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Edición Nº 1806 |
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Una Vez
Fue Boliviano Bolivia reclama volver al mar y Chile, sorprendiendo a muchos, elude el tema esgrimiendo que no hay condiciones adecuadas. Han
pasado 120 años de la Guerra del Pacífico y Bolivia continúa
reclamándole a Chile, con todo derecho, una salida soberana al
mar. Demanda que hoy, por primera vez, apoyan abiertamente tres jefes
de Estado latinoamericanos. En este tema hay que ser claro, Chile no va
a dar su brazo a torcer en lo que respecta a devolver el litoral que le
arrebató a Bolivia en el siglo XIX. Avenirse a eso sería
para los rotos tirar por la borda la política que preconizó
nada menos que Diego Portales. El presidente Lagos ha dicho que si se
quiere hacer una negociación en serio "se tiene que partir hablando
con Perú", dando así a entender que podría acceder
a darle salida al mar a través de Arica. Y en ese trance su canciller,
dándole un baldazo de agua fría a los bolivianos, esgrime
que no hay condiciones adecuadas para el trato bilateral. Mientras tanto,
la posición del Perú frente al tema es, como siempre, constructiva.
A continuación, una historia poco conocida. LA salida al mar fue algo que preocupó desde un comienzo a los asambleístas de Chuquisaca. En 1825, los que estuvieron a favor de la unión con el Perú esgrimieron este argumento. Los que estaban por la separación dijeron que se podía utilizar un puerto en el Océano Pacífico llamado Cobija, que, según los más doctos, pertenecía a la antigua Audiencia de Charcas. Incluso pretendieron cambiarle de nombre. Llamarlo La Mar para congraciarse con el presidente del Perú. Al crearse la nueva república, Sucre envió a uno de sus asesores para que viera un puerto en el sur del Perú. Pero al retornar su enviado le informa que todos los puertos que había visto eran pésimos, incluyendo Cobija. Ante esos hechos, Sucre decidió arrancar del Perú un pedazo de sus costas -apunta Herbert Morote en su libro El Militarismo en el Perú. Lo que sucedió fue que el mordisco que quiso dar fue muy grande, algo así como 500 kilómetros, en los que se incluían puertos como Arica e Iquique. Sucre recomendó a los asambleístas de Chuquisaca que le pidieran al Libertador ese litoral, pero el Perú se opuso. Lo paradójico es que entonces gobernaba el Perú el mariscal Santa Cruz, uno de los bolivianos más ilustres del siglo XIX. El hecho es que el puerto de Bolivia y sus límites con Chile no se pudieron concretar en esa coyuntura debido al imprevisto viaje del Libertador a Colombia. Cuatro o cinco años más tarde Santa Cruz en una visita al litoral sureño escogía Cobija como puerto para Bolivia. Es por esos años que apareció por primera vez en el escenario político chileno un hombre cuya influencia iba a ser dominante: Diego Portales. Fue justamente él quien le declaró la guerra al Perú y Bolivia en el período de la Confederación. Portales tenía como principal mira el enseñoramiento de Chile en el Pacífico. Ante el peligro que esa política entrañaba, Castilla diría: si Chile compra un barco, el Perú debe comprar dos.
El tratado del 10 de agosto de 1866 señaló el comienzo de un nuevo período en el litigio. El ministro chileno Aniceto Vergara Albano ejercía gran influencia sobre Melgarejo y llegó hasta recibir el nombramiento de ministro de Hacienda. Salió entonces a luz un nuevo tratado que señaló como línea de demarcación de los límites entre Bolivia y Chile el paralelo 24º. Si bien quedaba reconocida la soberanía de Bolivia sobre las tierras situadas al norte del paralelo 24º, los productos provenientes de la explotación de los depósitos de guano descubierto en Mejillones, como también los derechos de exportación percibidos sobre los minerales extraídos del territorio entre los grados 23 y 25, debían ser repartidos por mitad entre ambos gobiernos. Gravoso como era este tratado para Bolivia -apunta Basadre- no presentaba el máximo de las pretensiones chilenas. Chile entregaba la zona comprendida al norte del paralelo 24. El ministro Vergara propuso la cesión por parte de Bolivia de todo su litoral, o cuando menos de hasta Mejillones, inclusive, bajo la formal promesa (escribió años después el canciller de Melgarejo, don Mariano Donato Muñoz) de que Chile apoyaría a Bolivia de modo más eficaz para la ocupación del litoral peruano hasta el morro de Sama... en razón de que la única salida natural que Bolivia tenía al Pacífico era el puerto de Arica). En 1871 cayó Melgarejo y el Congreso boliviano anuló todos los actos realizados durante la dictadura. Después de algunas dificultades y tensiones, se firmaba un nuevo tratado que mantuvo como límite el paralelo 24 y estableció así la renuncia de Chile a su pretendido derecho a la zona más al norte. A cambio de esto Bolivia se comprometió -según el historiador chileno Jaime Eyzaguirre, autor del libro Chile y Bolivia / esquema de un proceso diplomático- y por el término de 25 años, "a que las personas, industrias y capitales chilenos, situados en la zona renunciada por Chile al norte del paralelo 24, "no quedarían sujetos a más contribuciones..." Dos años después de la ratificación de ese tratado, un golpe militar puso en la presidencia de Bolivia al general Hilarión Daza. Bajo su gobierno, la Asamblea Legislativa boliviana aprobó una ley que gravaba con diez centavos el quintal de salitre que exportase la Compañía de Salitre y Ferrocarril de Antofagasta. "La corporación afectada con el indicado gravamen -dice Eyzaguirre- era integrada por chilenos, y como tal, bajo el amparo del artículo 4º. del tratado de 1874, que prohibía nuevos impuestos por 25 años. Para el padre Rubén Vargas Ugarte -autor del libro Historia de la Guerra del Pacífico- la apelación chilena era absurda, pues se trataba de una compañía anónima boliviana, que debía sujetarse a las disposiciones tomadas por el gobierno, en cuyo territorio tenía su asiento y no convertir una disputa de carácter privado en conflicto internacional. El 12 de febrero, el gobierno de Santiago ordenaba la ocupación de Antofagasta. Trescientos soldados fueron suficientes para superar cualquier resistencia. La noticia de la toma de Antofagasta llegó rápidamente a Lima y alarmó a Prado y sus ministros. Perú envió inmediatamente a Santiago a Lavalle en calidad de ministro plenipotenciario. Chile insistió en que Perú se declarase neutral, pero esto no era posible dado que estaba ligado por el tratado a Bolivia, ¿cómo se le podía pedir al Perú que se pusiera al margen del asunto y abandonar a su suerte al país vecino, a quien se pensaba arrebatar todo su litoral? Y en esa suerte, Chile le declara la guerra al Perú. La suerte estaba echada.
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