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MAL MENOR
13 de mayo de 2004

Por JAIME BEDOYA
Hacer Obra

“Parque de la Familia”, Chorrillos.

EL monumentalismo clásico, por llamar así a cualquier intento articulado de arquitectura pública previa a la proliferación de Norkys, ya no significa nada. La trascendencia tiene ahora otras herramientas. A saber, la mampostería, la pérgola y el tarrajeo.

Peor aún le ha ido al lirismo abstracto. Basta ver lo sucedido con la Estela de Oteiza, monumento a César Vallejo erigido en 1961 en la plazuela San Agustín. Una población que durante cuatro décadas no ha podido identificar rasgo alguno del poeta en una alegoría metálica, la ha acabado interpretando como elaborado estacionamiento de bicicletas. Pero acaso la más sádica de todas las agresiones perpetradas en contra de los monumentos públicos1 haya sido el sucedido en contra del complejo monumental dedicado a Humboldt en el Parque de la Exposición. En alarde de ínfima maldad un antisocial se robó un elemento caro al legado del sabio alemán: un pingüino.

El nuevo monumentalismo peruano no acepta fórmulas ni parámetros cultos. Se nutre del imaginario cotidiano del quehacer nacional, usualmente marcado por el silvestre cultivo de lo pueril y una honrada tendencia hacia lo deforme. Visionarios al respecto fueron tanto el Club de Leones como el de Rotarios2, que con mojones esparcidos por doquier en los más inopinados lugares de la ciudad sembraron la tentación del ¿por qué no?3. Llamados a concretar esta premonición fueron alcaldes como Daniel Estrada (q.e.p.d) y Alberto Andrade. Cada quien en su terreno e idiosincrasia supo interpretar el más bajo denominador común escultórico. El gigantismo del Pachacútec cusqueño tercia trasandinamente con la desproporcionada pareja del Beso del Parque del Amor. Marcada la pauta, los discípulos continuaron la trocha. Si bien la incomprensión impidió al alcalde cusqueño Raúl Salízar la feliz culminación de su Monumento a la Papa, felizmente Fernando Andrade tuvo éxito en Miraflores cuando reemplazó el ala avícola en homenaje a Jorge Chávez del Ovalo Gutiérrez por un ángel halterofílico sostenido por una columna que reposaba sobre una hornilla gigante. Bastó un pestañear de ojos y ya tutelaba el distrito de Magdalena una virgen de seis metros que rotaba sobre las alturas de la avenida Brasil; y La Victoria podía jactarse de un friso póstumo semiantropomórfico inmortalizando a los finados potrillos del Alianza Lima tal como Darwin los hubiera visto. El mensaje era ya antorcha inextinguible a lo largo y ancho del país: hagan obra. Chiclayo estableció una pauta de enciclopedismo regional al inaugurar El Paseo de las Musas, majestuosa síntesis de helenismo, legado sicán e influencia Disney en piedra pómez. El Colegio de Odontología de Arequipa replanteó el minimalismo con su Monumento a la Muela. Huancayo, desde el aparentemente inocuo complejo arquitectónico Cerrito La Libertad, propuso un posible origen de la estética sanborjiana en Gaudí, hipótesis garantizada a mantener en suspenso eterno el buen nombre del catalán.

Pero la actual vanguardia de la escuela provinciana del neomonumentalismo le pertenece incontestablemente a Tumbes. Su alcalde, Ricardo Flores Dioses, reúne el ímpetu de un fidias norteño con la incontinencia de esfínteres de un neonato en dieta de menestras, concatenado un empacho ornamentista en una trilogía insustituible: a) El Parque del Arbitro, con monumento en forma de silbato b) El Paseo del Beso, confirmación del interprovincialismo de la escuela Delfín. c) El Boulevard de la Madre, obra cumbre del edipo figurativo.

Estos apuntes reciben con beneplácito las dos últimas obras inscritas en el rubro. La primera de ellas es el Parque de la Cultura de Bellavista. Verdadero oasis de placidez a solo una cuadra de la ajetreada avenida Elmer Faucett, recibe al visitante con un guiño chiclayano: un templete de aromas helénicos a la espalda del chifa Wan Fon. Una pileta de tres pisos alberga un arpa, una paleta de pintor, un libro y tres cisnes, sugerentes claves del carácter humanista del recinto. Corona el complejo una bailarina de ballet de extraviada mirada e improbable gravedad, obligando al espectador a interiorizar la cuestión de fondo: ¿qué mierda es cultura? No hay bancas, para pensar más y mejor.

El Parque de La Madre y La Familia, en Chorrillos, es la más ambiciosa obra de un alcalde con innegable talento para el género, Augusto Miyashiro4. En esta ocasión una sutil combinación de esculturas y aguas danzarinas dan cobijo a las matrices básicas de la sociedad (madre y familia, para mayor redundancia), representadas en monumentos a escala natural, insertos cada uno dentro de una pileta. Sendos acrósticos tallados en correspondiente placa de mármol sintetizan su mensaje. Tómese en cuenta que dentro del complejo escultórico de la familia queda pendiente la escultura del Abuelito, abriendo esta opción una nueva inquietud, esta vez de índole intelectual: ¿será el abuelito paterno o el abuelito materno? Solo el arte y el alcalde tienen la respuesta.

___________
1 El robo de la pelota del Niño Deportista de Baca Rossi, la decapitación de la estatua de Diógenes, el hurto de las estatuas del Molino de Santa Clara, el robo del pentagrama del monumento de Pinglo en Barrios Altos, la desaparición del busto de Julio Ramón Ribeyro en Miraflores, etc.

2 Cómo olvidar el León de Miraflores, el Lanzón Monolítico de Surquillo, o esos ubicuos engranajes rotarios diseminados como por obra de un descomunal accidente metalmecánico.

3 Señálese que el presidente Manuel Odría levantó un monumento a doña Zoila Amoretti, su mamá.

4 El Complejo Turístico Agua Dulce (delfines, puente peatonal, pareja enamorada, todo junto) es su anterior obra.

 


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