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ARTES & ENSARTES3 de junio de 2004
Por LUIS E. LAMA

Esa Verdad Amarga

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DE la serie Tensiones que Alfonso Castrillón ha curado para el ICPNA, la dedicada a los 80 es la más ajustada por el acierto en la selección de la mayoría de expositores y las obras que los representan.

Cuando uno se enfrenta a una muestra en torno a los años en que ha vivido intensamente, experimenta un redescubrimiento y -para bien o mal- una nostalgia que nos hace coincidir con Simone Signoret cuando sostenía que ya nada es lo que solía ser. Varios de los expositores no están activos; otros deslumbraron, haciéndonos avizorarles un brillante futuro que no se llegó a concretar; y muy pocos, como el vino, han madurado de manera espléndida. Por eso el recorrido nos ubica entre el desencanto y el redescubrimiento, confirmando en muchos casos que el Arte -sí, con mayúscula- puede llegar a trascender al tiempo en el cual ha sido creado, descontextualizándose de su momento histórico para volverse intemporal. Un ejemplo es Bruno Zeppilli, cuyas obras a casi 20 años después de haber sido exhibidas mantienen el mismo carácter enigmático, erudito y perverso. Hay más. Moico Yaker o Mariella Agois, entre otros, mantienen su contundencia en oposición a aquellos a los que predecíamos una formidable trayectoria. Pero un artista -como todos nosotros- es un ser humano que vive en permanente estado de cambio y su trabajo es indesligable a este proceso vital. Esta apreciación hace más valiosa a la exposición, particularmente en un país en el cual no hay instituciones que permitan una confrontación entre pasado y presente, entre los nuevos de hoy, los que alguna vez lo fueron y lo que la vida se encargó de hacer de ellos.

Hay omisiones difíciles de aceptar, como ocurre con buena parte de los miembros de Fotogalería Secuencia. Billy Hare, Mariel Vidal, Fernando La Rosa, etc., cuyas obras tienen mayor trascendencia que las de algunos fotógrafos incluidos. Resulta además incomprensible la ausencia de Herskovitz, el artista que mejor representó a través de la pintura la violencia de vivir en nuestro país en una década turbulenta. Basta recordar el cuadro sobre el asesinato de Rodrigo Franco para comprender la gravedad de la omisión. Se podrá aducir que Herskovitz es miembro de otra generación, lo que es rigurosamente cierto, pero también lo es que hay otros artistas presentes -Ruiz Durand y José Tola- que cronológicamente no forman parte de lo que estas Tensiones intenta abarcar.

Siendo esta muestra el trabajo de quien considero nuestro museólogo más respetado, se puede llegar a la conclusión que la sala del ICPNA presenta serios problemas para el diseño museográfico. Que, por ejemplo, se desee colocar una obra que se vea desde el primer piso pudiera ser una estrategia decorativa acertada, pero ocurre que a esa altura las piezas -como la espléndida pintura de Juan Javier Salazar- no pueden ser apreciadas por los visitantes a la sala que difícilmente subirán a la planta superior para verla con corrección. Por eso deberían resolver el dilema que se ha venido reiterando desde los inicios: ¿montaje o decoración? Las dos opciones son válidas, pero no existe conciliación posible entre ambas. Algo similar ocurre con la terca ubicación de piezas desde el ingreso, pues éstas finalmente quedan desintegradas del resto, como las obras de Rocío Rodrigo y una escultura de piedra que termina desapercibida y anónima. Más allá de la enigmática distribución de las obras en el interior de la sala, las objeciones anotadas son fácilmente superables. La gran carencia es una orientación didáctica que permita introducir a los nuevos espectadores en el momento histórico en el cual la muestra pretende ubicarlos.

Reflexión final: en 20 años el concepto del arte ha cambiado de manera radical entre nosotros. Si algún día se llegara a hacer una edición sobre la generación Fujimori-Toledo, difícilmente se verán tantas pinturas y esculturas y tan pocas indagaciones conceptuales, corporales y tecnológicas. Hemos cambiado aceleradamente. La muestra lo testimonia y nos permite comprobar que, salvo excepciones, la decadencia que acumulan los años no sólo involucra al cuerpo sino también a los modos de ver y hacer arte. Esa verdad amarga.

 


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