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ARTICULO

10 de junio de 2004

Gato por Liebre
Todo tiempo pasado fue mejor. Razones del colosal desarrollo económico de Asia

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Desde Washington
escribe JULIO GUZMAN

HACE 100 años el Perú era, a gruesa cuenta, tan rico como el Japón. No es broma. Y sólo cuatro décadas atrás más próspero que todos los llamados Tigres Asiáticos, con la sola excepción de Hong Kong (hoy bajo soberanía china). Lo primero lo sabemos de los trabajos del historiador económico inglés Angus Maddison y lo segundo consultando el Penn World Table, una cotizada base de datos de la Universidad de Pensilvania, Estados Unidos. Ver para creer. En 1960, el Producto Bruto Interno (PBI) per cápita del Perú alcanzó los US$ 2,031 (en dólares constantes de 1985), superando el de Malasia (US$ 1,409), Singapur (US$ 1,626), Tailandia (US$ 940) y, de lejos, el de Corea del Sur (US$ 898). Hong Kong nos superaba por poquito (US$ 2,231).

Hoy, como todos saben, la situación es exactamente la inversa. En sólo cuarenta años, la riqueza del habitante promedio en dichos países asiáticos se quintuplicó, en tanto la del peruano promedio apenas creció 26 %. Más importante aún, en los primeros la pobreza pasó a ser materia exclusiva de los libros de historia (de hecho, ésta sólo existe en un par de ellos, no alcanzando el 10 %). Así, a pesar de las secuelas de la Crisis Asiática de fines de los noventas, el Milagro Asiático goza en la actualidad de un nivel de desarrollo humano sólo superado por las poblaciones de los países más desarrollados miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En el Perú, en contraste, la probabilidad que enfrenta una persona de nacer en un hogar pobre es del 60 %.

¿Que sucedió en estos cuarenta años? ¿Qué hizo el Perú (o dejó de hacer) para quedar tan rezagado respecto de sociedades que hasta hace poco eran inclusive menos desarrolladas?

¿Y COMO LO HACE, CUAL ES EL SECRETO?

Los escritos que intentan explicar las raíces de senderos tan opuestos podrían llenar una pequeña pero nutrida biblioteca. Y de ellos los hay para todos los gustos; desde el pulcramente documentado El Milagro del Asia Oriental (1993), con el cual el Banco Mundial pretendió atribuir la paternidad del suceso a las "políticas amigables al mercado" implementadas por esos países (es decir, reventando cohetes a su propia receta), hasta la postura de una influyente corriente académica que sostiene, por el contrario, que la real protagonista de tremendo éxito fue la decidida y consistente intervención del Estado en el diseño y promoción de políticas sectoriales y sociales. Según esta perspectiva, el intervencionismo peruano y latinoamericano en parte del período bajo análisis fue, a diferencia del Sudeste Asiático, más obstructivo que constructivo.

Si bien la mayor evidencia empírica se encargó de inclinar la balanza a favor del segundo enfoque, lo cierto es que ambas perspectivas finalmente sólo hablan de los efectos de las distintas "políticas" seguidas por el Sudeste Asiático y América Latina. No dicen nada sobre por qué el Perú, por ejemplo, escogió las políticas que adoptó y no las supuestamente exitosas. ¿Es posible creer que de repente, hace cuarenta años, los gobernantes del Sudeste Asiático se despertaron iluminados con la misma receta de desarrollo tomando siempre decisiones acertadas, y que al mismo tiempo los burócratas peruanos amanecieron empachados de ignorancia para cometer error tras error durante los siguientes cuarenta años? Obviamente no.

Voy directo al grano. Una relativamente novedosa y sugestiva hipótesis -que dicho sea de paso está tomando fuerza en la teoría del desarrollo- sugiere que la raíz que explica la dispar senda de desarrollo entre el Sudeste Asiático y el Perú, es la notoria diferencia en las llamadas "condiciones iniciales" de ambas sociedades hacia 1960. Estas condiciones iniciales son el nivel de equidad en la distribución del ingreso y la propiedad de la tierra, y la educación de la población.

LOS TRES CANALES

¿Y cómo así el nivel de equidad inicial influye en el desarrollo? Fundamentalmente a través de tres canales. En primer lugar, el desarrollo de los mercados: sociedades inicialmente más equitativas promueven la expansión de una clase media sólida, la cual impulsa el proceso de industrialización y la expansión del mercado debido a su pujante demanda por bienes y servicios. En segundo lugar, el canal crediticio: en sociedades menos equitativas y donde el crédito es costoso y de difícil acceso, los grupos con poder económico propietarios de los activos fijos son aquellos capaces de invertir en su propia educación gracias a su disposición de garantías reales, dejando rezagados a los grupos menos favorecidos. Este proceso se reproduce generación tras generación, alimentando aún más la inequidad.

En tercer lugar, el canal político: sociedades altamente desiguales promueven la polarización del espectro político, conllevan una extrema dificultad para alcanzar consensos nacionales, están permanentemente tentadas por el populismo y acarrean el "complejo de destrucción del pasado", por el cual cada nuevo gobierno suele desmantelar los avances del anterior para comenzar de nuevo, lo cual por cierto determina un movimiento pendular político y económico en el tiempo. En suma, configuran un escenario de inestabilidad política y económica, donde las decisiones de política se toman muchas veces no por ser las más acertadas sino porque intentan satisfacer las muy complejas relaciones políticas entre agentes sociales de intereses tan contrapuestos. ¿Suena familiar?

Lo que le da fuerza a esta hipótesis es que justamente, hacia 1960, el Perú era uno de los cinco países con mayor desigualdad en la distribución de la propiedad de la tierra productiva según los censos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura (FAO) y se ubicaba entre los veinte (de cien) países de mayor desigualdad en la distribución de los ingresos según el Banco Mundial. Por su parte, el Sudeste Asiático era, también hacia 1960, la región más equitativa del mundo después de Europa Oriental, tanto en la distribución de la propiedad de la tierra como en la de los ingresos.

En efecto, hacia 1960, el Perú era más rico que la mayoría de los Tigres Asiáticos, pero significativamente más desigual y por tanto -según esta propuesta académica- con un potencial económico y político menor para aprovechar las oportunidades de desarrollo. Sin duda, esta perspectiva no califica a la desigualdad como la madre de todos los corderos, pero sí le otorga el galardón a la "mayor piedra en el zapato", que sí restringe posibilidades concretas de progreso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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