social en el primer semestre del próximo año o una crisis generalizada en el país. Independientemente de las razones esgrimidas, el mensaje es el mismo: el gobierno no concluirá su mandato.
De entre todos los defectos achacables a Toledo, quizá el que ha tenido un mayor costo político es el de haber gobernado como si el tiempo no existiese. Se le ha ido ya la mitad del período y parece que recién estuviese asentándose. Algunos observadores temen que lleve hasta las últimas consecuencias esta vocación autodestructiva por lo que consideran su propia incapacidad o por el sabotaje de su agrupación, envuelta en disputas internas interminables. La gobernabilidad en este caso no viene, como es evidente, de su alianza con el FIM, sino de los partidos más serios, como el PPC y el PAP, interesados en sostener el régimen porque entienden que una caída del régimen arrastraría a todo el sistema y no sólo al Presidente como algunos sostienen. El desengaño ha sido grande para aquellos votantes
que se construyeron una imagen desmesurada de Toledo como el héroe
democrático de la lucha antifujimorista y se ilusionaron con él
más allá de lo racional. Otros, más pragmáticos,
optaron por él como el mal menor ante la eventualidad de una victoria
de Alan García. La imagen de Toledo se ha derrumbado también
para algunos ex izquierdistas, ahora más cómodos bajo el
título de sociedad civil, que fueron importantes al inicio del
presente régimen sobre todo en las reformas de los sectores de
Defensa o Interior y en los programas sociales. Poco a poco han ido saliendo
del gobierno y mostrando más escepticismo sobre su viabilidad al
punto de coincidir, sin proponérselo, con el diagnóstico
catastrófico de un inminente colapso del régimen que alienta
la prensa abiertamente golpista y antidemocrática. Un punto culminante
en ese desapego ha sido la manera desproporcionada en la que se ha cerrado
filas alrededor de la salida de Beatriz Merino. El espejo boliviano tampoco corresponde a la realidad del país, a pesar de todos los intentos hechos por varios articulistas para describir a Toledo como el continuador de Sánchez de Lozada en la saga de presidentes latinoamericanos depuestos. La verdad es que los procesos sociales y los sistemas políticos de Perú y Bolivia son tan disímiles que rara vez han coincidido. Hace cincuenta años Bolivia vivió su revolución nacionalista que llevó al poder al gobierno estatista del MNR. En esos mismos años, el Perú vivía la gran apertura del mercado peruano promovida por Odría. En los años sesentas, ellos tuvieron dictaduras militares mientras que el Perú tenía el período democrático de Belaunde. En los setenta, el reformismo velasquista inclinó la balanza hacia la izquierda, mientras Bánzer la llevaba en sentido contrario. En los ochentas, ellos iniciaron su proceso de reformas económicas liberales mientras nosotros cerrábamos el mercado. En fin, Perú sufrió un fenómeno tan singular como el de Sendero sin que se registre uno similar allá. Si como se ha visto en esta apretada síntesis rara vez han coincidido los procesos políticos y socioeconómicos en el Perú y Bolivia por qué habría de producirse una réplica boliviana justo ahora, para remover a Toledo y dejar a un inexistente sucesor del tipo de Carlos Mesa en su puesto. Paradójicamente, en su hora de más baja aprobación en sondeos, Toledo ha logrado el respaldo de las centrales sindicales por la reposición de trabajadores despedidos durante el fujimorismo y no enfrenta una ola de huelgas ad portas. La situación puede cambiar en el primer semestre pero habría que ver cómo se maneja ante ellas el gabinete Ferrero que debe ir al Congreso el próximo mes. En realidad, el éxito o fracaso de la gestión gubernamental en este período dependerá de que se obtengan los recursos que se esperan. Para ello, el gobierno deberá vencer el escollo que le plantea el sentido común, afianzado como contrabando ideológico, de que utilizará los mayores recursos fiscales para ganar popularidad con una práctica populista. Misterios del capital: se vende la idea de que el gobierno caerá por el rechazo de las mayorías pero se busca impedir que éstas reciban mayor atención del Estado. En ese escenario puede resultar más útil que se presenten las cartas con mayor claridad y que quienes consideran indispensable para sus proyectos privados que caiga Toledo lo digan abiertamente.
Sacándose la Michi
Pero Quijandría toma las cosas como vienen. "Son medidas tributarias. Nunca es popular", dijo. Así, el año 2003 termina paradójicamente con un sector del empresariado en la milonga de que el "ruido político" no deja trabajar, mientras los indicadores económicos del año aceptados por todos demuestran lo contrario. El PBI crecerá cerca de 4,0% el déficit fiscal caerá en 1,9 %, las exportaciones aumentarán en 14 % -rompiendo la barrera de los US$ 8,000 millones-, y la balanza comercial, por primera vez en 30 trajinados años, cerrará en superávit (S/. 1,200 millones). En los dos últimos años la economía habrá crecido 10 % (ver Webb). Salvo la pesca y los hidrocarburos, virtualmente todos los sectores económicos crecieron con respecto al 2002: la minería en 7 %, el agropecuario en 3,6 %, la electricidad y el agua el 4,7 %. De hecho este año se producirá ya más que en 1997, el año que apareció en la llanura el Jockey Plaza, último y emblemático año del apogeo económico del fujimorato. En 1997 el PBI fue de S/. 117,000 millones; en el 2003 será de S/. 120,000, según Farid Matuk, director del Instituto Nacional de Estadísticas e Informática (INEI). "Un crecimiento anual promedio de apenas 0,3 % en seis años", matiza Matuk. "Es decir que el PBI/ per cápita es menor, puesto que la población aumenta 1,8 % al año". HITO A HITO Sin embargo, el '97 se mantiene como un hito estadístico, como el año en que la presión tributaria e inversión privada superaron el 14 % del PBI. En contraste, este año la presión tributaria será de 12,9 %, y el gobierno espera que con las nuevas medidas la tasa suba a 14 % hacia finales del 2004. Y la inversión del sector privado es unos S/. 2,500 millones menos que hace un lustro. Las privatizaciones de entonces y el cúmulo de exoneraciones tributarias que se dictaron al final del régimen fujimorista explican las diferencias y los actuales medidas. Por cierto, el déficit fiscal cerrará el 2003 en 1,9 % mientras que en 1997 fue de 2,5 %. El actual rigor fiscal de tal magnitud, que el MEF apenas cuenta con US$ 60 millones como fondo de contingencia. Las curvas cruzadas del gasto corriente del Estado y la de inversión pública echan leña al fuego: mientras el gasto aumentó 5,7 % entre octubre 2003/02, la inversión del gobierno se contrajo -25,6 %. Así, mientras el gasto corriente ascendió a S/. 1,400 millones, la inversión pública fue de S/. 294 millones en el mes de los Milagros. Los gastos provisionales y la carga de la deuda explican buena parte de ese comportamiento, aunque ante la opinión pública son los parientes de Alvarado, de Toledo y de la chakana en general quienes se la llevan fácil. La denuncia no deja de ser una caricatura de los gastos totales del gobierno (ver artículo "La Guardia de la Noche Buena). LA CALLE ESTA DURA Según Matuk, los positivos indicadores económicos reflejan que el ciclo contractivo ha sido menor que otros, tras el contrasuelazo de 1998 en adelante. "Sólo nos ha tomado cinco años recuperar el último pico", dice. La pregunta ahora es: ¿los beneficios económicos están "chorreando"? Los datos del INEI y del Ministerio de Trabajo describen una dinámica singular: "Este gobierno ha generado menos empleo que los 18 primeros meses del gobierno de Alan García (1980-85), pero más que en sus primeros 24 meses", dice Matuk. Aunque la calle está dura, de eso no cabe duda. El desempleo en Lima aumentó marginalmente en el 2003, pero los salarios también: de S/. 763 a S/. 793 ó 3 % en dólares. Treinta solcitos que ya son alguito, incluso en la capital. El aumento de las remuneraciones en las grandes y medianas empresas fue mejor que en el resto del aparato productivo: 7 %. En los establecimientos con menos de 11 trabajadores también subió 3,7 %. Sin embargo, en las empresas entre 11 y 50 trabajadores, los ingresos cayeron -1,6 %, dato elocuente de donde aprieta el zapato. En el año pico de crecimiento con Fujimori, entre los años 1996 y 1997, el incremento en los salarios promedio fue de 141 % en dólares, y con AGP, en el último año dorado del plan heterodoxo, 63 %, lo que obviamente alentó el consumo. No es así esta vez. "Las perspectivas para los próximos 3 años son muy interesantes", afirmó el ministro Quijandría. "Toledo quizás tenga la oportunidad excepcional de crecer cinco años sostenidos, y entregar a la futura administración algo mejor". Ver para creer.
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