Edición Nº 1809

 

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5 de febrero de 2004

La Malarrabia Montante

EXISTE un plato piurano con este nombre singular que no guarda relación ni con su sabrosura ni con su condición ceremonial de ser servido nada menos que en Semana Santa. Parece castiza y sacrosanta herencia española, pero sus trazas más lejanas proceden de Cuba, donde es un postre, es decir, dulce y de remate de una comida completa. En los calenturientos lares norteños, en cambio, es salado y picantoso, y acompaña frejoles, arroz y oraciones pues se sirve exclusivamente en el respetabilísimo Viernes Santo. En ambos casos, el soporte de la malarrabia es el plátano previamente sancochado y majado.

Este nombre eufónico e inquietante, cae a pelo con la calificación que debería dársele a la presente situación nacional. Vivimos, expresamos, sentimos y gritamos una malarrabia generalizada, bajo el supuesto que pudiera existir una buenarrabia, o que ésta, la mala, en rigor, se justifica y explica por los extremos a que está llegando el comportamiento del gobierno.

La pregunta del día, en cuanto corrillo hay, es ¿qué tiempo le das al gobierno de Toledo?, lo cual supone que el escándalo derivado del audio que registra la conversación entre el protegido del Presidente César Almeyda y el "cajero" de Montesinos, el general Oscar Villanueva, es el punto de quiebre que cierra el capítulo del rechazo ciudadano a la administración de Alejandro Toledo.

Sin embargo, las variaciones sobre el triste tema adquieren perfiles interesantes. Los más pesimistas dicen que la caída del régimen no puede ocurrir por varios factores. No hay reemplazo, incluyendo a los militares que fueron en el pasado el recurso manido para garantizar la transitoriedad del gobierno con botas (cosa que tampoco ha ocurrido muchas veces). Los partidos no podrían obtener una mayoría relativa en el caso de elecciones adelantadas. La anomia vigente hace que se le deje a Toledo, cuya piel se ha vuelto gruesa y curtida. Y, finalmente, pese a las desventuras políticas, el curso económico no anda tan mal, habría que colaborar con el año 2004 y dejar que se plasmen los proyectos auríferos, Camisea, los fosfatos, vivienda, exportaciones textiles y agrícolas, e incluso que se avance sustantivamente en el TLC con Estados Unidos.

Toledo no cae, en síntesis, por crisis de la clase política y por biendanza de la economía.

Los optimistas creen que Toledo sucumbirá más rápido que volando por su vocación suicida, por su inoperancia hamletiana y por su concesión a una corruptela compadrera y barrial que lo ha hecho antipático ante su pueblo, ante los empresarios y financistas internos y externos. El momento más grave de ese tufillo a negociado no proviene de ahora: casi todos los escándalos, la donación de Soros, la cuenta para los fondos de campaña, la cobranza para estudios de un banco por parte de su esposa, la fundación proindígenas, los fondos de Petroperú, los manejos de Raúl Diez Canseco y los tomísticos tratos del incontrastable César Almeyda, para sólo citar los más resonantes, dejan un rastro de manejo no esclarecido de dinero.

Ahora, para variar, se quiere echar mano al Acuerdo Nacional y a una recomposición del gabinete -tras la liquidación presurosa de Beatriz Merino y la capitulación virtual de Carlos Ferrero que no ha podido decir "esta boca es mía"- bajo el supuesto que podrían haber egregias personalidades que se sacrificarían por la patria y podrían "contentar" a fuerzas tan antagónicas (y agonistas, como diría Unamuno) con UN, Apra, FIM.

Impresiona este flirteo con la ponderación y el acuerdo, de boca para afuera, cuando lo que se aprecia es la indignación ciudadana, la impaciencia y las ganas de que la cosa explote, anárquica y caóticamente.

Para la malarrabia gastronómica, chicha y rezo. Para la malarrabia política mayor capacidad de reacción de la clase política para construir una alternativa de consenso. La meta es llegar al 2006 pero con un Toledo que después del gran susto acepta cambiar y se ciñe a un libreto preestablecido por un gabinete de consenso. ¿Estamos a tiempo? Parecería que ya es demasiado tarde, pero es que la malarrabia por la frustración no es aún un movimiento de masas a la boliviana, es la apuesta por la regeneración de un régimen que, pese a todo, encarna democracia y podría encarnar esperanza.

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