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ARTICULO

3 de junio de 2004

Mara la Salvaje

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Escribe GREGORIO MARTINEZ

ANTES que las telenovelas mexicanas contagiaran el gusto por los nombres Tamara o Samantha, ya existía en Lima cierta preferencia por dichos apelativos. En la época del mambo, cuando hasta Federico Fellini se meneaba con tal ritmo e incluyó "Patricia" de Dámaso Pérez Prado en el film "La dolce vita", entonces había en la capital del Perú una famosa mambera que abrevió Tamara para llamarse simplemente Mara, Mara la Salvaje, ombliguista sin par.

Mientras una vedette como Betty di Roma era lascivia refinada, Mara La Salvaje representaba el ardor desbocado que instigaban diarios tipo Ultima Hora de Pedro Beltrán, lubricado por Raúl Villarán que luego, muerto, se volvió leyenda. Mara la Salvaje fue el consuelo carnal preferido y pérfido del dictador Manuel A. Odría. La tradición maledicente precisa que se acamalaban en un salón con cielorraso de espejos, obra del prefecto de Lima que así aseguraba su puesto.

Mara la Salvaje tenía fama de incansable. Además de preferida del gobernante de turno, Perricholi del siglo XX, aunque nadie aseguró jamás que tuviera perrito, Mara la Salvaje era amante de Rómulo Varillas, el Zorro, la primera voz y líder del trío Los embajadores criollos. Fue por despecho que el cantante de la voz llorona compuso contra Mara la Salvaje el vals "Víbora", que sonaba puntual a las doce del día en Radio Victoria, con el piqueteo monocorde de la guitarra de Carlos Correa, ticu tuticu, ticu tuticu: Víbora, ese nombre te han puesto/ porque en el alma llevas/ el veneno mortal de la calumnia y la maldad. Después, Mara la Salvaje acabó abiertamente de puta y hasta tuvo, con la venia de la Prefectura de Lima, un corralón prostibulario en la avenida México, la zona roja de la Ciudad de los Reyes, ya en los días del rock.

Hay dos Tamara, Tamar o Mara en la historia. Ambas en la historia sagrada. Como era de esperarse, por tratarse de mujeres, la "Biblia" no da mayores antecedentes de las susodichas Tamara, Tamar o Mara.

Así, patriarcales, son las sagradas escrituras. Las mujeres solo aparecen a guisa de referencia y a propósito de algún hombre. Muestra ostensible de esta tendencia es la mujer de Lot. Tan mentada a lo largo de la historia de occidente, tema del arte renacentista y de la exégesis teológica, sin embargo carece absolutamente de nombre propio, fue la perfecta estatua de sal que se quedó en el camino, por curiosa y chismosa, a orillas del Mar Muerto, a la salida de Sodoma que sufría el castigo, la advertencia que Dios le hizo a Noé: la próxima será candela, no agüita de lluvia fresca.

Entonces, de las dos Tamara, Tamar o Mara a las que se refiere la "Biblia", apenas sabemos lo siguiente: Que una fue aquella que padeció la burla del coitus interruptus que condeno a Onán, ante los ojos de Dios, y lo marcó para la eternidad como el inventor de la paja, el vicio solitario, el onanismo que aun Voltaire, ávido cunnilingüista, incluyó y condenó en su alabado "Diccionario filosófico", 1764, todo por un equívoco flagrante de la hermenéutica que interpretó la palabra divina. Que la otra Tamara, Tamar o Mara, la hermana de Absalom, fue violada por el obseso Amnón, su primo hermano. ¿Por qué tanta obscenidad?, dirá alguien. Bueno, no existe escritura sagrada, ni sumeria, ni hebrea, ni persa, ni hindú, ni china, ni maya ("Popol Vuh"), que no sea un hervor de lujuria.

Si los padres de familia supieran el destino infausto de las Tamara, Tamar o Mara, nunca escogerían dicho nombre para sus hijas. Tampoco Leda. Pero a los progenitores los atrae el brillo que rodea a dichos nombres difundidos por las telenovelas mexicanas. Por supuesto, los productores de la televisión eligieron Tamara, Samantha o Leda, igual, por ignorancia. Los únicos que siempre han actuado, en tal terreno, con pleno conocimiento de causa son los proxenetas. No hay burdel, en cualquier lengua o cultura, que no tenga entre sus pupilas una Tamara, Tamar o Mara. Para un proxeneta, tratándose de zapatos o de nombres, serán inconfundibles los apropiados para una puta o un caficho. El zapato de taco cuña, precursor de la plataforma, por ejemplo, fue creado exprofeso para las meretrices de trote callejero en París, Roma, Venecia. Y para los cafichos se hizo el taco aperillado y el charol.

Todavía, la desgracia de las Tamara es humana. En cambio Leda, la esposa del rey de Troya, madre de los Géminis (Castor y Polux), fue copulada por un cisne, que no es moquito de pavo. Aunque los pintores del renacimiento la presentan como una pervertida gozosa, adicta a la zoofilia, la verdad mitológica es distinta. El gran depravado era Zeus, el padre de los dioses, que se convertía en cada animal para tener sexo con seres humanos. De toro para violar a Europa, a pájaro campana y águila para pirobearse al doncel Ganímedes. Zeus era de doble filo.

Tirso de Molina, el reverendo Gabriel Téllez, escribió un drama: "La venganza de Tamar". Otros sostienen que el verdadero titulo era "La violación de Tamar". ¿De cuál Tamar se trata? ¿Acaso de la que vio morir a Onán fulminado por la mirada de Dios? ¿Quizás aquella cuyo hermano Absalom murió ahorcado por la desesperación del amor incestuoso y las trenzas de su propia abundante cabellera? Seguro que la segunda. Porque se habla de las deliciosas hojuelas que Tamar preparó para halagar a su primo Amnón y curarle el quebranto que no era otra cosa que mal de amor encubierto.

Mirándolas bien, dichas misteriosas y sabrosas hojuelas que menciona la "Biblia" son, exactamente, las actuales y famosas borrequitas de la culinaria sefardita. No borriquitas sino borrequitas, con "e"abierta. Las mismas que en el Perú se llaman empanadas y en Chile caldúas. Nunca caldudas como tontamente registra el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. En la historia sagrada, Amnón, en lugar de saborear las borrequitas, forzó a Tamar, la introdujo en la cama donde había estado postrado simulando enfermedad, y la violó.Tal hecho desató la ira, la desesperación y celos, todo revuelto, en Absalom, que amaba apasionadamente a su hermana Tamar. Todavía William Faulkner, al escribir sobre la existencia dramática en el sur racista de Estados Unidos,retoma el fragor de los amores incestuosos en su celebre novela "¡Absalom, Absalom!".

Fue muy distinto el encandilamiento que el padre de la pintora Tilsa Tsuchiya sintió por el seudónimo del dramaturgo Gabriel Téllez. Cuando nació quien sería una de las más notables pintoras del Perú, su padre, natural de Japón, se dirigió al registro civil para asentar a su hija. En el momento que el registrador le preguntó qué nombre llevaría la bebe, emocionado el padre recordó la obra teatral que había visto en la ciudad de Trujillo, "El burlador de Sevilla". Apretó la lengua y respondió: Tilsa, por decir Tirsa. Y así quedó asentada, Tilsa Tsuchiya.

Aunque Samantha ha desplazado a Tamara como nombre preferido en las telenovelas, dicho afán pasará. Algo de aparente nobleza, pero terriblemente equívoco, garantiza la eterna seducción que siempre ejercerá el nombre Tamara, más aún Mara, Mara la Salvaje.

 

 

 

 


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