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Edición Nº 1804 |
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¡Feliz
Año Nuevo!
Esta interpretación parece sustentarse cuando se examinan los resultados de una encuesta efectuada por el Instituto Cuánto. Luego de identificar a un grupo de 290 hogares exitosos, cuyo nivel de gasto familiar se había elevado en 30 o más por ciento entre los años 1991 y 2000, se les preguntó cómo percibían ellos mismos su situación. En vez de reconocer y felicitarse, la mayoría negaba su propio éxito. Por cada uno que reconocía estar mejor, dos insistían en que estaban peor, a pesar de la evidencia contraria. Otro indicio nos lo proporcionan los investigadores Carol Graham y Stefano Pettinato del Instituto Brookings en Washington, en el libro titulado Happiness and Hardship, (Felicidad y Penuria). Cuando comparan 36 países en cuanto al nivel de satisfacción con la situación económica personal, el Perú figura en el último lugar. Somos los reyes del descontento. Este resultado se entiende cuando nos comparamos con países desarrollados como el Canadá, Suecia y los EE.UU, pero, ¿por qué decimos estar más descontentos y más frustrados que los habitantes de países pobrísimos, como son la China, la India, Bangladesh y Nigeria? Un tercer indicio se encuentra en las respuestas que publica mensualmente la empresa Apoyo a la pregunta, "¿Cuál es su situación familiar con respecto a hace 12 meses?" Hasta fines del año 1995, más decían "mejor" que "peor". Pero a partir de esa fecha, la percepción de los encuestados se volvió súbitamente negativa, a pesar de que la situación de la economía siguió mejorando hasta 1997. Ese afán simplificador hace caso omiso a una larga tradición de cuestionamiento de esa ecuación. Hace cien años Thorstein Veblen llamaba la atención a la fuerza del deseo de ostentación, que impulsa el gasto y que lo torna insaciable. Una crítica similar la hizo Tibor Scitovsky en su libro La Economía Sin Alegría, un análisis de la insatisfacción consumista. Recientemente, Juliet Schor ha demostrado cómo la población más adinerada de los Estados Unidos ha ido aumentando sus horas de trabajo, década tras década, afirmando que lo que ganan no es suficiente para lo que quieren comprar. Varios analistas han postulado que las revoluciones no las hacen los que son pobres eternamente, sino los que por un momento han visto la luz al fin del túnel pero sólo para terminar frustrados. Albert Hirschman, al respecto, postuló un "efecto túnel" para explicar las revueltas. Es hora de aplicar una dosis de paciencia y de humildad y de re-examinar las motivaciones humanas, más aún ahora que la comunicación masiva potencia las expectativas, la emulación, pero también la solidaridad. Si vemos que perdura, y hasta se vuelve aguda la frustración a pesar de una economía que mejora, es porque algo está faltando. La fórmula de la felicidad tiene más ingredientes que el dinero. __________
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