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Edición Nº 1818 |
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Crucis
"¡Qué pena!, ¡qué vergüenza!, ¡qué grosería!". La homilía del arzobispo de Lima Juan Luis Cipriani retumbó en la catedral el domingo pasado. No era para menos. Resulta que el cardenal fue citado a declarar a la fiscalía para casos de derechos humanos que investiga la supuesta intervención de Vladimiro Montesinos en la muerte del cardenal Augusto Vargas Alzamora mediante envenenamiento gradual. Esa investigación raya en la ciencia ficción combinada con un complot al mejor estilo de los Borgia. Para empezar, el obispo Augusto Vargas Alzamora sufrió un derrame cerebral que terminó en una neumonía agravada e insuficiencia renal aguda. Murió el 4 de setiembre del 2000. Héctor Villa Huamán fue el fiscal que citó al arzobispo Cipriani. Villa investigó el año pasado las ejecuciones extrajudiciales de tres emerretistas en la casa del embajador de Japón. Su última actuación fue en febrero de este año cuando se negó a investigar la denuncia presentada por la hermana de la fallecida ex agente del SIE, Mariela Barreto, quien asegura recibir amenazas. Flaco favor le hace este fiscal al sistema anticorrupción en estos momentos que el Ministerio Público confronta otro remezón.
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