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11
de marzo de 2004 |
Por
JERONIMO PIMENTEL
Mira, mi Hermano
Belmont no es el problema, es la solución.
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HACIENDO un rentreé que lo coloca en un expectante septuagésimo
segundo lugar en "Los 100 momentos más descollantes de la TV peruana"
(delante del metafóricamente onanístico comercial del chocolate
"Monstruo", pero detrás de la propaganda del movimiento Libertad
que mostraba a un mico dando rienda suelta a sus necesidades fisiológicas
en un burocrático escritorio aprista), Ricardo Belmont perpetró
un impecable juego anacrónico, plagado de ironía apenas
notada por los televidentes y la prensa, en el cual decidió retraer
al peruano 30 años con el fin de llevarlo a mejores épocas,
plan urdido bajo el viejo pero no por ello desfasado lema que reza que
"todo tiempo pasado fue mejor". Es verdad. Bajo la producción del
nunca copión y siempre creativo Guillermo Guille, el bello ramillete
de modelos escoltando al "hermanón", tan ajeno a estas épocas
posfeministas, los certeros análisis de Ricardo Rondón y
Ernesto Jerardo (digamos, los "Starky y Hutsch" del periodismo de espectáculos,
vestidos para la ocasión), así como toda la lucidez charapa
de la nunca caduca July Pinedo, y la estimulante caminada de la primera
actriz nacional, Christina Urueta, la agenda pública fue discutida
sin saña ni bilis, con elegancia y frescura agradecidas para tan
noctámbulo horario ("loyal oposition", la llaman los ingleses,
ha recordado Genaro Delgado-Parker), dejando a la ciudadanía sedada,
lista para caer sin más en los brazos de Morfeo y soñar
con la suerte que tuvimos todos de nacer en este hermoso país.
Este intencional desfase tuvo numerosas marcas visuales, de las cuales
habría que reseñar cinco: 1. La medieval presencia de enanos
para provocar befa. Como lo hizo notar el programa de Belmont, hace 3
décadas los derechos de los acondroplásicos no estaban desarrollados
y no existía verdadera conciencia de su problemática. He
ahí la gracia del aparentemente arbitrario guiño. 2. El
escenario, inspirado en quien fuera rey y reina de la astrología
en Latinoamérica: el portorriqueño Walter Mercado. Las inmensas
esferas cumplieron la función de minimizar la presencia de los
panelistas y hacer notar su condición efímera. Pero eso
sí, habría que anotar que se extrañó el logo
del programa dibujado con foquitos. 3. La tecnología obsoleta.
Las intervenciones telefónicas de la fiel teleplatea se cortaron
más de una vez antes de que pudieran salir al aire, como recordando
el otrora servicio estatal. Luego, un sonoro beep, en gesto venidero,
censuraba a los participantes, creando una atmósfera sónica
de tierna precariedad. 4. Su duración ilimitada. Como en "Gigante
Deportivo" y otros elefantes del álbum de la televisión
que hacían caso omiso de las pautas para dar pie a una celebratoria
e irresponsable libertad, el programa de Belmont se extendió ad
infinitum. Improvisar es hacer televisión. 5. La protesta de errebecistas
estafados. Trajo a colación la existencia de la fenecida Red Bicolor
de Comunicaciones (RBC). Otro punto a la nostalgia. En suma, un limpio
ejercicio de memorabilia, a tributar en tiempos de apuro e insensatez.
Como diría W. H Auden, "todo lo rápido maldecirá".
Fin. (Jerónimo Pimentel)
¡Bada Bing!
La última temporada de The Sopranos.
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James
Gandolfini es Tony Soprano.
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La última temporada
de The Sopranos se estrenó el pasado domingo 7 en EE.UU. Los vericuetos
en los que cae la familia mafiosa más famosa de la TV, liderados
por Tony Soprano (el actor James Gandolfini ha sido reconocido como uno
de los 200 iconos de la cultura pop norteamericana), se intercalan con
el gran atractivo de la serie: observar la cotidianeidad de lo ajeno,
lo extraño, y ver de qué forma ésta se relaciona
o no con la del televidente. Es decir, los gángsters también
tienen hijos que van al colegio, etc. La atmósfera de violencia
y muerte alrededor de la familia, irónicamente, puede ser hasta
una metáfora de lo que acaece en los hogares "normales". Los nuevos
capítulos llegarán al Perú en mayo.
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Clones.
Presidente Toledo y mascota de la Copa América.
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Copa Servida
Fútbol y oportunismo presidencial.
El fútbol siempre ha sido la opción
de los gobiernos de escasa popularidad para levantar su imagen. En este
caso, a Toledo le cae de perillas la organización local de la
Copa América, y aunque el apoyo del gobierno fue tardío
y no faltó un intervencionismo pachacutesco de demagogia desopilante
(el presidente quería que se inaugure la Copa en Cusco, donde
el estadio no está terminado), el certamen se presenta como un
oportuno distensor que aparta de la agenda mediática los ruidos
políticos, nepotismos extendidos, corruptelas varias y demás
vicios del gobierno peruposibilista. Aunque para esto el gobierno tendrá
que seguir dando tumbos hasta julio, cuando la selección peruana,
gracias a una suerte inusitada, se medirá con los débiles
equipos de Bolivia, Venezuela y Colombia. El aura del certamen se asegura
con la presencia de la mascota, un chasqui cuyo parecido con el primer
mandatario genera una risa que sólo se silencia con el estigma
de "gaffe" del líder de los de la chacana.
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| Jon
Anderson, ex-vocalista del grupo de rock progresivo, Yes. |
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Aquí
ES
Jon Anderson
Quien fuera figura junto al tecladista
Rick Wakeman, artífice de la banda de rock progresivo más
popular de la historia, Yes, vuelve a Lima después de una visita
que realizara en 1993. Anderson, la voz de la agrupación setentera,
se reencuentra con un público amante de tecnicismos, virtuosismos
y de la formación de amalgamas sonoras como si éstas
salieran de un laboratorio. Perfecto para fanáticos, pero no
por ello su presencia deja de recordar que el Perú es una suerte
de cementerio de elefantes para ciertos músicos, donde van
los grandes a morir. Y en todo caso, si así fuera, sería
más gratificante, puestos a variar, un tour de Black Sabbath,
Robert Plant & Jimmy Page o algún icono rockero afín,
de esa talla. El último fue Ian Gillan, de Deep Purple, y de
esto ya han pasado exactamente diez años.
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Día: Jueves 11 de marzo
Hora: 8 p.m.
Lugar: Centro de Convenciones del Hotel María Angola.
Picotazos
-Estoy
por la teoría de la irresponsabilidad del individuo.
Adolfo Olaechea, el embajador del terror, ante inconfeso
prosélito Alamo Pérez-Luna.
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