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Edición Nº 1815 |
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Portada
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Dolor y
Rabia JUEVES 11, 7.40 a.m., es hora de levantarse. Como todos los días a esa hora, antes de entrar en la ducha, enciendo el televisor para enterarme del pronóstico del tiempo, y de repente recibo un inesperado puñetazo en la cara y un golpe en el corazón que me va a doler mucho tiempo: ¡Han puesto una bomba en un tren de Cercanías muy cerca de la estación de Atocha! Primero era una voz que lo anunciaba, pero muy poco después aparecen las primeras imágenes de heridos ensangrentados que son sacados de la estación, la ropa hecha pedazos, como si hubiese sido arrancada con garras y garfios. (Y retornan a mí las terribles, alucinantes imágenes del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, cuando también el maldito televisor me mostró, estupefacto, el avión estrellándose contra una de las Torres Gemelas y, poco tiempo después el derrumbe de ambas). Y volvieron también a mí Tarata y sus muertos, tan cerca de casa. Madrid, la alegre ciudad de la víspera, se convirtió de repente en la capital de la tristeza y de la angustia. No ha habido madrileño o español ajeno a la tragedia vilmente provocada. Al día siguiente, viernes 12, millones de madrileños y españoles manifestaron en las calles su dolor y su airada repulsa. En Madrid más de 2 millones de personas desfilamos bajo la pertinaz lluvia; incluyendo los funcionarios de la embajada peruana, encabezados por su embajador, Fernando Olivera, llevando una gran bandera peruana luciendo un crespón negro en señal de duelo. La noche anterior, el propio embajador y varios de sus funcionarios se hicieron presentes en el campo ferial de IFEMA, a donde habían sido llevados los restos de las víctimas, a fin de llevar a cabo la penosa tarea de identificar los cadáveres. La labor de esos funcionarios diplomáticos -entre los que no se contó el suscrito, por si acaso- es absolutamente remarcable, al igual que la del Cónsul General del Perú en Madrid, Diego Alvarado, y otros miembros de su equipo, quienes se amanecieron, hasta bien entrado el día siguiente, asistiendo a los familiares de los peruanos víctimas del atentado. Esa noche de viernes, siguiente al día en que ocurrieron los atentados, la multitud inmensurable que manifestó su dolor y su ira bajo una lluvia persistente en el Paseo de la Castellano y calles adyacentes, coreaba: "¡No está lloviendo: Madrid está llorando!" Lloraba, en verdad. Yo también, viendo la televisión, como he relatado al comienzo de esta nota, recordé lo ocurrido en el Perú en años anteriores, y observando el dolor y la desesperación de las víctimas dejé escapar unas lágrimas mezcla de dolor y de rabia. Atroz, el día en que en Madrid, a las 7.40 de la mañana, se oscureció el cielo y en la capital más alegre de Europa se hizo la noche. "Detener el aire, interrumpir la luz, envejecer la edad, crispar la democracia. Eso buscaban en Atocha" (Francisco Arrabal).
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