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Edición Nº 1815 |
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Moralejas para un Gallinero Culeco UNA desafortunada costumbre política lleva a figuras que son chocantes y poco útiles para dibujar una situación política. El presidente Alejandro Toledo no ha sido una excepción en esta materia y esta semana, como bien lo sabemos, ha intentado más que apoyarse en un tropo bíblico -el rebaño inocente y también pascual- ha preferido buscar una imagen que nos trae a la memoria una ave que en materia de comparaciones fastidia a nuestro talante. Como recordará el lector, molestó arraigadamente al Perú político que el decano del cuerpo diplomático apelara a la metáfora de la pelea de gallos para graficar las cosas en el revoltoso pasado de las Fiestas Patrias. Pero hay una fatalidad que nos lleva al patio trasero, donde los pollos y las gallinas hacen de las suyas. En realidad, a los peruanos no nos gusta la comparación con las gallinas, puesto que era el mote que los vecinos del norte nos endilgaban cada vez que querían hacer mofa y escarnio de nosotros. El Presidente, sin embargo, no ha reparado en que cuando se habla de gallinero no se piensa en gallos proliferantes sino en gallinas nerviosas y gritonas.Tampoco ha reparado en que una cosa es creerse un gallo y otra, distinta dramáticamente, el serlo. Hay ese dicho, criollón, que dice: si Fulano me faltase, otro gallo le cantara (o me cantara). El gallo de mi galpón, gallo ajiseco y bravío, el amo del gallinero, todas son clarinadas de poder y de fuerza (bien aprovechadas por los galos) que desgraciadamente no calzan con el navajero Alejandro Toledo, un gallo disminuido, temblecón, hasta matizado en un plumaje sin brillo. La figura del gallo dominante en el gallinero hay que tomarla con pinzas, especialmente porque no ha tenido cómo resolver el diferendo entre su ministro del Interior, el caballero carmelo de la coyuntura política, y un parlamentario que mejor no calificar para no verse envuelto en juicios y predicamentos típicos de avestruz en salón de filigrana. La calma del gallinero, por otra parte, no es posible. Vivimos una situación muy curiosa. Ni el gabinete de Carlos Ferrero, ni el voluntarismo de los flamantes ministros o las inocultables ganas de partir del baqueano ministro Rospigliosi, sirven para calmar la inquietud ciudadana que sigue preguntándose por el mañana. Pareciera que el fantasma de acabar con el gallo giro presidencial, adelantando las elecciones o despidiéndolo con indignación, está descartado pero la oposición más notoria -Apra, Unidad Nacional- han terminado por decir poco hay que hablar, no parece existir voluntad de rectificación, vámonos pal monte de las previsiones electorales. Apra y Unidad Nacional buscan, por todos los medios, persuadir a la ciudadanía que no son parte de la farándula gallineril, que traen planteamientos distintos, que pueden contribuir a pintar otros horizontes. La ciudadanía no se conmueve, les parecen gallos y gallinas de la misma hornada, en un juego cada vez más alimentado por el escepticismo y la decepción. El presidente Toledo no sólo es el causante del desapego político, es el elemento que contribuye a descreer de la efectividad de la democracia. Algo similar ocurrió con Alan García al fin de su controvertido mandato. Cuando se pierde la fe, porque el gobierno no ha funcionado, la tentación totalitaria o antidemocrática retorna y entonces un país con la capa caída puede imaginar que es mejor mirar al pasado fujimorista o a una aventura de mano firme, bolsillos insaciables y cinismo antiético. La administración actual, finalmente, vuelve a dar signos de agotamiento. El gabinete Ferrero carece de vitaminas, de yema y voluntad; los líos en el corazón del gobierno se multiplican (incluidos hermanos y voceros contradictorios), la oposición prefiere ver que las cosas se desmoronen sin apurar el paso ni intervenir en la debacle, Julio sustituye a diciembre en el chiste del pavo, el gallinero está amenazado de moquillo. La superficie parece tersa pero debajo se perfila un volcán. El gallinero está en peligro, y el peor de los lobos que lo cercan es el del aventurerismo (Humala, lo sabe) o el del retorno al pasado ahora aureolado de celestre (el prófugo Alberto Fujimori), los gallinazos siniestros de la irracionalidad.
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