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Edición Nº 1819 |
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Portada
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MASOCH
- SADE
El resultado es sobresaliente. Esta no es una colectiva en el sentido tradicional, pues se ha trabajado a partir de propuestas ya exhibidas, que el organizador ha seleccionado de acuerdo a un concepto establecido de antemano. Hernández sostiene que la exposición le compete profundamente, congregando obras. "...con las que me identifico en tanto artista y que consumo en tanto espectador. Dar cuenta de lo radicalmente individual es prerrogativa de la curaduría, también...". Max Hernández camina sobre el filo de la navaja al tomar el dolor como punto de partida. El mismo título, como él señala, "declara una vocación oscilatoria entre la analgesia y la adrenalina". Pero, también hay una explícita relación entre el dolor y el placer y, predeciblemente, entre Eros y Tánatos, como se aprecia en la primera sala cuando enfrenta a las macabras ampliaciones periodísticas de Miguel García a las fotos de Murrugarra y los cuadros explícitamente homoeróticos de Jaime Higa, que han tenido la admirable valentía de no censurar. Entre ellos, enormes fotografías de Natalia Iguiñiz sobre su intervención urbana Perr@habla, la más inteligente que se haya realizado entre nosotros sobre la condición de ser mujer aquí y ahora. El trabajo museográfico es brillante. Si tomamos en cuenta las dificultades del espacio del Centro Cultural de la Católica y las infinitas diferencias de las propuestas, es posible avizorar que integrarlas no sólo fue un trabajo de selección, sino también de un arduo estudio preliminar, a fin de establecer un criterio que termina siendo el factor que aglutina a cada serie. Al ser organizadas en cuatro "capítulos", las obras comulgan sorprendentemente entre sí y con el espectador, otorgándole coherencia a un conjunto que hubiera representado un problema descomunal en caso de haberse enfrentado esta tarea de un modo convencional. Lograr un rigor similar para un curador tradicional hubiera sido para un verdadero pain in the ass (no pun intended, Max). El texto del catálogo es inteligentísimo y la dialéctica planteada es efectiva porque aún en las obras en las que sólo se aprecian pain-killers éstas resultan un pain-thriller para el visitante. En otras palabras: cada masoquista tendrá su sádico correspondiente...y viceversa. Y es en este intercambio del dolor donde la muestra se potencia más allá de lo exhibido. Hernández sostiene: "En el encuentro con las obras, implicados en el dolor ajeno, quizás demarcamos algo parecido a un predio común y quizás insinuamos, en un descuido, un espacio para el consuelo". Finalmente es pertinente una reflexión: Allí sólo hay dos cuadros pintados, saludablemente poco ortodoxos. Esta predilección minoritaria de la pintura ha sido notoria en las últimas colectivas con curadores exhibidas en nuestra ciudad. Es una situación internacional que permanecerá en la medida que los pintores no logren crear a través de ella el mismo estímulo que se aprecia, por ejemplo, en sus obras en fotografía, ensamblaje y/o video. Y éste resulta otro de los méritos de esta acertadísima aproximación del arte al dolor. Max Hernández ha hecho un trabajo ejemplar.
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