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Edición Nº 1818 |
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Portada
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París
sin Aguacero
El París de Villanueva en cambio es aquel visto por una mujer que lo vivió intensamente y que luego adoptó a Bryce para desplazarnos por una ciudad que durante mucho tiempo resultó meta -y meca- para generaciones anteriores a la mía. El de ella está más alejado de la nostalgia que de la realidad. Porque el París de Huston, Wilder o Minnelli nunca existió, pero sigue siendo una ciudad espléndida a pesar de que en materia de juerga, Londres y Madrid hoy me estimulan más. Sin embargo de algún extraño modo me continúa perturbando. Por eso recorro este reinventado plano que hace Villanueva, creo en lo que dicen sus fotografías y evoco el XIX al ver cuadros como Le lit -apres Toulouse Lautrec- donde ella otorga candor a una obra originalmente concebida como el reposo de los guerreros saciados. Sólo a la salida reflexiono de que se trata de un París virtual, creado por una peruana que lo ha vivido tan intensamente, que hasta crea un delirante recorrido en Metro que parte del Arco del Triunfo para terminar en el cementerio de Pere Lachaise. Gracias chica canalla. Algunos de mis superhéroes, Morrison incluido, allí me esperan cada vez que llego a visitarlos. Patricia Villanueva es dueña de un inusual desenfado. Ella transforma sus vivencias en performances que registra y seducen al visitante, quien suspende toda exigencia de verosimilitud para ingresar a este juego de espejos. De alguna extraña manera su experiencia, salvando distancias económicas y generacionales, recuerda a las de Sophie Calle y Paul Auster que diera como resultado un conjunto de fotografías de las acciones de la artista, registradas en su libro "Doble Juego", así como un capítulo de Auster sobre ellas en su novela Leviathan. Es una conjunción paradigmática de arte visual y literatura que resulta imprescindible conocer. Villanueva tiene además una cualidad muy escasa en el medio: Sabe sustentar su trabajo de manera espléndida, incluyendo frases que identifican a todos los que a su edad nos encandilamos con el brillante lado oscuro de París. Y yo, dinosaurio que vio desde el balcón a mayo del 68, enamorado de la única ciudad del mundo que tiene todo un palacio (Chaillot) dedicado al cine, veo a los jóvenes que ella retrata y no puedo evitar sentirme bien, porque al final las revueltas no fueron tan inútiles como nos hicieron creer. El idealismo renace de nuevo. Como cierre de católogo -acompañado de entrañable texto de Miguel Zegarra- Patty nos da sus últimos consejos: Desde consultar la web hasta escuchar a Carla Bruni. He hecho todo, salvo besar bajo el Pont Neuf, pero estoy seguro de que en el próximo aterrizaje lo haré. Finalmente es necesario decir que la idea, meticulosamente elaborada en tres extraordinarias instalaciones, hacen de esta muestra una de las mejores que haya visto en ARTCO.
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