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ARTES & ENSARTES20 de mayo de 2004
Por LUIS E. LAMA

Vamps & Tramps

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ES la única obra traducida al español de Camille Paglia, la mujer del mainstream que más aceptación ha tenido al relacionar sexo y política. Además de conspicua promotora del lesbian-chic, se confiesa amante de Madonna, adora a Judy Garland y admira a Hillary Clinton. La respeto porque no rechaza la polémica en torno a tema alguno. En cuestiones de sexo, es memorable su infamante entrevista a Glenda Orgasm (sic) donde concluyeran que ¡un día sin pornografía es como un día sin sol! Tiene agallas. No tuvo reparos en acuñar el término feminazi para definir a colegas adictas a la castración... metafórica.

Pensamos en Paglia a raíz de la muestra de Claudia Coca y Susana Torres en la Sala Miró Quesada, en la cual cada una apropia a un cuadro de la historia de arte universal y peruano para romper los ideales de belleza con los que habían sido originalmente trabajados. La muestra es correcta hasta el exceso, pero esperaba algo infinitamente más atrevido de dos aguerridas artistas que esforzadamente se han construido una aureola de insumisas y han demostrado hasta el cansancio un enorme coraje para luchar por sus convicciones.

Pudiera ser que la solemnidad de la tradición pictórica constituya el mayor problema para una muestra llamada "Peruvian Beauty". A esto se añade la decisión de reemplazar los rostros en las pinturas por los de las pintoras, un clisé utilizado hasta el agotamiento con mucha mayor eficiencia por artistas como Jaime Higa, por ejemplo. De otro lado, difícilmente en un mundo globalizado la belleza se definiría en términos de raza. A contracorriente con lo que la muestra proclama, puedo dar fe de que suele ser infinitamente más bella una chola calata que una griega desnuda, porque esta percepción no es un asunto racial sino individual. Es algo que deberían de saber muy bien este par de espléndidas mujeres que difícilmente pueden haber sido -o alguna vez haberse sentido- marginadas por estas cuestiones. No dudo que en nuestro medio abunden solapados sexistas, racistas, homofóbicos, et al, pero salvo pervertidas excepciones -¿Rafael Rey?- pocos se atreverían a proclamarlo.

Quizás por un peculiar sentido de fidelidad a la Historia, a la muestra le falta ese tono irónico que hubiera podido convertirla en un divertidísimo panfleto capaz de desconcertar y permitir una reflexión sobre género que nunca llega a provocar. Admito que recordar "Ways of Seeing" de Berger pudiera haberme creado infundadas expectativas de un detonante sexual que sólo se aprecia en el video, a cargo de Patricia Bueno, que contiene el registro de una performance que merecía muchísima mayor importancia. Es allí donde Torres y Coca adoptan una actitud que trasciende cuadros y ceramios para abandonarse al borde de un estimulante desenfreno.

A pesar de haberlas preferido descocadas, reconozco que Coca-Torres han hecho un gran esfuerzo, aunque considero que la muestra requería de otro medio que les hubiera permitido un carácter más analítico. De haber optado por una solución similar a las impresiones digitales que se encuentran en vitrina, se hubiera podido eliminar el abrumador desnivel existente entre los oficios pictóricos de ambas, aunque es necesario reconocer que en líneas generales la inteligencia se impone sobre las carencias. Por eso el equilibrio se alcanza cuando abordan el Pop: Lichtenstein una, Mariela Zevallos la otra, logrando el filo y el achoramiento que hubiera sido deseable para toda la exhibición.

Controversias en torno a la iconografía femenina siempre han existido, particularmente en el siglo XX. Las polémicas han solido ser agrias, irónicas y aceradas. Ejemplo: Duchamp, a quien nadie puede acusar de machista, tomó una reproducción de la Mona Lisa y le pintó bigotes. La tituló: L.H.O.O.Q., que al leerlo de manera corrida en francés sonaría a "elle a chaud au cul". Lamento que el pudor contagiado por la muestra me impida traducirlo.

Esperaba similar irreverencia, pero olvidaba que estas chicas no son vamps ni tramps. Son dos talentosas artistas cuyo error ha sido tomarse tan en serio la misión de ser políticamente correctas que llegan hasta el aburrimiento. Algo que en asuntos de arte suele ser fatal.

 


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