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Edición Nº 1815 |
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Portada
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Por JAIME BEDOYA
AÚN existe la vida normal. Sobrevive silenciosa y saludable las 24 horas del día inmune a la capa de mugre cotidiana. Vida normal es la satisfacción personal de acertar con la exacta cantidad de sal sobre la primera mordida a un huevo duro. Es la hija que empuja la carreta del supermercado con el tesón propio de la exploración de la Vía Láctea en busca de Fanta. Por su carácter elemental la normalidad suele ser ajena a demostraciones de vulgaridad, lo que le resta potencial mediático. Tal vez por ello nadie habla de ella. Los practicantes de este estilo de vida deben constituir una mayoría, pero a nadie le importa, empezando por ellos mismos. Prefieren disfrutar aliviados del anonimato, pudorosos ante la posibilidad que alguien los llame a escena a protagonizar alguna insensatez de aquellas que llaman 'divertidas'. El comienzo del fin del verano resulta oportuno para referirse a una de estas manifestaciones de normalidad. Tiene que ver con el mar. Se trata de la Sociedad Tablista Secreta. La Sociedad Tablista Secreta, como es normal, parte de una tautología: vivir frente al mar. No es necesario construir un bunker racista a 100 km de Lima para descubrir esto. El mar de la ciudad goza de un privilegio: oleaje durante todo el año. La ola es la metáfora por excelencia. Su naturaleza mutante bien puede representar la vida, una idea, una promesa o un castigo. Calma. Cualquier asomo de densidad intelectual queda diluido por el hecho que el mar de Miraflores ofrece un grado de calor solo atribuible a caca de desague o al aguaje. A la Sociedad le tiene sin cuidado. La misión de la Sociedad es caminar sobre el agua. A fin de cuentas de eso trata el surfing. El hacerlo supone una comunión trascendente con la mismísima sopa primordial de Humboldt -miasmas incluídas- de la cual todo proviene. Practicarlo en una rompiente frente a la playa Makaha y 800 metros mar adentro les permite contemplar la insuperable belleza de su ciudad natal desde el agua, es decir fuera de ella y sin tener que soportar el veleidoso carácter de su gente. La Sociedad, si bien adhiere a los principios del espíritu hawaiano, el aloha1, no promueve el entuasiasmo desmedido a favor del congénere. No es el bienestar físico una prioridad de los adherentes de la Sociedad. Se refleja en una alimentación playera a base de raspadillas turbias y barquillos sin fecha de caducidad. Su tarea es otra. Una ola gigante de Maui (30 metros) puede generar electricidad para una ciudad por una semana. Salvando las proporciones con la modesta reventazón de Makaha (dos metros, cuando inmenso), la Sociedad confía en que cada ola corrida es un aporte a favor de la difusión de la vida normal. Una suerte de ósmosis kinética de la libertad sobre la estupidez. El bañarse regularmente entre residuos fecales nutre esta tesis. No se sabe a cabalidad el número de miembros de la Sociedad. Solo se conocen entre ellos. Se saben los nombres de sus tres inadvertidos fundadores. Pero éstos no son tan relevantes como sus actitudes: a) El Pasatista Anacrónico considera que su misión debe realizarse según los cánones originarios de la isla. Es decir sobre tablones de por lo menos dos metros y medio de largo que remeden árboles y capaces de decapitar a cualquier intruso enemigo de la normalidad. Sobre ellos el discurrir sicomotor solo debiera obedecer a los movimientos surfísticos clásicos propios de la escuela californiana de los 60, el soul surfing. El resto de la Sociedad estima que esta fascinación clásica podría camuflar un menguante estado físico que exige la mas absoluta economía cardiovascular. b) El Ermitaño Radical se debate entre las ansias de aggiornamiento técnico y un poderoso deseo de aislamiento. Esta misantropía cíclica lo hace a menudo juguete de la marea, alejándolo del resto de la Sociedad y complicando la coordinación de una agenda conjunta. Compensa su aislamiento con una declarada necesidad de auditorio, el mismo que mantiene a raya con una estela al quebrar que marca los territorios vedados al advenedizo sin fe en lo normal. c) El Temerario Voluntarioso encuentra en sus propias carencias su mayor fortaleza. Lo que no tiene de técnica le sobra en coraje, factor que lo ha hecho inconsciente creador de nuevas maniobras, como el correr hacia atrás aquella vez que una ola se lo llevó de encuentro hasta la orilla sembrando el pánico entre los anormales. Su tendencia a la cháchara lo hace un agradable contertulio mar adentro aunque supone tambien un elemento distractor. Por eso las olas suelen sorprenderlo y llevárselo de encuentro hasta la orilla como algo normal. Ni un ápice de su dignidad ha sido afectada por esto. A la Sociedad Secreta Tablista le quedan pocas semanas de vida este verano. Es normal. Conforme se instale el otoño la falta de competividad e interés deportivo en la materia la irá llevando hacia otras actividades de normalidad alternativa. Es cierto que una vez mas, levemente descorazonados, constatan que su misión no está funcionando del todo2. Felizmente sus paleativos ante la adversidad son impagables. El primero de ellos es aferrarse a aquél comercial de Coca Cola que potencialmente podría haber cambiado el mundo3. El segundo es el haberse permitido durante mas de tres meses el supremo privilegio de orinar bajo el agua, uno de los mas grandes placeres de la vida4 . ___________
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