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Edición Nº 1820 |
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Portada
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En Latinoamérica
siguen Preguntando:
EL Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha sido noticia por partida doble en los últimos días. El martes 20, Mark Malloch Brown, su administrador general, fue distinguido con un merecido doctorado honoris causa por la Pontificia Universidad Católica y el miércoles 21 se presentó el Informe sobre el desarrollo de la democracia en América Latina 2004, elaborado por un proyecto especial de PNUD. El estudio, que ha sido uno de los más completos en su género, comprendió dieciocho países del área: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela, dejando fuera únicamente a Cuba y Haití. El Informe del proyecto dirigido por el ex canciller argentino Dante Caputo busca promover un debate latinoamericano sobre la situación actual de la democracia en la región y una agenda de reformas para impulsar su desarrollo. La base empírica para el estudio surgió de la encuesta de 18,643 personas de los países arriba mencionados en mayo de 2002 y de una consulta, sin valor estadístico, de 231 consultas a líderes políticos, empresariales e intelectuales de América Latina. Lejos de adoptar una actitud complaciente sobre las bondades de la democracia latinoamericana, el Informe del PNUD sostiene que ésta es todavía una tarea inconclusa a pesar de todos los avances registrados en los últimos años en el campo de los derechos democráticos. En sus términos, los países latinoamericanos tienen al frente el desafío de transformar su "democracia electoral en una democracia de ciudadanía", que asegure las conquistas obtenidas y busque satisfacer las demandas insatisfechas de la población. No es, por ello, una casualidad que la encuesta del PNUD revele que el 48.1% de la población prefiera el desarrollo económico a la democracia, mientras que el 44.9% esté dispuesto a apoyar a un gobierno autoritario que resuelva sus problemas económicos.
En suma, América Latina ha avanzado considerablemente en la dimensión electoral de la democracia, pero cuenta con una significativa insatisfacción con los regímenes democráticos al punto que en los últimos doce años catorce presidentes elegidos democráticamente no terminaron sus mandatos. Para avanzar en la explicación de esta paradoja, el Informe del PNUD analiza por separado los índices de democracia electoral (IDE) y de apoyo ciudadano a la democracia (IAD), concluyendo en la existencia de tres orientaciones básicas en la población latinoamericana: los demócratas, los no demócratas (término diplomático por "autoritarios") y los ambivalentes. Del equilibrio en favor de la democracia, con los "ambivalentes" inclinándose a favor del fortalecimiento de esta última, depende en buena medida la consolidación del proceso democrático. El creciente cuestionamiento a la democracia, vista en apariencia como poco eficiente para corregir las profundas desigualdades económicas e injusticias sociales, no puede ser tomado a la ligera. La devaluación del capital democrático de la región (para usar la fórmula de Caputo) lleva a recordar que América Latina tiene la más desigual distribución de ingresos del planeta y que las reformas de los noventas no mejoraron la situación de la mayoría de sus ciudadanos. Las amenazas a la democracia, entonces, no sólo parten de antiguos adversarios como los poderes fácticos (las elites económicas o las fuerzas armadas), sino de elementos más cotidianos como la delincuencia común o la corrupción. A pesar de su tono, por momentos sombrío, el Informe del PNUD no es un documento pesimista. Es un alegato para hacernos recordar, como dicen sus conclusiones, que el desarrollo democrático demanda mayor igualdad social y una lucha eficaz contra la pobreza, pero siempre defendiendo y expandiendo los derechos ciudadanos. Perder de vista que estos elementos van juntos, puede acarrear remedios peores que las enfermedades.
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