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Edición Nº 1823 |
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Portada
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Marceau
Habló
¿Por qué Chaplin no dejó de hacer cine mudo cuando el sonido llegó al celuloide? Conmover a través del silencio requiere de una elocuente sensibilidad. Contar una historia a través de gestos no es lo mismo que hacerlo con vocales y consonantes. En tiempos de sobrecarga visual, polución sonora y pobreza de contenidos podría parecer anacrónico un tipo de 81 años que se para sobre un escenario con la cara pintada de blanco y empieza a transmitir ideas y emociones sin usar la voz. Por eso será siempre más taquillero, en términos del triste rating, dedicar la noche del domingo a ver a Chayanne o al penoso Christian Castro por la televisión. Navegando contra la corriente, recordemos que el siglo XX recién comenzaba -1923- cuando Marcel Marceau nació en Estrasburgo. Desde su debut en París en 1946 el mimo francés fue admirado y celebrado por quienes tuvieron la suerte de verlo actuar. Antes fue soldado de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial, a los 20 años. Considerado el mejor mimo del mundo, se ha presentado en casi 60 países, ha participado en numerosas oportunidades en programas de televisión y en películas, y ha inspirado especiales en video, documentales y libros. Sin decir una palabra, ha sido nombrado Embajador de Buena Voluntad de la ONU y Oficial de la Legión de Honor Francesa. Además ha recibido alrededor de 30 premios, medallas o títulos honorarios. Perú no se quedó atrás. En la Universidad Ricardo Palma nombraron al mimo Doctor Honoris Causa, y el Sindicato de Artistas e Intérpretes del Perú lo hizo Miembro Honorario Vitalicio. El primer registro de la presencia de Marcel Marceau en el Perú data de 1957, cuando se presentó en la Alianza Francesa. En 1996 amenazó con retirarse de los escenarios y vino para despedirse. Cuando volvió en 1998 el país supo que la pasión había sido más intensa que el cansancio y que el maestro había decidido quedarse sobre las tablas. Pasaron los años, llegó el 2004 y Marceau volvió a anunciar su llegada. Como es natural ha pasado el tiempo y el creador de Bip y Pimporello carga más de ocho décadas sobre las espaldas. Si bien sus arrugas y canas son notorias, también lo son su flexibilidad y destreza corporal. Aparentemente cascarrabias, la amplia sonrisa de Marceau desmiente que se trate de un viejo antipático. Sí, puede llegar a discutir con traductores si estos no hacen bien su trabajo o se demoran mucho. Sí, puede desesperarse si las cosas no salen como las espera. Puede ser también que ya no esté dispuesto a recibir sugerencias y que por eso su espectáculo sea rígidamente clásico. Durante la conferencia de prensa que ofreció en esta última visita, CARETAS intentó conseguir que responda con gestos una serie de preguntas. Él, y las mencionadas ocho décadas, demostraron tener poca paciencia para la improvisación. Irónicamente, fue con gestos -debidamente sazonados en francés- con los que expresó su inconformidad, en una respuesta muda. Después, ya más calmado, borró toda incomodidad posible con un detalle digno de un caballero: un beso en la mano. Era la única respuesta que podía esperarse de quien ha hecho de su vida un acto de silenciosa entrega a la humanidad. Merci, monsieur Marceau. (RM)
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