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ARTICULO

22 de abril de 2004

Día del Idioma
El Huevo de Cervantes

Escudriñando el término "hueveo", recientemente elevado a la palestra política, es como celebra el escritor Gregorio Martínez el 23 de abril. Y lo hace al ritmo del "perreo".

Nuestra lengua está en constante renovación. Vivita y coleando. A continuación, Gregorio Martínez revela, con maestría y humor, que existe el verbo "huevar" más no el "huevear". Imagina además el coloquio que pudieron entablar Alejandro Toledo y Alan García, una vez que el segundo confesara, sin presión alguna, haberse sentido "hueveado". También, porque el día del Idioma lo amerita, un breve compendio de los estrambóticos nombres con los que los ecuatorianos bautizan a sus hijos y una rápida chequeada a la jerga que ha aceptado el DRAE.

n

Miguel de Cervantes murió un 23 de abril.

 

Escribe GREGORIO MARTINEZ*

ALGUIEN podrá decir que el perreo, danza y canción, lo empezó Miguel de Cervantes, en 1613, cuando publicó "Coloquio de los perros", una de las doce narraciones que forman el libro Novelas ejemplares. En tal caso, el perreo actual resulta una tardía redundancia. No la danza y la canción que, aunque sean imitaciones del reggae jamaiquino y del rapp, de todos modos constituyen una espontánea manifestación cultural. Me refiero al otro perreo, el fracasado coloquio político entre el presidente Alejandro Toledo y el líder aprista Alan García.

Justo, en vísperas de recordarse el Día del Idioma, Alan García se quejó que Alejandro Toledo lo estaba hueveando. No dijo huevoneando sino lo que ya anotamos. ¡Que!, ¿qué?, diría Cervantes en la tumba, donde yace desde 1616, apenas tres años después de haber hecho público Coloquio de los perros. Pero el pobre Manco de Lepanto no tenía fuente de consulta. No porque fuera huevofrito. En su época, España carecía de diccionario alguno. Recién, un siglo más tarde, en 1726, la Real Academia de la Lengua publicará el primer lexicón castellano, el ahora legendario Diccionario de autoridades, en seis volúmenes, insuperado hasta la fecha.

En la actualidad, siglo XXI, al cabo de veintidós ediciones del glosario de la Real Academia, la última lanzada en 2002, por boludos seguimos en las mismas, don Miguel. El diccionario no tiene en sus páginas el verbo "huevear", menos el gerundio "hueveando". Y ni en sueños el nombre del remedio para tal tontera: desahuevina. Dale desahuevina, se decía en los años 60's si alguien se comportaba como Alejandro Toledo. Aunque no está claro si lo hueveaba o lo huevoneaba a García. La diferencia es grande, como la que dista de chupar a chuponear. Eso lo sabe bien el servicio de inteligencia.

Más que al idioma vivo, la Real Academia parece que acicala y aliña al idioma muerto, como si fuera el pájaro pinto. ¿Será por esto que el Día del Idioma se conmemora en fecha aciaga? No en el natalicio sino en el día de la muerte de Miguel de Cervantes, el 23 de abril. ¡Púchale! Tampoco cedamos a la tentación del perreo. La verdad es que no queda documento que acredite el día natal del autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Siempre sumido en el huevonaje, todavía enmarcado en la idea que existe "lengua culta" y debajo de ésta el subidioma, el hortus vocabulorum de la Real Academia registra en sus páginas, edición 2002, la palabra "huevar". Así, lavadita, sin la "e" que es la letra insidiosa que voltea el pastel y pone el erotismo en el mero hoyo del queque. Tan desabrido vocablo. "huevar", según el diccionario, significa "poner huevos".

n

Pero el "huevear" del que se queja Alan García es otro cantar de gesta y de fiesta. Lo dudoso es que el presidente Toledo sea artífice en el hueveo. Tiene más cara de ser un huevinche. Lo extraño es que Alan García, que se cree listo, no conozca la desahuevina, el remedio para desahuevar a los que huevean. Porque en la real dinámica del habla nuestra, "huevear" es un verbo pleno, sin menoscabos, nacido en el castellano de Sudamérica. Con mayor precisión, diríamos, en Chile o en el Perú.

Si fuera cuestión de litigio sobre el término "huevear", Chile tiene las de ganar. Esto es diferente al problema del pisco. En los chilenos, el vocablo huevón resulta congénito, similar al coño de los españoles. Pese a lo que diga Ferdinand de Saussure con respecto al carácter convencional del signo lingüístico. En Chile, la palabra huevón, o sea el que huevea, el que se dedica al huevonaje, se intercala como muletilla en cada trecho del discurso.

Cosme Portocarrero, profesor chileno estudioso de la expresión popular, especialmente de la que bordea la coprolalia, incluye en su libro titulado La palabra huevón, un buen ejemplo del uso y abuso de dicho término. Por supuesto, la pronunciación de la palabra aludida es muy relajada en cada situación y esto lo dejamos al gusto y a la experiencia de cada quien.

"-Entonces, huevón, como se demoró el huevón, le dije: ya, pu, huevón, ¿qué te has imaginado, huevón? Y ¡sabes lo que me contestó el huevón?

-¿Qué huevón?

-Nada, pu, huevón. Se quedó callado el huevón".

¡Qué festín se pierden los esticosos! Con toda esta salsa el diccionario sería un mamotreto seductor, no el soporífero volumen que usaba el fabulador guatemalteco Augusto Monterroso para quedarse dormido cuando viajaba en avión. Solo que "huevear", diferente a "huevar", nada tiene que ver con poner huevos. El arco semántico de "huevear" se parte en dos ricas tajadas. Yo no sé cuál querría cada quien, Alejandro Toledo y Alan García. Una tajada tiene carácter denotativo, literal, directo, grosero, nada metafórico, y significa copular. La otra tajada va a lo connotativo, al relieve, y quiere decir tontear, engañar, perder el tiempo.

El hecho de que un buen diccionario aspire a convertirse en un inagotable festín, dicha ansiada virtud no le otorga licencia al hablante para usar el repertorio lexical a troche y moche. Cada persona debe comportarse como alguien que sabe apreciar los frutos que ofrece el hortus vocabulorum del idioma. Escoger la fruta apropiada para cada ocasión. No se chupa el cuesco de un mango en una comida formal.

Entonces, ¡cómo Alan García que ha sido presidente puede expresarse de un modo tan atorrante y decir que Toledo lo estaba hueveando? Entre sus compinches sería perfecto que Alan García usara tal vocabulario. Pero jamás en una declaración pública, así fuera a la prensa hampesca, mal llamada chicha. Sin duda, existe en el Perú una atmósfera sórdida que de algún modo los políticos han enrarecido más con sus enjuagues. No hay límites después de los crímenes de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. El brote del perreo, danza y canción, es producto de esta atmósfera opresora. Y todavía, con un arranque de cinismo, algunos en el Congreso claman que debe prohibirse el perreo. Aun algunos jóvenes sacan la chaira del prejuicio y dicen en una página en Internet: "La musika ni sikiera tiene algo de peruana. Es un baile para serranitos de los conos". Con esta forma racista de pensar de ciertos jóvenes, volvemos a fojas cero. No sé quién inventaría que el perreo o reggaeton es peruano. Ese meneo empezó en Panamá todavía en los años 80's. Exactamente en 1989 llegó a Puerto Rico. Claro, en el Perú ha adquirido perfiles particulares. Pero esto siempre ocurre con la música. El vals criollo no es ni la sombra del vienés. Si el perreo copió al reggae de Bob Marley, éste también se nutrió del soul y de los blues. Ahora, en pleno desbarajuste del perreo, sigue vigente Coloquio de los perros de Cervantes. Hoy más que nunca existen revistas, de papel y en Internet, centros culturales, grupos, círculos que llevan el nombre Coloquio de los perros. Así, Cervantes y el perreo atan sus cabos. ¿Qué clase de coloquio intentaban Toledo y García? -No sé, huevón. Se quedó callado el huevón. -¿Cuál huevón?, huevón. -El más huevón de los dos, huevón.

________
*Escritor y novelista, autor de "Canto de sirena" y "Biblia de Guarango", entre otros. Reside actualmente en Washington DC.

 


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