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Edición Nº 1815 |
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El Talibán
de las Telas
"Mufarech pide la pena de muerte para los corruptos" indicó un titular de Correo el 27 de enero. "¿Suicida?" se preguntó un transeúnte que deambulaba por la Plaza de la Inquisición. Sus compañeros soltaron la carcajada. El Osama bin Ladren del Congreso hacía reír y llorar esa semana denostando al propio Perú Posible y opinando que "Olivera debería ser ejecutado" si hubiera tenido "tratos con la mafia". El presidente Toledo, tan considerado con Popi y tan sensible en otras ocasiones, se tragaba como siempre el barullo que ocasiona este personaje en misterioso silencio. Podría haber dicho, ¡Mufarech, déjame trabajar! Pero nada. Además, ¡miren quién aludía a tratos con la mafia! Aquí nuevamente el Talibán de las Telas se mostraba propenso a la inmolación. El no solo había jurado lealtad al fujimorato en 1999 al asumir la cartera de Trabajo de ese gobierno, sino que un año después, en el 2000, cuando el Chino perdió la paciencia y Coco fue denunciado judicialmente por evasión de rentas aduaneras, un amigo (Oscar López Meneses, entenado del prófugo general Víctor Malca Villanueva) habló con otro amigo (Vladimiro Montesinos) y la cosa se arregló. Eso se llama tener tratos con la mafia. El episodio lo recordó no sólo la ex fiscal Hilda Valladares ante una subcomisión del Congreso, sino el propio López Meneses en una entrevista que le hizo CARETAS 1763 en el 2003. Ahora Mufarech vuelve a ser el contradictorio bramón de siempre -o la concha más grande del océano-, pero se ha encontrado esta vez con alguien dispuesto a ponerlo en su sitio. El ministro del Interior Rospigliosi ha llamado las cosas por su nombre y Mufarech ha respondido como en otras ocasiones: amenazando, hablando mucho, agitando papeles y buscando confundir a los intonsos. De ésos hay un buen lote de interesados en la bancada PP, pero en pocas otras partes. Sin embargo, y aunque parezca mentira, hay gente muy encopetada que le teme. Fernando Rospigliosi, por cierto, solo ha reiterado lo que ya era evidente hace un año, cuando el congresista textil atacó la licitación de uniformes para la Policía y denostó a ProEtica, la ONG que supervisó el procedimiento. A Mufarech no le había tocado nada en la adquisición
de S/.30 millones de telas y uniformes y por eso denunciaba.
EL ESCADALOSO CONFLICTO DE INTERESES La cuestión es que Mufarech viene provocando impunemente una serie de conflictos relacionados a sus intereses personales, y lo más notable es que, con el beneplácito del presidente Toledo, viene ganando. Se peleó con Pedro Pablo Kuczynski intentando remover del cargo a un excelente Superintendente de Aduanas y, eventualmente, lo logró. Pero su "logro" más extraordinario le va a costar muy caro al país. Con la complicidad de Jacques Rodrich, entonces presidente de la Comisión de Economía, logró condenar a muerte al sistema de supervisión externa de las importaciones. A menos que se dé un milagro, éste dejará de operar en mayo. Sin embargo, la supervisión externa ha tenido un rendimiento notable en el Perú. Entre 1991 y el 2000 la recaudación aduanera creció en 297 %, pese a que las importaciones aumentaron sólo en 171 % y los aranceles bajaron. Fujimori, ni tonto ni perezoso, se aferró a este sistema durante todo su gobierno, pero Toledo le está dando el gusto a Mufarech. Y ya se están empezando a dar los primeros síntomas de un relajo que puede abrir un forado fiscal de órdago. La tolerancia de Toledo resulta aún más extraña cuando se recuerdan ciertos antecedentes. El 31 de agosto de 1998 Mufarech invitó a almorzar al Swiss Hotel de San Isidro a los representantes de las empresas supervisoras Bureau Veritas, Bivac, Cotecna Inspection S.A. y SGS Societé Genérale de Survillance S.A., junto con miembros de la Sociedad de Industrias, para hacerles un planteamiento y advertirles que, si éste no era aceptado, se habrían ganado un enemigo. Mufarech les indicó que no podía competir con ciertas importaciones textiles y exigía que las supervisoras coordinaran con él para fijar los precios artificialmente. Las supervisoras le dijeron que estaban claramente impedidas de hacerlo, por lo que de allí en adelante el Talibán de las Telas empezó a soltar todo tipo de acusaciones. El 12 de marzo del 2002 las supervisoras le escribieron a Mufarech, ya por entonces nada menos que presidente de la comisión de Industria, Comercio, Turismo y PYMES, protestando y refutando sus cargos. Esta carta circuló y se hizo pública, pero el Congreso no solo no le prestó atención, sino que votó mayoritariamente para darle el gusto a un empresario como Mufarech y atentar contra una importante fuente de recaudación fiscal. Y después acusan a los medios de comunicación de promover el desprestigio del Congreso.
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