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Edición Nº 1827 |
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Todo Marcha Sobre Ruedas
LOS siete días últimos parecieron parodiar una de esas novelas breves cargadas de búsqueda y sorpresas. Nocturno hindú de Antonio Tabucchi, por ejemplo. Todo empezó como silbando. Ocurrió cuando una silbatina acompañó el retorno a Palacio del presidente Alejandro Toledo, quien acababa de entrevistarse, a pocos metros de allí, con el cardenal Juan Luis Cipriani. Fue el jueves tres. Al día siguiente, a las 9:30 de lo que el puede considerar la madrugada, el primer mandatario se entrevistó con Armando Villanueva. El patriarca aprista no quiso informar sobre el contenido de un diálogo que duró más de una hora. Alguna vez, Villanueva contó que en los días en que Toledo acababa de asumir el poder, dijo a éste: "Usted podría ser el Benito Juárez del Perú". Hay que suponer que ahora no repitió la frase. Se hubiera podido suponer, en todo casi, que estas visitas al prelado y al político formaban parte de la campaña de reenganche anunciada por el propio Presidente, al compás de su programa de diez o doce millones de dólares amasados para la correspondiente publicidad. No todo marchaba sobre ruedas, sin embargo. Toledo no había acabado de leer La Gran Persecución, el libro que Villanueva le autografió el viernes, cuando, el domingo, en el programa Cuarto Poder de Canal 4 se reveló que el ministro de Agricultura, José León Rivera, tenía algo que ver con un hostal en la carretera a Huanchaco, en las afueras de Trujillo. Se dijo incluso que allí se fomentaba la prostitución infantil. León se descargó diciendo que el implícito burdel no era de su propiedad, sino que lo manejaba su hijo, de 25 años, a quien quería estimular como empresario. La tentación de la carne habría sido, según su versión, ajena a José León el mozo. Nadie exculpó al ministro. Hay que decir, en honor de Toledo, que en este caso no le tembló la mano. El ministro tuvo que largarse de inmediato. Era la caída de un miembro temprano de Perú Posible, ese curioso menjurje que no llega a ser un partido. Agrónomo de profesión, el paso de León por el ministerio sólo ha durado cinco meses y medio. Cinco y medio, subrayan los malpensados. No ha sido el peor de los ministros de Agricultura de Toledo. El primero fue Alvaro Quijandría, que duró casi dos años, del 28 de junio del 2001 al 30 de junio del 2003. Heredó una crisis agraria y no la pudo resolver. El segundo, Francisco González García, fue otro de cinco meses y medio. El rasgo más notable de su gestión es que no hizo nada. José León fue distinto, por lo menos en la retórica y el gesto. Amplió el Consejo Nacional Agrario, fue gestor de la Carta Verde suscrita en Palacio el 20 de febrero del 2004, colaboró en la rebaja del impuesto al arroz y dialogó con los cocaleros, en discrepancia con Fernando Rospigliosi, entonces ministro del Interior. Ultimamente, apoyó la petición de los gremios agrarios de participar en las negociaciones comerciales internacionales respecto al Mercosur y el Tratado de Libre Comercio. Su caída súbita, por una revelación televisiva, encierra sorpresas. ¿Cómo, siendo conocida su relación hostalera, se permitió que asumiera la cartera ministerial? ¿No sabían nada los servicios de Inteligencia y los asesores presidenciales? OTOÑO DEL DESCONTENTO Lo peor es que ese escándalo llueve sobre mojado. El sábado último, una asamblea nacional de la CGTP confirmó el paro del 14 de julio, que está acumulando adhesiones no sólo sindicales. Los gremios agrarios así como centrales de transportistas han acordado sumarse. Incluso el Apra, en su Congreso del fin de semana, acordó su adhesión al paro, el cual incluye en su plataforma la defensa de los pensionistas, tanto de la 25530 como de la 19990. En ese tenso panorama social hay una cuestión de fondo. Los avances macro de la economía no chorrean, ni siquiera gotean hacia la inmensa mayoría de asalariados o de agricultores, ni mejorar los niveles de empleo, mucho menos del empleo decente a que alude la Organización Internacional del Trabajo. La calle comienza a encresparse. No todo marcha sobre ruedas.
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