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Edición Nº 1814 |
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Portada
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Pasión
y Muerte de un Periodista "El periodismo es una de las profesiones más riesgosas" es un dicho que por repetición, como todo clisé, pierde significado. Sin embargo, el lema recupera la totalidad de su trágico sentido cuando la realidad que el periodista está destinado a registrar y transmitir se vierte inescrupulosamente sobre él mismo. Ahí la frase conmociona. El riesgo deja de ser una palabra y se torna luto. Fue el caso de Ricardo Ortega, periodista español de Antena 3, quien fuera abaleado el pasado 7 de marzo cerca al Palacio Presidencial de Port-au-Prince por francotiradores que buscaban abatir a un grupo de 10 mil manifestantes contrarios al presidente haitiano, Jean Bertrand Aristide. Una bala impactó en el pecho del periodista ibérico, lo que le ocasionó la muerte. En ese mismo incidente murieron otras cuatro personas y veinte resultaron heridas. Debido a la precaria institucionalidad del país más pobre de Latinoamérica, Ortega ingresó a un hospital repitiendo su nombre con el fin de que alguien recuerde su identidad y su cuerpo no se pierda en alguna fosa común. Mariana Sánchez-Aizcorbe, colaboradora de larga data de esta casa editora y reciente pareja sentimental de Ortega, fue la encargada de reconocer el cuerpo y repatriarlo a España. Ambos, en CARETAS 1782, publicaron un reportaje al alimón acerca de la repulsión pública a la guerra en Irak en Inglaterra y EE.UU. Robert Cappa decía que si la foto no era lo suficientemente buena, era porque el fotógrafo no estaba lo suficientemente cerca. La cercanía es, precisamente, una disyuntiva que ciertos corresponsales de guerra, periodistas de otra madera, resuelven instintivamente, hacia delante, indiferentes al peligro que saben que corren, a contracorriente de la actitud que asumiría un hombre corriente. En el riesgo hay grandeza, pero a veces también fatalidad. El periodismo está de duelo.
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