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Edición Nº 1813 |
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Portada
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Por
LORENA TUDELA LOVEDAY YO HE PERREAAAADOOOO!
Pero bueno, hay que cumplir con los compromisos antropológicos, de modo que me dispuse a vestirme para ir al bautizo. La cosa era qué ponerse. Pensé, nada que agudice las contradicciones en el seno del pueblo pero tampoco que haga pensar a los demás que una es cualquier cosa y su hijito de mendigo. Más complicado era el tema del transporte, porque te imaginarás que para mí, ir manejando mi propio auto hasta Los Olivos es como para Thor Heyerdal embarcarse por primera vez en balsa a vela artesanal por los océanos infestados de tiburones, no sé si me entiendes. Pucha, llamé a mi ex chofer, don Second, que está más ciego que un topo con cataratas y le rogué por el alma de su difunta esposa que me llevara, previo paso por el oculista, que se lo pagaba mi seguro, of course. Bueno, te ahorro detalles de cómo fueron la ceremonia, el capillo, el saludo y sobre todo el compadre, porque déjame decirte que cuando vi entrar al padrino casi se me borra el maquillaje perpetuo, no te imaginas. Pero bueno, soporté todo hasta la fiesta, hija, donde los Julca. Las sillas pegadas contra la pared como en club interprovincial y de pronto, después del Danubio Azul (???), pucha, se arranca una música de zambos de Puerto Rico que es tun, bundungún, tun y con una letra que no pasa de me la chupas, me la chupas, me la chupas, mami, me la chupas, tun, bundungún. Hija, yo sonreía a todo el mundo como Sofía de Grecia, pero cuando vino el menor de los Julca a sacarme a bailar, diciéndome, "ete, señorita China, vamos a perrear", caí en la cuenta de que estaba a punto de perder una vez más la virginidad pero ahora en condiciones bastante más interculturales que en las anteriores. Hija, éramos el mocoso y yo al medio de un círculo de aborígenes que acompañaban la música con las palmas y yo, pucha, dando pasitos de anconera principiante hasta que el muchacho me avienta al suelo, me abre las piernas y se pone a cabalgar, hija, como si estuviera guiando a su ganado por las punas. Te voy a decir que pasado el susto inicial, pucha, comencé a agarrar ritmo y tan mal no resultaba, tienes que probarlo. Claro, cuando me puso en cuatro patas -mientras el coro gritaba "¡el perrito, el perrito!"- mis defensas comenzaron a recomponerse, le di al joven un caderazo en mala parte (que dicho sea de paso, pucha, estaba como que le hubieran pagado en sencillo, no sabes) y con las coronas en pleno bamboleo emprendí la retirada pero eso sí, o sea, habiendo memorizado hasta el último de los pasitos, porque en la siguiente fiesta de Totoras, pucha, lo agarro a Althaus, lo aviento boca arriba, me lo monto como a caballo de carrousell y si alguien dice algo en contra, le contesto que esto es lo último en las discos GCU, no sé si me entiendes. Tun, bundungún, chau,chau. (Rafo León).
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