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13 de mayo de 2004

Una Conmoción Llamada Ilave

PUEDE parecer una fuga y un anacronismo que para hablar de la dolorosa quincena de Puno, tenga que ampararme en Antonio Machado y algunas circunstancias de una España doliente (la de la generación del '98) que nada tiene ya que ver con la floreciente de hoy. En primer término, cuando Machado se queja ("España miserable, ayer dominadora,/ desprecia cuanto ignora..."), no entierra la esperanza, la idea de la regeneración. Puede doler el país, pueden verse negras las cosas pero: "¡Qué importa un día! Está el ayer alerto/ al mañana, mañana al infinito,/ hombre de España: ni el pasado ha muerto,/ ni está el mañana -ni el ayer- escrito."

La eclosión de Ilave conmociona y asusta. Asusta porque vuelven los ecos de ese país lejano y larvado que está dentro de lo que creemos es el Perú completo, uno y múltiple; ecos que nos reclaman por qué la república no ha podido saldar y soldar una nación integrada. Conmociona porque nos trae nuevamente a la escena desmedrada de la política, el tema de si es una buena cosa mantener al gobierno del señor Alejandro Toledo. Ahora se alega adelanto de elecciones, vacancia, renuncia, vacío, desierto sillón, y todo ello -¡oh paradoja!- en nombre de la preservación de la democracia.

Desde los primeros días de abril a hoy, mayo apesadumbrado, un lío municipal en una población de intensa actividad comercial pero en el corazón de la meseta del Collao, zona de contrastes, pobreza y embates naturales, ha pasado a ser un tema nacional: ¿debe o no continuar esta transición democrática encabezada por un hombre que suscitó expectativas, precisamente en el mundo andino más pobre, y que hoy es rechazado por haber causado honda decepción en la ciudadanía?

Ilave se ha convertido en la punta de lanza de una nueva y alarmante situación política. El gobierno, los políticos, las instituciones básicas han sido sobrepasados, sea porque no actúan convenientemente, sea porque no tienen idea de la profundidad de la crisis, sea porque está dentro de la tradición superficial el creer que las cosas que pasan, pasarán al final. ("En el Perú hay dos tipos de problemas: los que se resuelven solos y los que no se resuelven nunca", clásica filosofía atribuida a don Manuel Prado).

Ilave tiene además su contrapartida en el plano de los hombres. Ha costado la partida de Fernando Rospigliosi del Ministerio del Interior y el retorno de un pescador de anchos hombros, acostumbrados a recibir pesados fardos, Javier Reátegui. Es la segunda vez que se adivina la pobreza de reflejos que amenaza al régimen, el arca abierta de la mediocridad que atenaza al oficialismo, y la reiterada vocación de dispararse al pie cuando está por iniciarse una maratón.

Ha empezado, en síntesis, la impaciencia con apetito de poder a nivel popular (si no hay gobierno, lo tomo), la deflación de los políticos (en esta salsa mejor no me meto, aun cuando me quede la impresión que si luego ocurre algo peor puedo sentirme mal por mi omisión ciudadana) y la tentación del borrón y cuenta nueva, autoritario y perdonavidas (más que sea que retorne Fujimori).

Estas hondas caídas de la fe en un país no pueden ser aceptadas, obviamente. Y de allí, la referencia al impulso de protesta y de fe en un destino mejor que encarnó la generación del '98 español. Parafraseando a Machado, requerimos un Perú de la rabia y de la idea. El tema no es cortarle la cabeza a la democracia sino darle el brío y el piso suficientes. Dos hombres hoy en el poder (Toledo y Carlos Ferrero) están en la obligación de ponerse a la altura de las circunstancias. La oposición, que tampoco ha tenido un juego positivo y por eso le va en las encuestas tan mal como al oficialismo, está igualmente obligada a jugar con cordura y constructivamente. Ilave puede ser, en suma, el comienzo de la regeneración política.

 


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