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ARTICULO
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18
de marzo de 2004 |
La Salud
Mortal
A propósito de la visita del director general de la OMS y
el tratamiento médico a las patologías de la pobreza.
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n |
| Jong-wook
Lee, director de la OMS y el desafío de la salud de los más
pobres. Economía y salud, es el tema que Hernando de Soto abordará
en la Academia Nacional de Medicina, hoy a las 7 p.m. |
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Por URIEL GARCIA
CACERES
ES un grave error atender la salud de los pobres
sin considerar que la inequidad económica es la principal, a veces
la única, causa de sus enfermedades. El doctor Uriel García,
ex ministro de Salud, discrepa con los métodos de la Organización
Mundial de la Salud en el tema de la tuberculosis y considera que debería
poner mayor énfasis en sus recomendaciones y en el diseño
de estrategias que atiendan las necesidades de justicia social con el
fin de realmente curar las enfermedades de los desposeídos en el
Perú.
La mayor parte del gasto, público o privado, para
atender la salud de los peruanos está destinado paradójicamente
a los habitantes con mayores recursos económicos y con menores
posibilidades de caer enfermos, cuando los mayores riesgos de enfermar
y morir están concentrados en los sectores más pobres de
la población. Así se demostró en el Plan Nacional
de Acciones Coordinadas de Salud, en 1981; y ratificado, hace muy poco,
en estudios de mercado de posibles consumidores de los seguros privados
de salud.
Los riesgos de enfermar y morir de cerca de la mitad de
la población peruana, especialmente de los grupos marginados por
siglos, tienen su origen en la pobreza. No importa cuán diligentemente
se les atienda con suministro de medicamentos o con operaciones quirúrgicas,
volverán a caer enfermos. Cada menor de cinco años, de los
estratos D y E, es cinco veces al año víctima de enfermedad
diarreica aguda y cada vez son exitosamente tratados por la medicina.
Las enfermedades de los pobres -biológicamente causadas por gérmenes
como bacterias o virus- al ser tratadas médicamente no estarán
erradicando la verdadera causa. Su real etiología está en
la injusta distribución de la riqueza.
Un ejemplo aleccionador es el de la tuberculosis. Según
la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Perú tiene
el mejor programa de lucha antituberculosa del mundo y lo recomienda para
otros países. Según este plan, se capta a los tuberculosos
con bacilos de Koch en el esputo, lo que se hace con gran facilidad; y
luego son medicados hasta supuestamente curarlos. La implementación
de este esquema, dice la OMS, ha sido muy exitosa.
Sin embargo, en los últimos diez años la
tuberculosis en el Perú no ha disminuido y hasta es posible que
esté en aumento si se toma en cuenta el subregistro y se elimina
el triunfalismo. Lo único que se ha conseguido con tan alabada
campaña, es aumentar en forma peligrosa la aparición de
casos de tuberculosis resistente a todos los antibióticos debido
a defectos en la dosificación u oportuna administración
de los medicamentos. Hay enfermos que han muerto y otros que esperan su
fin contagiando además esta peligrosa y mortal forma de la enfermedad.
Como en los tiempos en que no se disponía de antibióticos,
se tendrá que ofrecerles sanatorios donde por sus propias defensas
combatan su enfermedad espontáneamente o sucumban.
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Justicia
social: antimicrobiano remedio.
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La cura efectiva y real de la tuberculosis se logra
con justicia social. Con buena vivienda, salario digno, buena alimentación
y adecuada educación. Así se logró en los países
industrializados durante las primeras décadas del siglo XX,
-mucho antes de la aparición de los remedios específicos
contra esta enfermedad- debido a que las clases trabajadoras accedieron
a mejores niveles de vida. Por consiguiente la patología
de la pobreza sólo se puede combatir eliminando las diferencias
sociales y económicas. Cuando fueron descubiertos los medicamentos
antituberculosos, en los países desarrollados el número
de casos de enfermedad y muerte por TBC ya había disminuido
notablemente.
El cólera y todas las enfermedades por contagio
fecal-oral han disminuido tanto en los países desarrollados
que desde la década de 1850 ya no son un problema de salud
pública: 30 años antes del descubrimiento de los microbios
como causa específica de las enfermedades intestinales y
casi 100 antes de la aparición de los antibióticos.
Hace 150 años, en las principales ciudades
del mundo occidental, se instalaron paulatinamente servicios de
agua potable y alcantarillado. La tifoidea, fiebres intestinales
como la disentería y diarreas infantiles, junto con el cólera
desaparecieron sin el uso de un solo remedio, vacuna, médicos
o medicinas. Esto es lo que se consigue con la justicia social que
otorga el derecho a cada habitante a tener 200 litros de agua por
día, y la garantía que las aguas servidas no contaminarán
sus alimentos.
La lista de las enfermedades en la patología
de la pobreza es aún más larga y ominosa; incluye,
por ejemplo, el cáncer del cuello uterino que tiene su origen
en la mayoría de casos por la infección con un agente
contagioso, el Papiloma Virus Humano, que se trasmite sexualmente.
Por eso, cuando por la extrema pobreza hay hacinamiento, que facilita
promiscuidad, por falta de una vivienda decente y humana, inadecuada
educación, falta de higiene, el virus causante de ese temible
cáncer se propaga. El real combate contra esta plaga que
tiene en el Perú los más altos índices de morbilidad
del mundo, sólo se obtendrá con la disminución
de la pobreza.
La "salud", en el Perú de hoy, concebida sólo
desde el punto de vista médico o medicinal no puede ser más
mortal. Lo dijo Vallejo, en 1939, jamás, señor
ministro de salud, fue la salud más mortal. Pero, Rodolfo
Virchow (uno de los fundadores de la medicina científica),
en 1847, dijo: para curar las enfermedades de los pobres no se
necesita médicos o medicamentos sino justicia social.
Ocurre que 150 años atrás la extrema pobreza existía
omni et orbis, sobre todo en Europa. Desde las revueltas populares
de mediados del siglo XIX y junto con la industrialización
se mejoró la calidad de vida de esas naciones. El Perú
está, en materia de derechos sociales, en la era previa en
la que estuvieron esas sociedades antes de las revueltas de 1848,
cuando estallaron los reclamos por gobiernos justos en las principales
ciudades europeas.
La salud con medicinas (incluyendo a las vacunas)
no disminuye la pobreza. Podría decirse, sin exagerar, que
la aumenta, desde que al impactar en la disminución de la
mortalidad influye en el incremento del número de pobres.
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