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Edición Nº 1818 |
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Cuando
un Millón Murió en 100 Días
Ruanda Hace 10 Años Escribe RUANDA es un minúsculo país de Africa, que abarca apenas 26,338 kilómetros cuadrados (como Huancavelica), pero contando sus casi 8 millones de habitantes, es el más densamente poblado de ese continente. Por su geografía se le conoce también como el país de las mil colinas. Estas montañas no muy grandes, que parecen ir al infinito, están divididas en pequeños campos de cultivo, y guardan unas historias aterradoras de lo que sucedió durante el genocidio de 1994. El genocidio comenzó el 7 de abril de ese año cuando el avión del presidente de la República de Ruanda, Juvenal Habyarimana, fue derribado con dos misiles poco antes de aterrizar en el aeropuerto de Kigali, la capital. Habyarimana, un presidente de origen de la etnia hutu, volvía a la capital ruandesa junto con el presidente de Burundi después de haber firmado un pacto que pondría fin a los continuos enfrentamientos entre hutus y tutsis comprometiendo a ambos países y que comenzaron incluso antes que Ruanda lograra su independencia de Bélgica en 1962. El gobierno acusó a la etnia minoritaria tutsi, liderada por el Movimiento Ruandés Frente Patriótico y encabezada entonces por el actual presidente de Ruanda, Paul Kagame, de haber asesinado a Habyarimana. Justamente en marzo de este año, el diario francés
Le Monde publicó los resultados secretos de una investigación
policial donde se acusa a Kagame de haber ordenado el ataque. Kagame ha
negado rotundamente la acusación y ha acusado a Francia por haber
armado hace 10 años a la milicia hutu. En los valles entre estas colinas verdes hay cientos de monumentos y rastros conmemorativos que salpican todo el país que son el crudo recuerdo de estos hechos. Durante los 100 días que duró el genocidio casi un millón de personas fueron asesinadas. Las víctimas en su mayoría fueron de la etnia tutsi. También se asesinó a los hutus considerados moderados por oponerse al genocidio. El memorial de Murambi y la iglesia en Ntarama son dos ejemplos de ello. El de Murambi queda en lo alto de una colina y en lo que fue hasta 1994 un antiguo colegio de la provincia de Gikongoro. Si uno se para de espaldas a los salones de clase hay una
vista maravillosa del paisaje típico ruandés y cuesta imaginarse
que en un lugar como éste murieron 50,000 personas. Sólo
cuatro lograron sobrevivir.
No pasó mucho tiempo hasta que la milicia y el ejército rodearan el lugar. A Emmanuel le cayó una bala en la cabeza. "Yo me escondí entre los cadáveres y como sangraba tanto me dieron por muerto". Después, en la noche, aprovechando la oscuridad logró escapar a un bosque cercano y de ahí a Burundi. Días después de la matanza, las autoridades vinieron con tractores y cavaron unas grandes fosas comunes donde tiraron todos los cuerpos. Pasaron unos meses y ya casi en 1995 Emmanuel, junto a otros sobrevivientes, exhumaron una mitad de los restos. "Si los enterráramos nuevamente nadie se acordaría que aquí ocurrió un genocidio", dice Emmanuel. "Por lo menos así, las personas que vienen a Murambi no sólo escuchan lo que pasó sino que lo ven con sus propios ojos". En Ntarama al sur de Kigali, la milicia sí atacó la iglesia. Las pertenencias, como la ropa de las 5,000 personas que se refugiaron aún están allí pudriéndose entre las bancas de madera. Hay huesos humanos por todas partes y las calaveras han sido colocadas en fila y una sobre otra. Pacifique Rutaganda es uno de los pocos sobrevivientes
que se reúnen todos los días en el lugar. "La milicia llegó
y empezó a tirar granadas dentro de la iglesia. Yo logré
escapar por una de las ventanas".
En su mameluco carcelario de color rosado y bastante bien arreglada, Esperance dice: "Estas acusaciones son injustas. Yo lo hice para proteger a mi familia, porque mi marido es tutsi. Además yo estaba escondiendo a otras personas amigas. La milicia vino y yo pretendí colaborar con ellos para que no nos maten. Los llevé a un lugar donde yo no sabía que ahí se estaban escondiendo cuatro personas. Eran amigos de mi marido ...pero yo no sabía que estaban ahí ...los mataron con machete ...me siento culpable pero fue un accidente". En esa misma prisión está Gregorie Nylimanzi, de 37 años. Durante el genocidio de 1994, el era el líder de Nyamilambo, en las afueras de Kigali. Para Nylimanzi, los asesinatos, saqueos y la violación de mujeres, así como la destrucción de la casa de un tutsi, era una ley que imperaba, ordenada por el gobierno, y que "la gente simplemente obedecía. No había policía ni líder a quien llamar para poner orden. Las autoridades alentaban el genocidio por la radio y televisión y la gente simplemente se mataba los unos a los otros". Y agrega: "Gente como yo, con menos poder no podíamos hacer nada". Nylimanzi niega haber matado a alguien pero sí acepta haber colaborado con la milicia. Debido a la gran cantidad de casos y a la complejidad de lo ocurrido hace una década, el actual gobierno de Kagame ha recurrido a lo que tradicionalmente en Ruanda se conoce como "gacaca". Es un sistema de tribunales populares donde la propia comunidad, tanto hutus y tutsis, decide la responsabilidad de cada acusado. El acusado, por su parte, tiene la oportunidad de explicar por qué lo hizo, qué lo condujo hacerlo y, por lo general, pide perdón. Para algunos la gacaca no sólo alivia la carga sobre el Poder Judicial sino que es parte del proceso de reconciliación entre hutus y tutsis que el gobierno ha puesto en marcha. Otros señalan, sin embargo, que en los últimos meses ha habido una serie de asesinatos que son producto de venganzas inspiradas por las revelaciones en la gacaca. Mientras tanto, ahora, a diferencia de otras épocas, el documento de identidad que portan los ruandeses no distingue entre hutus y tutsis. Simplemente dice ciudadano 'ruandés'. Y este pueblo, protagonista de tanto horror hace una década, sí confía en el presente que la reconciliación va ser posible, a pesar del escepticismo de la comunidad internacional.
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