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Edición Nº 1816 |
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Portada
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En el Nombre
del Padre
CUANDO en junio del año pasado, en una declaración pública hecha desde la Base Naval del Callao a invitación de la CVR, el ex emerretista Peter Cárdenas Schulte, dijo: "pido perdón a mis propios hijos, por haberlos dejado sin padre, sin infancia, obligados a vivir en el desarraigo, en el refugio exterior...", pocos pensaron en los destinatarios de la frase. Sin embargo, uno de ellos, Alejandro Cárdenas Amelio, un joven cineasta de 26 años radicado en Alemania, se lo tomó muy en serio. Alejandro es hijo suyo, pero no había tenido contacto con él desde que sus padres se separaron cuando tenía un año de edad. Al igual que varios otros izquierdistas de la época, Peter Cárdenas había optado por la militancia clandestina a tiempo completo en una de las pequeñas organizaciones que abundaban en el país a fines de los años setentas. Su madre Cuini, una cordobesa que había llegado al Perú con Cárdenas, luego del golpe militar, decidió dejar el país, iniciando un peregrinaje que concluiría años después en Alemania. Alejandro supo siempre quién era su padre biológico, pero fue criado desde niño por quien considera su verdadero padre. En sus palabras, creció pensando que Peter Cárdenas era "un problema de su madre y no suyo", decisión facilitada por el hecho de no haber tenido comunicación alguna con él. El hecho de que Cárdenas Schulte fuese condenado a cadena perpetua y encerrado en una prisión militar de máximo rigor fue, en algún sentido, una manera simbólica de enterrar el pasado. Mientras tanto, Alejandro Cárdenas descubrió
que el cine era su vida, incentivado por su madre cineasta. Desde muy
niño jugueteaba con una cámara Súper 8 y a los 14
años lograba sus primeros cortos, ganando un premio europeo. A
los 21 entró a la escuela de cine, especializándose en filmes
de ficción. En esas tareas se encontraba cuando la realidad le
cambió el guión. El "problema de mamá" le escribió
desde su encierro, por primera vez en 22 años, ofreciéndole
explicaciones que no había pedido ni necesitaba. Le respondió
sin entrar en muchos detalles, pero no hubo mucha comunicación
entre ambos en los años siguientes. Lo más serio del viaje fue, obviamente, la ida a la Base Naval para conocer a su padre. Aparte de todos los aspectos emocionales involucrados, no había posibilidad de grabar en dichas instalaciones por lo que se creaba una especie de paréntesis en el documental. La tensión creció cuando se suspendió la primera visita por una medida disciplinaria. Habiendo esperado tanto tiempo, la postergación por unos días se hizo larguísima. El encuentro se produjo finalmente y hubo dos visitas adicionales que permitieron varias horas de conversación, en las que según Alejandro, se dijeron todo lo que había que decirse y descubrieron intereses comunes alrededor del cine y la pintura. De política no se habló mucho porque el hijo es de una generación despolitizada y el padre no tiene ya mucho interés en esos temas. A estas alturas de su vida, Alejandro tiene muy claro que los adultos sólo cambian de padre en las telenovelas, pero considera que se ha hecho muy amigo de ese sujeto recién conocido, con el que comparte más rasgos físicos y aficiones de lo que creía. El documental estará listo dentro de unos meses y se verá primero en la televisión alemana. Luego, irá a festivales y, de haber suerte, se verá también en el Perú. Sobre la otra película, la de su vida, no hay plazos tan claros. Las dos preguntas que definió para su documental ya fueron resueltas y acumuló tanta información y emociones que le tomará un buen tiempo editarlas. De lo que sí está seguro es que ahora tiene bastantes razones para seguir en contacto con el Perú. (Iván Hinojosa)
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