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Edición Nº 1814 |
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Sociedad
de la Desconfianza Escribe TERESINA MUÑOZ-NAJAR
POCOS creen en el Presidente de la República, pocos creen en los congresistas, pocos creen en el Poder Judicial, pocos creen en los políticos de oposición, pocos creen en la Policía. El vecino no le cree a su vecino, el socio no le cree a su socio, el empleado no le cree al empleador. Y viceversa. No es un invento de las encuestas -en las que por cierto pocos creen- es la realidad. ¿Por qué somos los peruanos tan desconfiados? "Porque la desconfianza es el antídoto contra la pendejada", responde Mirko Lauer, escritor y analista político. Nada más contundente. "Hay una encuesta -sostiene por su parte el sociólogo Martín Tanaka- que se aplica anualmente en casi cincuenta países, es la encuesta de valores de la Universidad de Michigan. En ésta se hace la siguiente pregunta: ¿Usted cree que puede confiar en la gente o debe más bien ser cuidadoso?". Pues los resultados de la misma, año tras año, señalan que el Perú está en uno de los cinco últimos lugares de la tabla, junto con Brasil, Turquía, Puerto Rico y Venezuela, como un país de desconfiados. "La gente no cree en nadie y eso lo venimos arrastrando
desde hace mucho", dice. Puede ser, según el sociólogo,
que la explicación de este fenómeno sea que venimos de quiebres
sucesivos: "Durante el gobierno militar se intentó algo y no funcionó.
Le pasó lo mismo al gobierno de centro derecha de Belaunde y al
de centro izquierda de García. La fórmula autoritaria y
neoliberal del fujimorismo también fracasó. Ahora tenemos
otra vez la retórica democrática y, mira, se viene abajo".
Todo esto ha terminado por destruir la credibilidad respecto al mundo
político, la misma que termina reflejándose en la vida cotidiana,
porque a esos fracasos políticos, les corresponde fracasos económicos.
La pregunta es ¿podrá el país recomponerse. "Algo
tan básico -advierte Tanaka-, como la confianza interpersonal tarda
mucho en recuperarse. La transformación será y dependerá
de que, por ejemplo, en la economía y la política las cosas
vayan mejor y más ordenadas. Y sobre todo que sean esfuerzos duraderos
en el tiempo porque sino seguiremos en lo mismo".
"De otro lado -continúa Lauer- la desconfianza es inevitable en una sociedad de transición como ésta. En una sociedad tradicional todos se conocen, todos saben a qué atenerse y por lo tanto le es más fácil a la gente confiar la una en la otra. Nosotros hemos dejado de ser una sociedad tradicional y nos hemos convertido en una sociedad en permanente cambio. Desde el año '40 todos los peruanos estamos migrando, nos estamos alfabetizando, estamos bajando nuestras tasas de natalidad y mortandad infantil, entre otras cosas. Estos son elementos que destrozan la sociedad tradicional y la nueva sociedad todavía está en un proceso de aprendizaje". "¿De dónde viene esta desconfianza?", se pregunta el sociólogo Sandro Venturo. Para él, de la ilegitimidad y debilidad de las instituciones políticas y públicas pero también de las no formales: la familia, la escuela o el barrio. "Hay una desintegración de las instituciones en general, una crisis que tiene que ver con la pobreza con la sobrevivencia y por lo tanto con la desesperación por una lado, y por el otro, con la sensación que tenemos los peruanos, sobre todo los jóvenes, de vivir en una sociedad que no nos contiene. Eso es angustiante. Por eso los chicos encuentran en las barras y pandillas a alguien con nombre propio, a alguien que es parte de un grupo, de un cuerpo, por eso el amor a la camiseta y por eso la pandilla es el territorio. Lo cierto es que no tenemos la sensación de ser conciudadanos". Venturo, quien justamente está preparando un libro sobre la Sociedad de la Desconfianza considera que esa sensación está relacionada con el racismo, la exclusión y otros factores y patologías sociales pero también con el hecho de no sentirnos parte de una comunidad mayor. "La ausencia de la noción de lo público es impresionante. Así como en el Perú las calles son de nadie y por lo tanto los ambulantes las toman, el Estado tampoco es de nadie. En consecuencia, dado que lo que es común es de nadie y cualquiera se lo puede agarrar, la pendejada es la regla y la desconfianza la defensa". Sigue Venturo: "Atraso antes que me atrasen y la mejor manera de vivir es atacar pueden ser hoy en día normas cotidianas de conducta. Es patético". Como dice Venturo, mientras este sentimiento de precariedad subsista, las élites políticas no se propongan construir un sistema de partidos consistente y no tengamos un Estado que funcione y que tenga la capacidad de seducir al conjunto de la ciudadanía con reglas universales, seguiremos siendo en lo que el tiempo nos ha convertido, una sociedad de la desconfianza.
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