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Edición Nº 1822 |
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Una Vergonzante
Sentencia Escribe LA noche del 20 de julio del 2002, mientras que los padres velábamos a nuestros 29 hijos que habían fallecido en una cámara de gas, como lo que se convirtió la discoteca Utopía, en su casa de la calle Jacinto Lara, en San Isidro, Alan Azizollahoff Gate se reunía con su socio Edgar Paz Ravines, sus asesores y 5 letrados. Le aconsejaban que tenía que irse del país, llevarse a su familia y dejar los poderes pertinentes para que otros puedan actuar por él. Le decían enfáticamente que el siniestro estaría unos días en la prensa y que los padres, que en su mayoría no se conocían, ante el dolor de lo acontecido, tendrían diversas reacciones. En general, sostenían que el tema no iba a dar para mucho porque la justicia penal no tenía hasta ahora ninguna jurisprudencia al respecto, era un caso completamente diferente y atípico que seguramente cada familia, por su lado, iniciaría tenues denuncias que no prosperarían. Además ellos se ocuparían de "darle toda la información pertinente", según su parecer, a la Fiscal de Turno. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando a los seis días ésta denunció a 7 personas y no incluyó a los dos mayores responsables. Qué impacto sentimos posteriormente, cuando escuchamos en el Congreso de la República que el jefe de la Dinincri dijo que habían existido irregularidades; qué rabia e ira nos atormenta hasta hoy de saber que el Director de Migraciones del Aeropuerto les respondió a los señores congresistas, que la noche que se hizo humo Azizollahoff Gate con una irregular protección de seguridad, no pudo reconocerlo en razón a "que se le había caído todo el sistema". Recién hace una semana, después de infatigables esfuerzos de los padres y de nuestros abogados, hemos logrado ¡por fin! que se le acuse. Desde esa fecha hemos hecho lo indecible para que la Fiscalía
de la Nación lo incluyera. Se ha llegado al extremo de que el 16
de julio del año pasado la más alta autoridad le respondió
en una entrevista que ofreció "que los padres queríamos
denunciarlo por su poder económico". No habían pasado 4
meses cuando el sábado 8 de noviembre en los estudios de un canal
de televisión dijo con la más absoluta desvergüenza
y adelantando opinión "que no había nada que investigar
y que ya era hora que todo pase al Poder Judicial". El pasado domingo
11 de abril, en una muestra de valentía y honestidad, el Fiscal
Supremo, Dr. Tomás Gálvez denunció que había
detectado desde febrero de este año irregularidades de un asesor
de la Dra. Nelly Calderón, que él no podía callar. Violentando los principios de congruencia y proporcionalidad de las penas, un malabarista contratado ocasionalmente para un trágico espectáculo, Roberto Ferreyros, fue sentenciado con 4 años, y el director-gerente y accionista Percy North recibió la misma pena. Nadie que haya ido a la universidad, ejerciendo seriamente y menos ningún estudiante de Derecho puede entender no solamente esta arbitrariedad, sino que el homicidio culposo, como el propio Juez lo dice, tiene de acuerdo a la modificatoria del artículo 111 del Código Penal, hasta 6 años de sanción. Es decir, ni siquiera midió la gravedad de su fallo en este extremo. Por el contrario, cuando toda la lectura de la sentencia daba a entender los serios agravantes que nos iba relatando, al extremo de mencionar el vocablo estrago (que es el utilizado en la Legislación española), en lugar de peligro común, los familiares pensábamos que siendo esta pena de 6 a 20 años encontraríamos una resolución completamente diferente. Al revés, qué brulote nos hizo escuchar. Fahed Mitre y el alcalde Dargent fueron absueltos. No es posible que un sujeto de tamaña incompetencia como el juez Valladolid, carente de toda perspectiva, pueda administrar justicia. El mensaje que ha trasmitido el administrador de justicia es pésimo, pues exime a los alcaldes de que controlen su jurisdicción. Eso no puede suceder en el siglo XXI, ni ser permitido por autoridades jerárquicamente superiores. Si nosotros perdemos, pierde el Perú, que es lo más grave. Nuestros hijos no regresarán, pero hay millones de jóvenes que con el ánimo de divertirse pueden volver a caer en una nueva trampa mortal. Dios no lo quiera.
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