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1 de abril de 2004
Por AUGUSTO ELMORE

LA semana pasada Mario Vargas Llosa perdió la paciencia con motivo de la desactivación del CNI y la súbita renuncia del recién nombrado almirante Arboccó. La verdad es que parecía ser como para perderla: finalmente MVLl no tiene por qué tener fe de carbonero respecto del régimen. Pero lo que sorprende a ese mismo respecto es que un observador y comentarista como Mirko Lauer, que suele ser ácido crítico del gobierno, consideró la medida como oportuna, y hay incluso quienes aseveran que ésta debió haberse ejecutado durante el gobierno provisional de Paniagua, porque el hedor que emanaba de esa institución manipulada a su antojo por Montesinos y Fujimori era insoportable. Claro que Álvaro Vargas Llosa estará feliz de aparentemente haber recuperado a papá para su causa.

Había tardado, pero finalmente llegó: una nueva denuncia contra Toledo, ahora que todas las anteriores fueron extinguiéndose: "¡No paga la pensión de su hija Zaraí!, y su mamá está exigiendo que ésta sea de US$ 7,000.00 (¡Siete mil dólares!) mensuales". No le falta ambición a la señora.

¿Qué pasó, Dios mío, con Cienciano? ¿Es que la derrota del fútbol peruano es la única que nunca pierde?

El candidato presidencial Alan García Pérez acaba de hacer su primera promesa: ha afirmado que apenas llegue al poder (digo es un decir) condonará las deudas de los acreedores del Banco de Materiales, con lo que no me cabe la menor duda de que aún los que venían pagando puntualmente sus acreencias dejarán hoy mismo de hacerlo. ¡Ni tontos! Los encargados de su futura campaña de publicidad electoral bien podrían adoptar como su lema de campaña: "La arruga es su divisa".

Por su parte Fujimori acaba de declarar en su diario (La Razón): "Mi candidatura pone los pelos de punta al gobierno". Oye chino, no sólo al gobierno. También a todos los hombres honestos de este país.

En el último "Lugar Común" me referí a que un día esplendoroso en Madrid anunciaba la llegada de la primavera. Grave error. El calendario, que al final veo, asegura que efectivamente en este país ha empezado la primavera, pero el tiempo y el clima le llevan la contraria. Ayer domingo, cuando salí a la calle a comprar el periódico hacía 3º y nevaba y, además, desde entonces llueve en todo el país, todo el día. Con lo cual he llegado a la convicción que ya no se puede confiar ni en la primavera.

Muchos veranos los pasé en La Punta, Callao, en la casa que formaba parte de una quinta, propiedad de mi madre. En frente vivía la familia Ghislieri, don Carlos y doña Juana Rovira, su esposa, y sus dos hijas, visitada todos los sábados, o acaso los domingos, por un joven con aspecto de estudiante de teología llamado Francisco, Paco, Igartua Rovira. Desde ese entonces, comienzo de los años 40, data mi amistad con Paco, que de joven casi atildado se convirtió con los años en un batallador y famoso periodista de cuyo fallecimiento me entero desde lejos con gran pena. Se ha ido, él que parecía el retrato vivo de Dorian Gray, porque los años no parecían hacerle mella. Fue a su llamado que me inicié en el periodismo, en 1956, a mi regreso del exilio que sufrimos con mi padre y toda mi familia en Buenos Aires. Paco Igartua era entonces, con Doris Gibson, director y fundador de CARETAS, que gracias a la tenacidad y capacidad de ambos ya era por aquella época un órgano periodístico fundamental para la política y la vida del Perú. Con Paco Igartua aprendí el oficio, razón por la que, en medio de naturales desavenencias y contratiempos, mantuve siempre con él una relación muy cercana. Una de las carátulas más famosas de CARETAS, que ha tenido tantas, fue esa que nació de la inspiración de Paco y del lente de Víctor Romaní, publicada a la ascensión de Manuel Prado a su segunda presidencia, en 1956, esa que se tituló con inimitable inventiva y sorna crítica: "Volvió el circo", que mostraba a Prado con frac y condecoraciones saludando, con el tarro levantado, desde la calesa que lo llevó a Palacio de gobierno. No voy a hacer la historia de su vida, porque los diarios limeños y ABC de Madrid le han rendido el homenaje que se ganó a pulso. No siempre estuve de acuerdo con él, que era un terco y empecinado polemista, pero me consta como a pocos que fue un gran periodista y un amigo. Me hizo el elogio de elegirme para presentar uno de sus libros y estuvo entre un grupo de amigos en una despedida que se me dio, por lo que guardo su imagen de Dorian Gray que entonces me pareció inextinguible. Lamento tanto que no haya sido así. Nos vemos, Paco.

 


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