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ARTICULO

20 de mayo de 2004

Entre Jocundo y Jofaina
"Joder", una palabra escondida por el goce culposo del placer.

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Escribe GREGORIO MARTINEZ

EN LUGAR de una "j" doblada como anzuelo para pescar cándidos, la palabra joder empezaba con un arpón erguido, puro fierro, que anunciaba su significado estricto: follar. Después, de tanto joder y joder, como todavía se dice en España, el arpón se jorobó y el vocablo cayó en la incertidumbre de querer decir: fastidiar, molestar, perturbar, asediar, malograr, arruinar, destruir, destrozar.

Resulta curiosa la realidad que muestran los glosarios, o diccionarios, o lexicones, o tesauros, o elucidarios, o calepinos, o repertorios, o siete mares, o como quiera llamarlos la "ciencia" de ciertos filólogos nativos. Sucede que el mejor onomasticon de ideas afines que existe en castellano, el magnífico Diccionario ideológico de Julio Casares, equivalente al Roget's en inglés, omite la palabra joder. Luego del vocablo "jocundo", Julio Casares salta con garrocha y aterriza en el término "jofaina". El propio salto pone en evidencia el hueco o coño donde debería ir la voz joder. Sin duda, el ilustre Julio Casares trazó en el aire un arco semántico pre Greimas para ir, libre de bochorno, de jocundo (acto satisfactorio) a jofaina (vasija para lavar los coloides de la delicia).

Esta costumbre putañera imperaba en la España de Julio Casares, igual en el Perú desde Huatica hasta el Trocadero. Después del goce venal, venía siempre el ritual de la lavadita. No con mano propia. Era la odalisca quien se encargaba, con mano sabia y de seda, de aquel acto de purificación patriarcal. El agua chirle quedaba convertida en agüita de coco.

Pero también podría ser que, con espíritu de servicio, Julio Casares dio tal salto semántico para que, después, Dámaso Alonso achuntara el gol, el verbo "joder", en el mero coño (o ñoco como decimos en el Perú) dejado a propósito entre "jocundo" y "jofaina". En los hechos fue Fernando Lázaro Carreter, ex presidente de la Real Academia de la Lengua recientemente fallecido, quien convirtió al verbo joder en carne de diccionario. Sin ignorar los méritos del actual presidente, Víctor de la Concha, que aportó lo suyo. ¿Acaso en honor a su apellido? ¡Lázaro, levántate! En efecto, desde la 21a. edición, 1992, el glosario de la Real Academia consigna la palabra "joder". Señala que deriva del latín fuetere, que significa meter fuete. O sea, juete, huasca, mismo jinete sobre yegua o potranca de cascos ligeros. Porque el machismo todavía impregna cada diccionario, igual la autocensura y la falsa moral. El presidente de la Academia Peruana de la Lengua dijo mala ubre por no decir malaleche, y profano en lugar de ignorante.

Hoy, la palabra joder ha perdido substancia. Ahora es un inofensivo cojón de fraile (ciruela pelusienta) sin epidídimo. Ya no es aquel capacho erizado de púas que crecía silvestre en lugares como Coyungo. Ese fruto, símil de las gónadas de Satanás, llevaba en las entrañas un champú denso que podía darle lozanía a la cabellera más pajosa y horquillada.

Cierto, joder es explícito en su significado obsceno. Pero aún así, escatológico, ya no le pone a nadie la piel de gallina. Para los españoles resulta apenas una exclamación altisonante, tal como el fuck del inglés en Estados Unidos. Justamente, fuck deriva del italiano fottere. Mejor dicho, fuck también se originó en el latín fuetere, igual que joder. Solo que los sajones a ultranza alegan que el vocablo fuck evolucionó del alemán antiguo fokken. Con similar chauvinismo un indigenista podría decir que guachimán viene del quechua guacho (huérfano, solitario), no del inglés watchman.

En castellano, joder se usa de modo impersonal y en infinitivo. Mientras que en inglés fuck está dirigido a la segunda persona y hasta en imperativo: fuck you. Como si fuera posible el autocoito. De cualquier forma, en España ya no es causal de condena la palabra joder y menos motivo de escándalo, excepto en los diccionarios. Pero eso sí, jamás se usa de modo invocatorio: jódete, cógete, fóllate, cáchate. Esto porque no cabe en el raciocinio el chingarse uno mismo. Aunque la intolerancia inventó luego que este era el vicio de los ofitas, los adoradores de la serpiente y creadores del mito del árbol de la ciencia del bien y del mal, historia sacra de donde nuestra religión plagió el Génesis.

Para América Latina, joder es solo una grosería. Su arco semántico incluye mas acepciones decorosas que obscenas: fastidiar, molestar, perturbar, etc. En el Perú, la población ignora que joder constituye un sinónimo de copular. Por eso la pregunta ¿cuándo se jodió el Perú?, hecha famosa por Mario Vargas Llosa, convoca en la memoria solo fracasos, dramas, pero nunca revela un acto brutal de penetración carnal. Hasta sospecho que el propio Mario Vargas Llosa ignoraba el calibre de la palabra joder. Digo esto porque antes había retrocedido frente a un vocablo menos ofensivo como pichula y cambió el título de un libro. Le puso Los cachorros en lugar de Pichula Cuéllar.

Diferente, en cambio, cuando Fernando Lázaro Carreter dijo, a los 80 años, en una entrevista en El País, que "al teatro en España lo jodieron el cine y la televisión". Quiso decir que al teatro lo cogieron en dupla, le hicieron bivirismo, pan con pescau, por Chiquitoy y por Casagrande, como diría un peruano norteño. Pocos ignoran lo que significa "coger" en España. Exactamente "to catch" en inglés o "cachar" en castellano de cada día en el Perú.

Entonces, ¿cuando se jodió el Perú? Sin duda en el momento que confundió el sentido de "joder". Con inocencia pensó que joder era solo molestar, bromear, correr pellejo. Si Pizarro le dijo a Valverde: "Vamos a joder a la coya", Atahualpa, que ya había aprendido un poco de castellano, entendió que querían bromear con ella. De modo que no sacó el hacha. El Perú no se jodió. Lo jodieron.

A lo largo y ancho de países como Uruguay, Chile, Bolivia, Ecuador, Guatemala, Nicaragua, México, Argentina o Perú, se ignora que jódete (verbo+enclítico) equivale al omnipresente fuck you de los norteamericanos. Por eso no advierten que cuando le dicen a alguien jódete, le están diciendo: copúlate, cáchate, fóllate, culéate.

Al final, todos los diccionarios y las academias se confabulan, se plagian, se contagian las ladillas, se autocensuran y evitan las obscenidades, soslayan la nomenclatura genital, tanto que los lexicones en inglés tampoco incluyen fuck. Y esto no es una virtud, como cree el presidente de la Academia Peruana de la Lengua. Para encontrar la susodicha palabra, fuck, la más repetida en el habla de Estados Unidos, como joder en España o chucha en el Perú, tuve que recurrir al diccionario feminista de Cheris Kramarae y Paula Treichler, Amazons Bluestocking and Crones.

 

 


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