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ARTICULO

18 de marzo de 2004

La Fe en La Pasión
Continúa el debate. La película se estrena el jueves 18 de marzo.

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Escribe FEDERICO PRIETO CELI*

EL arte es una dimensión cotidiana del hombre, que el cristianismo ha usado a lo largo de los siglos para expresar la belleza de la fe. Por lo tanto lo es el séptimo arte, que recoge la magia de la palabra poética, el color de la pintura, la plasticidad de la escultura, el realismo del teatro, la grandiosidad de la arquitectura y el misterio de la música. Mel Gibson ha querido utilizar ese séptimo arte, con toda su riqueza, para presentarnos en su plenitud cinematográfica "La Pasión de Cristo".

Jim Caviezel ha interpretado cabalmente la majestad de Jesús, y Maia Morgenstern -Estrella de la Mañana, en alemán-, ha encarnado el sentido maternal y corredentor de María. Apelando a la creatividad del cine y, a modo de sorpresa, Gibson consigue oportunamente recrear -porque no está en el texto de los evangelios-, gracias a Rosalinda Celentano, la figura del demonio, asexuado y frío, ora con un gusano en la nariz, ora con una serpiente en los pies, ora con un ser repugnante en los brazos, y siempre con una mirada escrutadora y maligna.

La película narra la historia real del paso de la Antigua a la Nueva Alianza -el misterio de la redención del género humano- anunciada por el profeta Isaías y narrada por los evangelistas. Mateo fue testigo de la crucifixión. Marcos conoció estos sucesos por los recuerdos de Pedro, del que era discípulo. Lucas se informó por Santa María. Juan acompañó a la Madre de Jesús al pie de la Cruz, como vemos en la misma película.

A través de los relatos evangélicos es fácil encontrar el trasfondo histórico de la sociedad en la que vivió Jesús, que coincide con los datos que -con Tácito y Suetonio- aporta Flavio Josefo, que escribe treinta años después de ocurridos los hechos. Jesús ha partido la historia en dos. La historia se divide, desde entonces, en antes y después de Él. En los noventa minutos de película advertimos bajo esta luz la impronta que deja en el mundo Jesucristo, Señor de la Historia.

Gibson había dicho que "si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine religioso". Este director ha invertido todo: dinero, prestigio, tiempo, rigor profesional, carisma de grandes actores, ciencia de los eruditos, inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia; y sobre todo, declara Gibson, "nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre". Pero su obra no ha fallado, ha tenido éxito. Porque, hombre de fe, Gibson ha seguido el consejo del Angélico: "Para pintar a Cristo, hace falta vivir con Cristo".

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Mel Gibson reclutó al ferviente católico Jim Caviezel para encarnar a Cristo.

Se trata de una película del género dramático, es una historia de amor. La historia del Amor por excelencia, el que tiene Dios a los hombres: "Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn, 15, 13). Si el arte es belleza, aquí no encontramos una expresión alegre sino dolorosa de la belleza, pero no por eso menos artística: el sufrimiento del Hijo de Dios por amor. "El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mt 20, 28). Por eso, la película es dura, muy dura, todo lo dura que fue la ejecución de Cristo. Pero su violencia está cargada de un realismo sereno, que contagia a los espectadores, aunque algunos hayan llorado en la sala.

Ha escrito Juan Pablo II que hay que vencer la grave tentación de quitar de los evangelios la página de la Cruz, porque reduciría su historia a un documento del pasado. El escándalo de la Cruz -en expresión paulina- sigue siendo la clave para la interpretación del gran misterio del sufrimiento, que pertenece de modo tan integral a la historia del hombre.

Insisto, lo primero que se nos muestra en la obra de arte es la impresión de belleza, que invita a la contemplación de la naturaleza y de la vida del mundo, en este caso, a la cruenta pasión y muerte del Redentor. Y para los cristianos, contemplación es sinónimo de oración sin ruido de palabras. Un cristiano no busca en esta película una violencia morbosa, que no encontraría. Se acerca a contemplar el sacrificio sublime de Cristo.

CARETAS ha pedido mi punto de vista. Cada espectador saca sus propias conclusiones. La mía no es la opinión de tantas y tantos fieles de la Prelatura del Opus Dei que hay en el Perú, muchos de los cuales ni siquiera conozco. Luis Cam, el vocero de la Obra en Lima, nunca dirá "la opinión" del Opus Dei sobre la película, porque el Opus Dei no tiene opinión sobre las películas. Cada persona tiene la suya. Yo la mía.

Quienes califican sutilmente de "polémica" a la película, están buscando sacar chispas de la obra de arte, aprovechando que la actitud del espectador depende tanto de su expresividad como de la mirada intencional del espectador. Pero los hechos recogidos por la película implican que la salvación ganada por Cristo -ver un día su rostro- alcanza a todos; también a los que ordenaron y ejecutaron cruelmente la pena capital a Cristo.

CARETAS (N°ree; 1814) ha publicado una nota crítica de Isaac Goldemberg, escritor judío peruano. El rabino Yechiel Eckstein, presidente y fundador de la International Fellowship of Christians and Jews y Michael Medved, crítico de cine y ortodoxo judío, han criticado, en cambio, a quienes hacen campaña contra la película. Cada judío y cada cristiano tiene su propia idea. La mía es que esta película es una obra de arte religioso, de gran calidad técnica, por la que Gibson merece un Oscar. Ojalá que Hollywood tenga la grandeza de dárselo.

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* Federico Prieto Celi, periodista, miembro del Opus Dei, visionó el film junto al cardenal Cipriani en la función para el Arzobispado.

 

 


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