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ARTICULO

13 de mayo de 2004

No es Amor al Chancho
El interés de EE.UU. en cerrar un TLC con el Perú no es el comercio, sino pura y llanamente una estrategia geopolítica.

El próximo 18 se realizará en Bogotá la primera reunión entre el Perú, Colombia y Ecuador con miras a la negociación conjunta del Tratado de Libre Comercio con EE.UU. El presente artículo analiza la perspectiva de Washington D.C.

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Desde Washington
escribe JULIO GUZMAN

MARTES 4 de mayo, 10 de la mañana. A una cuadra de la Casa Blanca, Roger Noriega, Subsecretario de Estado del Hemisferio Occidental del gobierno de los Estados Unidos -y segundo de Colin Powell- recibe en su despacho a ocho representantes de empresas peruanas de capitales norteamericanos. Su misión: impulsar un Tratado de Libre Comercio (TLC) entre la economía más rica del mundo y el país andino.

Gestiones de similar índole llevaron a la delegación articulada por la Cámara de Comercio Americana del Perú (Amcham) ante Regina Vargo, Jefe de Negociadores en Comercio para América Latina, 22 congresistas y asesores republicanos y demócratas, 40 cámaras de comercio, el gobernador del estado de Georgia e inclusive una entrevista en la cadena de televisión internacional CNN. ¿Las reacciones? En el círculo político, auspiciosas. En el empresarial, muy retadoras.

Y no es para menos. En comparación con otras partes del globo, el apetito que despierta en la comunidad empresarial estadounidense el TLC con el Perú es prácticamente inexistente. Y es que la importancia comercial actual del Perú para el gigante del norte es poco menos que cómica: su volumen comercial (exportaciones e importaciones) con el mercado peruano representa tan sólo el 0.2 % de su comercio global y el 0.5 % en el vecindario continental. Porcentajes igual de risibles se observan con relación a la inversión estadounidense en el Perú, la cual alcanza menos del 0.3 % del total en el planeta y el 1 % de aquellas con destino regional.

Si bien es cierto que las condiciones comerciales pre-existentes no necesariamente determinan los beneficios económicos de un acuerdo de la talla del TLC en el largo plazo, lo cierto es que el impacto estimado de una posible área de libre comercio con el Perú en la economía de Estados Unidos sale del campo de las estadísticas. Según un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) próximo a ser publicado un TLC con el Perú elevaría el Producto Bruto Interno (PBI) de Estados Unidos en 0.02 % al año (Ah, olvidaba, ¡y sus exportaciones totales en menos de 0.1 % anual!).

A juzgar por este análisis, no sólo el Perú resulta poco apetecible. Este desinterés es también manifiesto hacia el resto de América Latina (con la excepción de México), región que absorbe sólo el 6.5 % del comercio global norteamericano. Un aperitivo: para la burocracia de Washington, en términos estrictamente económicos el aumento estimado de 0.25 % en la riqueza del ciudadano estadounidense promedio como consecuencia de la firma del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) -el ambicioso proyecto de integración continental- no justifica los enormes esfuerzos políticos y el gasto en recursos públicos que su administración tendría que enfrentar en la negociación con 31 países de la región. En ese caso, les resulta más rentable voltear la mirada hacia China, un mercado tres veces más amplio, con una capacidad de compra que crece a velocidad crucero, y con sólo una administración con la cual negociar. Tan poco evidente es, por ejemplo, el interés comercial en los países andinos que las empresas lobbistas del Distrito Federal reconocen como todo un reto empujar un TLC desde tal perspectiva en la tan disputada y agitada agenda del Capitol Hill. Y es que Estados Unidos aseguró sus intereses comerciales en el continente sólo con la firma del TLC con México y Canadá.

LO SOSPECHE DESDE UN PRINCIPIO

Entonces, ¿cuál es el negocio para Estados Unidos detrás de las conversaciones de un TLC con el Perú? ¿por qué razón las administraciones Clinton y Bush parecen tan obsesionadas en perseguir tales acuerdos a lo largo y ancho del hemisferio? En primer lugar, la razón, lejos de ser económica, es geopolítica. Y la mejor pista que tenemos a la mano es el hecho que la propuesta para alcanzar un área de libre comercio desde Alaska a la Patagonia nació del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, a través del asesor presidencial Richard Feinberg, y no del Consejo de Economía Nacional, como suele darse en estos temas.

En segundo lugar, lo que Estados Unidos persigue por fines geopolíticos es el ALCA, y no un manojo de TLCs. Y si la potencia mundial se muestra tan agilita y entusiasmada en firmar dicho acuerdo bilateral con Perú es simplemente con el objetivo de enviar un claro mensaje a Brasil: Contigo o sin ti vamos a integrar el continente, y si no te apuras te quedarás aislado. Brasil, por intereses comerciales y también geopolíticos -muy legítimos por cierto-, ha venido retrasando el avance en las negociaciones del ALCA. A la fecha Estados Unidos tiene vigentes TLCs con México, Canadá, Chile, República Dominicana, está a punto de aprobar uno similar con Centroamérica (El Salvador, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua), negocia actualmente con Panamá, iniciará tratos en los próximos días con Colombia, Ecuador y Perú, y ya activó sus contactos diplomáticos con Bolivia. Cosa seria.

¿Geopolítica? En efecto. Estados Unidos parece muy consciente de lo que, por ejemplo, Anthony Giddens, padre de la tercera vía, nos repite desde hace una década: luego del quiebre de la polarización izquierda-derecha, el mundo experimenta una transición hacia un nuevo orden gobernado por la dicotomía democracia-autoritarismo. En esta nueva versión, los chicos buenos serían los paladines de los valores democráticos, los derechos humanos, el medio ambiente, y últimamente, la lucha contra el terrorismo. Para asegurar una posición de liderazgo en el nuevo contexto, Estados Unidos necesita aliados que bajo su sombrilla sean prósperos, democráticos y enemigos del terror. No es una coincidencia que Robert Zoellick, su representante comercial, haya iniciado tratos comerciales con selectos países cercanos a Washington -algunos de ellos también en el mundo árabe- en los que su gobierno tiene evidentes intereses geopolíticos.

SUMAS Y RESTAS

Sea como fuere, un TLC con Estados Unidos ofrece una ventana de oportunidad única, la cual el Perú no debería desaprovechar. Según el BID, bajo un TLC con el vecino del norte la economía peruana crecería a una tasa anual adicional de 1.5 % en el largo plazo y las exportaciones y el empleo a tasas de 4.6 % y 1.5 %, respectivamente. ¿Quiénes pierden? Claramente, la escasa y poco competitiva industria de maquinaria y equipo. ¿Y la agricultura? Dada la alta complementariedad del sector entre ambos países (sólo un puñado de productos similares se comercian en ambas direcciones), la agricultura peruana en realidad crecería a una tasa adicional de 1.4 %. Las encendidas críticas sobre este punto son producto, en algunos casos, de falta de información, y en otros, de muestras de rebeldía con causa, muchas veces política.

El debate, en lugar de centrarse en asuntos políticamente rentables (qué novedad), debería dirigirse hacia temas de fondo, tales como (1) qué tipo de marco institucional se necesita fortalecer para aprovechar al máximo los potenciales beneficios del TLC, (2) cómo se reemplazarán en el corto plazo las pérdidas en recaudación arancelaria una vez que entre en vigencia el acuerdo, (3) cómo se facilitará la transición del capital humano de los sectores menos competitivos a los más competitivos producto de la integración comercial. Finalmente, ¿nadie se ha percatado que un TLC -al margen de sus obvios beneficios- terminaría acentuando la competitividad del Perú en productos de bajo valor agregado y recursos naturales si no se implementan paralelamente políticas sectoriales de desarrollo?

 

 


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