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ARTICULO
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1
de abril de 2004 |
Buscando
a la Clase Media
Fujimori la destruyó y Toledo prometió reconstruirla.
Reflexiones en torno a la clase media peruana.
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| La
familia Villarán, de San Borja, incluida Ana, trabajadora del
hogar. Ricardo y Tota; y Ricardo hijo y Katia con el menor Vasco.
Derecha, Libro de DESCO y ensayo de Sánchez León. |
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Escribe ABELARDO
SÁNCHEZ LEÓN*
CUANDO uno escribe sobre la clase media asume, inmediatamente,
una actitud compungida. La realidad se tiñe de infinita nostalgia,
el viento tiene aquella profunda tristeza de los valses y de aquellos
poemas, digamos, como los de Sebastián Salazar Bondy o Juan Gonzalo
Rose. Rose escribe, por ejemplo: "Yo te perdono, Lima, el haberme parido/
en un quieto verano/ de abanicos y moscas".
La clase media limeña no equivale a los ímpetus
de la burguesía europea; todo lo contrario, la clase media limeña
nació cansada, un día que Dios estuvo enfermo, grave. Por
lo general, se entendió a sí misma como un esmerado grupo
profesional del sector servicios, limpios, de ser posible, de baño
diario y sin ensuciarse jamás las manos. Diera la impresión
de que la clase media limeña es la feíta de la clase, la
feíta con la que nadie quiere bailar, tímida, medrosa, contrita.
Soñaba con patios y se contentaba con quintas. Quería jardines
y se conformaba con macetas colgando de alguna pared desdibujada por los
graffitis. Cuidaba lo poco que tenía: una virginidad absurda, unas
monedas en el banco, alguna herencia de un pariente lejano que le daba
bruscamente la espalda, unos hijos que si la suerte les sonreía
les tiraba la puerta en sus propias narices. Recuerdo tantos cuentos de
Julio Ramón Ribeyro, unos en la quinta, otro en un club, cuando
el hijo reniega de su padre, otro en una fiesta cuyos invitados se distribuían
en la sala y la repostería y sólo la mirada del escritor
marginal se refugia en la cocina.
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La
clase media está en el NSE B (clase media `tradicional')
y en parte del C (media `popular').
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La clase media limeña conoce muy bien su sitio
y lo cuida, jamás se anima a pretender más de lo que
Dios se dignó darle. La clase media está acostumbrada
a irlo perdiendo todo progresiva y gradualmente: recuerda, lamenta,
llora, la congoja es su estado de ánimo predilecto.
La clase media limeña clásica se proyecta
hacia una terrible vergüenza: envejecer empobrecida en territorios
que en lugar de gozar, la castigarán. Criolla, blancona,
rodeada de ricos que la desprecian y de indios que la odian, ella,
cual mujer altiva, camina ocultándose y mostrándose
apenas, porque la clase media nació sabiendo que se trataba
de un día que Dios estuvo enfermo. Tengo la sospecha de que
aquella clase media relativamente moderna nace con la expansión
de la ciudad, cuando los planificadores urbanos la ubicaron en aquellos
barrios cercanos a los ricos, de costado, digamos, porque trabajaban
para ellos, no siempre con ellos, pero para ellos sí, algunos
escalones más abajo. Quizá, antes de la expansión
al sur, la clase media coqueteaba con los ricos imitándolos
de muy cerca, pero apenas el Estado necesitó de una clase
media burocrática y servicial, profesional, tecnificada,
se abrió paso la avenida Brasil con sus quintas, con sus
edificios de cuatro pisos, con sus pasadizos, sus pretensiones,
sus miserias; porque las miserias de la clase media vienen del alma,
del espíritu, alma y espíritu que venden para no tener
que pensar, anhelando carecer de causas por las cuales luchar, prefiriendo
sobrevivir en una actitud de merecer, de recibir por los encargos
recibidos.
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| Aldo
Arbulú y Karen Rodríguez, no dejan de ir a restaurantes
pero cuidan los precios. |
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A unas cuantas manzanas, tan solo, otras avenidas atravesaban
aquellos terrenos baldíos con una seguridad de clase asombrosa
en un país en que lo asombroso es no tener aplomo. La avenida Salaverry
urbanizaba el corazón de los oligarcas, hacendados o financistas
y de los empleados muy cercanos, ésos sí, a sus mansiones.
La avenida Arequipa se instalaba en la nueva ciudad con unas casas muy
bien puestas y mantenía a cierta distancia -por las avenidas Cuba,
Mariátegui o San Felipe- ese vínculo necesario entre la
producción y los servicios, entre la extracción y la burocracia,
con esos empleaditos que tanta vida le han dado a las letras nacionales.
No olvidemos que la mayoría de los novelistas y poetas de la generación
del 50 se instala como clase media, con alguna comodidad funcional, y
luego se desconcierta y se aterra con los explosivos cambios de la sociedad
peruana. Esto ocurre cuando Lima, nada menos, deja de ser la ciudad colonial
que era y se llena de invasiones, de barriadas, de cercos de miseria,
estremeciéndola hasta el espanto. De ese desconcierto, de ese terror,
de esa angustia, nacen los poemas últimos de Washington Delgado
a través de su alter ego literario: Artidoro. Artidoro extraña
los inexistentes rosales de la avenida Grau, por ejemplo, cuando todo
ha sido teñido por el humo de los viejos autobuses.
Imagino, si hago algún esfuerzo por recordar, a
unos caballeros acompañados de sus señoras, vistiéndose
para la ocasión, para alternar, por lo general muy inseguros, sin
saber qué rayos eran, qué hacían allí, cómo
debían comportarse. Eran los intelectuales refunfuñones
que blasfemaban contra los dueños del Perú, contra esas
40 familias que lo controlaban todo (según un recuento de la época
de Carlos Malpica Silva Santisteban), comportándose tal como sus
deseos les indicaban; pero que una vez que topaban con ellos en la oficina,
en algún café o en sus propias casas cuando eran invitados,
les temblaban las piernas. Eran los socialistas, los progresistas, los
comunistas. Eran los radicales de modales finos, almas sensibles, leídos,
con unas mujeres que lo miraban todo con miedo, con ese espanto que da
la sensación de vulnerabilidad, que pueden perder sus bienes -esa
casita, ese abrigo, el auto, el sueldo- si su esposo no se comportaba
a la altura de las circunstancias, si por casualidad modulaba las palabras
con otro tono, si empleaba mal un adjetivo. Esas esposas que posaban ante
la cámara con los ojos bien abiertos y los labios cerrados, tensas,
deseando que toda esa locura terminara y salieran por fin de aquel territorio
donde les incomodaba poner los pies y pudieran regresar a casa y dormirse,
no pensar, no sufrir, no vivir, solamente dormir. Esa es mi visión
de la clase media limeña clásica.
________
*Extracto del ensayo `Los avatares de la clase media', del libro de DESCO
`Perú Hoy. La clase media ¿existe?'
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| La
clase media va al cine, El Pacífico, Larco Mar, los días
de oferta de dos por uno. |
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Consumo Cuidado
Sector medio tradicional y emergente: gasto, diversión.
EN uno de los ensayos del libro, Eduardo Toche,
Jorge Rodríguez y Molvina Cevallos realizan grupos focales
en Lima y provincias para determinar las siguientes recurrencias
y diferencias entre los sectores medios `tradicionales' y medios
`emergentes'. EconomÍa/Recurrencias
Cubren necesidades básicas
(alimentación, vestido, servicios) pero no hay mayores posibilidades
de ahorro o acumulación.
Consideran que antes "las
cosas eran más fáciles", que las expectativas podían
cumplirse con mayores probabilidades de éxito.
Al margen de estar mejor
o no económicamente que sus padres, se sienten con mayores
posibilidades, con mayor techo, hay una sensación de poder
llegar a más.
Diferencias
Los sectores emergentes
(Lima) consideran que la situación con respecto a sus padres
ha mejorado. Son ligeramente optimistas respecto a mejoras en su
situación.
Existen diferencias claras
en la definición del éxito. Parte de los participantes
de sectores "emergentes" limitan el éxito a lo económico,
al tener y disponer de plata.
DiversiÓn/Recurrencias
El consumo tiende a restringirse
a alimentación, educación y servicios. Es cada vez
menor lo que se gasta en vestido y divertimento. Esto, con matices,
es común a los participantes de ambos sectores.
Cambio en los patrones
de divertimento. Se ha pasado de las discotecas, peñas o
restaurantes costosos, a lugares más económicos o
las reuniones en casa.
La apariencia como una
cuestión importante: "como te ven te tratan".
En Lima hay preferencia
por las cadenas de supermercados para alimentos.
La frecuencia de afiliaciones
a clubes es mínima y asociada a clubes corporativos de gremios
o empresas.
Diferencias
Si bien los participantes
en su totalidad consideran importante la vestimenta adecuada, no
todos destinan partidas importantes para su renovación. Los
participantes de sectores "tradicionales" que en su trabajo interactúan
con clientes, son quienes más valoran la vestimenta e invierten
en ello.
La noción de status
es mucho más clara en los sectores "tradicionales". Así
también, la necesidad de mantenerlo es una preocupación
permanente en estos sectores.
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