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Edición Nº 1829 |
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Mi Reino
por un Caballo
Escribe GREGORIO MARTINEZ DESDE siempre, las más antiguas leyes -el código Hammurabi de Sumeria o la ley Hitita- han condenado el atávico ayuntamiento entre seres humanos y animales, el bestialismo marcado como ominoso. Similar condena asumió, luego, la escritura sagrada en el Levítico (18:23) que señala explícito: "Con ningún animal tendrás ayuntamiento. Ni mujer alguna se pondrá delante de animal para ayuntarse con éste". ¿Por qué resulta tan pecaminosa la sublime zoofilia con una bonita oveja, por ejemplo? Esto habría que preguntárselo no a Dios, pero sí a los estudiosos del pensamiento ético filosófico que va de Spinoza a Kant, a Hegel, a Durkheim, a Weber, a Peter Singer, el australiano audaz, autor de "Animal Liberation". Parece que, con su sabiduría infinita, Dios ya conocía que centurias y centurias más tarde, Catalina la Grande, la zarina de Rusia, cometería tal pecado nefando. En lugar de su marido, el desmedrado zar Pedro III, ella prefería la rotunda satisfacción que le brindaba su caballo. Las fuentes históricas consideran que tal creencia se originó solo en la maledicencia y el rumor. Sin embargo, quedan dos testimonios tangibles del apetito desmesurado de Catalina la Grande. Una carta obscena que ella le envió a Voltaire, su confidente y amigo, y el hermoso mueble de caoba nicaragüense, elaborado en estilo rococó, donde ella se acomodaba y esperaba la inmensidad del placer. Dicho mueble pertenece hoy a Fantasy Furniture, la colección exquisita del corredor de arte Bruce M. Newman, establecido en Nueva York. En la carta obscena que le escribió a Voltaire, acaso para excitarlo, Catalina la Grande dice: "Yo lo espero como a un amante, dándole la cara y la ternura de mis ojos. El acerca a mi pecho su enorme cabeza de animal noble". Conforme aumenta la afición y hasta la pasión por las mascotas en los países ricos, la zoofilia aflora como un hecho innegable. No hay nada de qué sorprenderse además. En el paraíso, antes del pecado original, antes que Dios les quitara el habla a los animales por culpa de la serpiente, Adán y Eva tenían intimidad con las bestias. Todavía no existía la malicia ni la vergüenza. Desde el punto de vista de la ciencia natural, antes de abandonar la animalidad, el homo sapiens compartió sexo con diversos mamíferos. De ahí viene el atavismo que despierta la zoofilia. Entre las mascotas, los cuadrúpedos son los preferidos. Principalmente canes. Pero también porcinos, caprinos, ovinos y auquénidos, en especial la llama, que bien alimentada y vitaminizada adquiere increíble gracia. ¿Qué anatema impide que el sentimiento manifiesto en besos y caricias, más aún cuando se comparte la cama, no pueda ser a la vez sexual? Día a día es más común la costumbre de dormir con la mascota. Algunos creen que el problema moral de la zoofilia es solo una confrontación entre la mitología griega, que la acepta, y la mitología judeo cristiana e islámica, que la condenan. Tanto se había extendido la zoofilia en Europa, más que todo hombres con ovejas, tal como consta en la literatura clásica, que en el siglo XVII la Iglesia Católica intervino en el asunto y prohibió a los varones en edad de procrear ejercer la ocupación de pastores de cabras u ovejas. Entonces nació el dicho: ya está viejo Pedro para cabrero. Era un refrán represivo. Con el tiempo, para borrar los indicios de tal medida, a dicho proverbio se le cambió el sentido. Ahora se aplica para desestimar un puesto que se considera poco. Fue con tal motivo, alejar a los hombres de cabras y ovejas, que la Iglesia Católica inventó la imagen pastoril de la Virgen María. Pero históricamente la Virgen María jamás tuvo rebaño, pues su marido era artesano. No precisamente carpintero sino menestral del cobre. En el fondo la prohibición no era por razón religiosa sino por una necesidad del Estado de asegurar el excedente de población para disponer de contingentes para la guerra. En esa época de estrechez se usaba mucho en Europa la zoofilia y la contranatura como una forma de control de la natalidad. Por eso ambas fueron severamente condenadas por el Estado y la Iglesia. Tal preferencia de los hombres por la oveja, mantenida a través de los siglos, pese a la dureza de la ley, habría que verla a la luz de la correlación del ajuste que establece el "Kamasutra" o "Teatro del placer" entre los genitales de diversos animales, comparados con los atributos de los seres humanos. Esto explicaría la feliz estancia del pirata británico Alexandre Selkirk, a lo largo de cinco años, cuando en 1704 fue abandonado por revoltoso en la isla chilena Juan Fernández, en mar abierto, mil kilómetros al oeste de Santiago. La experiencia de Alexandre Selkirk le sirvió a Daniel Defoe para escribir "Robinson Crusoe". En la isla había una manada de cabras silvestres. Alexandre Selkirk, abandonado por la nave pirata Cinque Ports, que capitaneaba el bucanero Thomas Stradling, poco a poco se ganó la confianza de las cabras y se satisfacía con ellas a cuál mejor. No había otro habitante en la isla. El nativo Viernes fue invención de Defoe. En 1709, cuando Alejandro Selkirk fue hallado por las naves piratas Duke y Dutchess, lo que más lamentó fue perder la delicia de sus amadas cabras. Dijo que le daba lo mismo si lo dejaban con su harem de chivas. Pero la mayoría de las leyes que condenan la zoofilia dispensan los casos específicos de ayuntamiento con potro o yegua. Esta excepción tiene mucho que ver con el fortalecimiento del Estado y la existencia de poderosos ejércitos. Se trata de salvaguardar las urgencias sexuales de los guerreros en campaña. En este aspecto, Gengis Kan era bien claro. Permitía la zoofilia en sus ejércitos y los guerreros debían practicarla con los arreglos debidos. La acémila echada de lomo y ellos sujetándole los cuartos traseros con una reata. Los mongoles sabían que un coito de pie debilitaba terriblemente las piernas, tan necesarias para un jinete. Después los boxeadores tomaron nota de esta lección. Tal hecho está documentado en un antiguo tapiz mongol, cuya fotografía aparece en el libro de la sexóloga Reay Tannahill, "Sex in History", 1997. En cuanto a sensación genital máxima, el médico geriatra y erotólogo Carlos Vivanco dice, en sus notas sobre sexualidad, que nada se compara con el placer que proporciona la vagina increíble de la manatí colorada, mamífero pinnípedo que vive en las aguas del Ucayali. Solo que dicha delicia magna -quimera y leyenda- conlleva un riesgo terrible. Cuando la manatí colorada alcanza la cumbre del orgasmo, ésta da un suspiro profundo de pasión humana y contrae el área pélvica con tal violencia que, como una terraja, puede seccionar en redondo el pene del macho embrocado en el goce. En este rubro de la manatí colorada, véase también el testimonio que el médico Ernesto Che Guevara escribió en "Notas de viaje", cuando iba rumbo al leprosorio San Pablo. A pesar del tremendo peligro, muchos hombres, principalmente bogavantes selváticos, abordan temerariamente la aventura del goce con la manatí colorada, la poseedora de la legendaria pusanga. Al primer suspiro de placer que lanza la manatí colorada, pegan el saltapatrás de los gatos techeros. Así lo hizo en su juventud, confiesa el poeta José Carlos Rodríguez, autor de "Warachicuy" y también de la novela "Jardín de piedras", ambos libros publicados en París. Si reaccionan tarde, advierte Rodríguez, solo les quedara el muñón de la dicha. Pero, por lo menos, los damnificados tendrán el consuelo de narrar la historia para seguir alimentando la leyenda. Poca gente conoce que la irresistible pusanga -pulsera o tobillera- convertida actualmente en embrujo cosmopolita, cuya fama colma los tesauros de erotismo y antropología, es el aro que forman los labios recortados de la vagina de la manatí colorada. Acto de reprobable depredación, sin duda. Pero existe, también, otra pusanga, o sea en la pelvis de dicha hembra acuática. Y una tercera que es una mágica planta amazónica. Todas con la eficacia de un talismán para alcanzar el placer que anuncia el singular libro del poeta Enrique Verástegui, "Monte de Goce".
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