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Edición Nº 1811 |
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'Yo
Vi al Che Recién Muerto' En
1967, el joven periodista inglés Christopher Roper, corresponsal
de Reuters en el Perú y gran amigo de CARETAS, fue enviado a Bolivia
para cubrir el juicio al intelectual francés Regis Debray, comprometido
con la guerrilla del Che. De visita en Lima en estos días, nos
entregó el relato de cómo descubrió, por revelación
de un sargento de EE.UU., la muerte del Che. Ese texto, que reproducimos
en parte, ha sido publicado en una selección de grandes reportajes
editado en Londres por Reuters cuando esta agencia de noticias cumplió
150 años.
Escribe CHRISTOPHER ROPER EN 1967, un ex corresponsal de Reuters, Murray Sayle, un australiano aventurero que estaba cubriendo una regata alrededor del mundo para el Sunday Times, se dio un descanso de tanto mar para visitar Bolivia. El lanzó la primicia de que un enclave guerrillero había sido descubierto cerca de Camiri, un pequeño pueblo petrolero tan lejano, que mediante vuelos de itinerario un viajero demoraría tres días en llegar desde Lima, vía La Paz y Santa Cruz. El gobierno boliviano declaró que había descubierto el cuartel general de un ambicioso plan liderado por el Che Guevara para organizar un ejército guerrillero continental. Una declaración que la prensa internacional trató inicialmente con cierto escepticismo. Yo necesitaba un cursillo intensivo sobre las complejidades de la teoría revolucionaria internacional para poder entender por qué los cubanos y los soviéticos, que podían ser aliados, estaban en total desacuerdo sobre Latinoamérica. Tenía un excelente profesor en Richard Gott, corresponsal del Guardian en la región, quien estaba escribiendo un libro sobre los movimientos guerrilleros campesinos. Gott ya conocía la exótica delegación de marxistas internacionales que había llegado a La Paz bajo la tutela de la Fundación para la Paz de Bertrand Russell: Robin Blackburn y Perry Anderson de New Left Review; Tariq Ali, aristócrata-pakistaní-revolucionario. y Ralph Schoenman, secretario de Bertrand Russell. Schoenman era el único miembro de la delegación que arribó a Camiri con credenciales de prensa de un pequeño semanario de izquierda. No era el único que tenía un doble oficio. Entre los periodistas había por lo menos uno de la Inteligencia israelí, otro de la CIA y un agente cubano. Otros de quienes sospechábamos tales afiliaciones, seguramente eran inocentes. Un fin de semana, a comienzos de octubre, Richard Gott
me sugirió que lo acompañase a Santa Cruz, donde los Boinas
Verdes de Estados Unidos estaban entrenando a las tropas bolivianas en
técnicas militares de contrainsurgencia. Richard consideraba, correctamente,
que teníamos más posibilidades de encontrar un nuevo ángulo
en La Esperanza, un ingenio azucarero donde los estadounidenses tenían
su base. En todo caso, Richard ya estaba trabajando como investigador
para Brian Moser, un productor de la televisión británica
que había venido a Bolivia para hacer un documental.
Mientras tomábamos cervezas heladas el domingo 8 de octubre y discutíamos sobre la evidente seriedad con que las fuerzas especiales de Estados Unidos veían la amenaza que representaba Guevara, un sargento que habíamos visto esa mañana en La Esperanza, se acercó: "¡Muchachos, deberían estar en Vallegrande! ¡Han capturado al Che!". Ardua tarea. Eran las 8 de la noche y Vallegrande quedaba a 220 kilómetros por tierra. Era difícil encontrar un chofer que estuviese dispuesto a llevarnos de noche; no les preocupaba la guerrilla, pero no les entusiasmaba la idea de llevar corresponsales extranjeros a través de los puestos de control militar que encontraríamos. Llegamos a Vallegrande en las primeras horas del lunes. Era un pequeño pueblo al pie de los Andes, hasta más remoto que Camiri que estaba sobre la ruta principal entre Santa Cruz y Argentina. Sin embargo, esa mañana Vallegrande bullía con la noticia de que había habido un encuentro armado entre una patrulla del ejército boliviano y los guerrilleros. También nos enteramos de que las operaciones estaban al mando de dos norteamericanos de origen cubano. Descubrimos su identidad mediante la sencilla fórmula de chequear el registro del único hotel en el pueblo: Felix Ramos y Eduardo González. Al atardecer, un pequeño helicóptero hizo su aparición. Mientras volaba en círculos sobre el campo preparándose para el aterrizaje, pudimos observar un bulto amarrado al patín del mismo. Cuando aterrizó, los soldados impidieron que nos acercáramos, pero vimos cómo el bulto fue trasladado a una desvencijada camioneta azul. Nuestro chofer, ahora tan excitado como nosotros, la persiguió. Nos agolpamos alrededor de la camioneta cuando ésta paró frente a un portón de hierro. "A la m.., salgamos de aquí" gritó una voz de un tipo corpulento en traje de fajina. Luego se hizo el que no entendía inglés, pero obviamente era uno de los cubano-americanos que dirigía la operación. A pesar de los esfuerzos de los soldados, la muchedumbre entró al cuartel donde en la morgue improvisada se encontraba el cuerpo de Guevara sobre una losa. Richard Gott, quien había entrevistado a Guevara en La Habana, no tenía ninguna duda de que los militares bolivianos habían ejecutado al líder argentino de la guerrilla. Una fotografía en blanco y negro de Guevara, con sus ojos bien abiertos, ha sido reproducida miles de veces a través de los años. Era casi mi primer encuentro con una muerte violenta y su serena mirada ha quedado impregnada en mi memoria. No había ningún rastro de miedo en esa mirada. ¿Qué había visto él en ese momento que yo no podía ver? ¿Cómo pudo morir sin ser embargado por la desesperación y la desesperanza? La bala que le atravesaba el torso indicaba que, si efectivamente había sido capturado, subsiguientemente había sido sumariamente ejecutado. Al día siguiente en Camiri, envié un largo
artículo, que en forma sorprendente, apareció bajo mi autoría,
por partida doble, tanto en la primera plana del New York Times,
como en Izvestia.
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