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Edición Nº 1826 |
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Portada |
Marinera
Y Resbalosa
Por ABELARDO SANCHEZ-LEON SI debemos buscar explicaciones, la fuerza charrúa -esas ganas de ir siempre hacia adelante, de buscar los centros, de disputar los balones divididos- se debe a la abundante carne roja en su dieta diaria. La ligereza peruana, propia de nuestra costa, se explica por la afición al pescado y a las riquísimas entradas, a veces con su abundante menestra y su arroz y quizá su apanado de segundo. Dos estilos de ser y de hacer: los grandazos blancos, como los llaman, y la culebreada lateral del mulato (negros hay pocos ahora, blancos hay uno y cholos como que se quedan chatos) de la gloriosa bicolor. Sin necesidad de ver el partido, uno se lo podía imaginar de memoria: una celeste tirada hacia el ataque incesante y una bicolor resistiendo cual Miguel Grau, sola y abandonada a su suerte. Tiros interminables desde ambos extremos hacia nuestra área como si ella fuera el masacrado Golfo. Si el partido se daba con lluvia, para colmo de males, el Perú resistiría aún más atrás en busca del contragolpe letal, uno de esos que a veces llegan. Felizmente, nada de eso pasó. Curiosamente, los mejores partidos que el Perú les ha hecho a los uruguayos, a los argentinos y a los chilenos, ese bloque de cemento armado, con su autoestima siempre en alto, han sido cuando hemos tenido unos negrazos sólidos en la defensa o unos negros atrevidos o unos negritos traviesos, jugándoles al despiste, a que no me agarras, a que no me ves, a que no me chapas, estilo Patrulla Barbadillo y el Patrón Velásquez a sus espaldas para defenderlo. Esa selección no representa, sin embargo, la realidad profunda del Perú, sea la arguedeana, la humalista, la senderista, la ciencianista, pero equivale al típico juego peruano, aquel del rompe y raja. De pronto, la gran mayoría de peruanos nos concentrábamos en esa minoría y la aplaudíamos a rabiar porque nos proporcionaba grandes triunfos y satisfacciones. Uruguay es un país que siempre se mantiene en sus clásicos 3 millones de habitantes. Excepto el Centenario, todo está concebido a la exacta dimensión del país. Con una educación pública extendida desde finales del Siglo XIX, siempre se jactó de haber sido un país ordenado, cuajado en una identidad construida, culturalmente, mirando hacia el Atlántico. Los peruanos, en cambio, según nos informan últimas encuestas (todo el conocimiento parece estar resumido en las famosas y antipáticas encuestas), quisiéramos salir del país, migrar, con balsa o sin balsa. Pero según la encuesta de Apoyo no son los peruanos sino los limeños los que desean migrar de un país que se halla quebrado en su autoestima, que se siente no querido, pegado, engañado, atrasado, robado desde hace decenas de lunas. No es que hayamos nacido así. Nuestro golpeado país, a través de once jugadores, superó en el Centenario a unos europeos vestidos de celeste, dispuestos a embestir a esos zambitos que antes fueron negros y a ese par de blanquitos que antes fueron blancos. Contra toda lectura, sin embargo, debemos recordar un viejo lema: más vale maña que fuerza, y para mañosos, para los mañucos los peruanos, pues la fuerza es un propósito inalcanzable. La mayoría de los entrenadores le exige fuerza a la selección, cuando la gracia radica en despertarles su picardía. Los lemas bélicos deben quedar clavados en las tribunas: ¿Comandos?, ¿Trincheras?, ¿Misileras?, ¿Coyotes?, ¿Sicarios? Esos lemas deben quedar en las graderías, cantados por la nueva juventud limeña harto descreída, sin una buena secundaria, sin camisa y dueños de una jerga ciega y reducida. Paulo Autuori debería contagiarnos del espíritu brasileño, y aunque él no lo encarna a plenitud, pues parece un brasileño de origen alemán (que los hay en abundancia) nos dió una alegre sorpresa en la alineación. Jugar con su defensa de cuatro, cerrada atrás, apoyada por sus dos volantes de marca. Pero de allí en adelante, soltó a los negros que encabritan a los charrúas. Dos volantes de ataque (Solano y Farfán) y dos delanteros contagiados por los europeos (Mendoza y Pizarro). Y allí sí, con cajón y guitarra, con travesura y castañuela, pues el fútbol es fiesta y los peruanos somos unos muchachos que preferimos el pescado a la carne roja, el atajo antes que el encontronazo, el floro y no las jugadas frontales, la famosa pared antes que el muro que nos separa de ti. Hubo mucha humedad, mucha noche, mucho frío. Y tres golazos con marinera y resbalosa.
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