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ARTICULO

24 de junio de 2004
Paginas 34 y 35 de la edición impresa.


Entre el hedor de las fábricas de harina de pescado y los barrotes se desenvuelve la vida de 200 extranjeros. Los sudafricanos John Jardine, Graham Bransley y el escocés Paul Teasdeld están entre los que purgan prisión.

La Legión Extranjera
Pabellón de reos internacionales más grande del país está en el penal chalaco Sarita Colonia.

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El holandés Rudolfh Peters (izquierda) clama inocencia, mientras que el español John Velilla (centro) admite que por su pésima decisión él y su esposa están presos. Paul Teasdeld (derecha) quiere, en los 17 meses que le restan de prisión, ayudar a que los internos adictos reciban tratamiento.

 

SON turistas sin itinerario ni pronta fecha de retorno. Su único tour transcurre entre los húmedos pasillos y las celdas tugurizadas del penal Sarita Colonia del Callao. Ahí esperan la eventual carta familiar, la llamada telefónica que les ponga al otro lado de la línea al hijo que crece lejos o a la esposa ausente.

Se trata de la población penal de extranjeros más grande del país. Son 200 provenientes de todas partes del mundo, aunque hay una mayoría sudafricana. El lunes pasado CARETAS visitó este pabellón y recogió sus testimonios. Algunos aducen graves errores cometidos en sus procesos, pero la mayoría reconoce los terribles errores que les cambiaron las vidas.

"Soy culpable y debo ser castigado"

Dice que sabía lo que hacía y tenía conciencia del riesgo, pero necesitaba el dinero. En enero del 2002 John Jardine, sudafricano de 64 años, aceptó venir al Perú y recoger cocaína.

"Mi hija me escribió diciendo que está decepcionada, igual mi nieto de 16 años", dice, y reconoce: "Soy culpable y debo ser castigado. Si la pena hubiera sido la muerte, feliz habría muerto porque lo merezco".

"Mis hijos al principio me escribían pero ya no"

En el 2002 cumplió 40 años y en la armada sudafricana le dijeron que se busque otro trabajo. Graham Bransley aceptó la propuesta de llevar cocaína desde el Perú pero fue atrapado mientras lo intentaba en diciembre de ese año. Lo sentenciaron a nueve años.

"Mis hijos al principio me escribían pero ya no. Otros reciben cartas, yo no", se lamenta y su rostro refleja permanentemente esa tristeza. "Yo limpio el pabellón, los otros internos me pagan por limpiar sus celdas".

"Los días de visita vienen las esposas de otros"

Nació en Escocia pero emigró a Sudáfrica hace 24 años. Ahí trabajó en un hospital hasta que fue despedido. Con dos hijos pequeños Paul Teasdeld decidió venir al país para llevar droga a Africa, pero fue atrapado en diciembre del 2003 y sentenciado a seis años.

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Peter Magezi no oculta su indignación. Pasó de ser un manager de fútbol a convertirse en un reo más en una de las prisiones más hacinadas del país.

"Mi hijo menor cree que estoy trabajando. Los días de visita vienen las esposas y los hijos de otros", dice esforzándose para afirmar su voz. "Cuando salga buscaré trabajo en el Reino Unido y llevaré a mi familia. Quiero olvidar esta experiencia".

"Sin fotografías de mi hijo no tendría cómo reconocerlo".

Rudolfh Peters de 48 años, holandés, creyó que sacaba del Perú un maletín con diamantes. Eso afirma. Todo comenzó cuando una persona le preguntó en España si quería recoger en Perú este cargamento y llevarlo a Madrid. Peters aceptó sin saber que el contacto en Lima le escondería cocaína entre las piedras. Era abril del 2002.

Todo terminó rápidamente. El otrora secretario judicial fue internado en el penal del Callao pese a que clamó desconocer la carga secreta. Lo sentenciaron a siete años. "Si mi esposa no me mandase fotografías de mi hijo menor no tendría cómo reconocerlo".

"El abogado sólo viene a sacarme dinero"

Al sudafricano Peter Magezi de 34 años se le nota a leguas la indignación. Él es un manager de fútbol que estaba en tránsito y tenía como destino final Cancún, pero fue detenido, según él, sólo por conocer a un sujeto vinculado a una `burrier' alemana en enero del 2004.

"Es una injusticia. Ella dijo que no me conocía. No sé si hacen esto por ser de color y africano. El abogado sólo viene a sacarme dinero, no puedo seguir en estas condiciones".

"No quiero olvidar esta experiencia"

Para el español John Velilla (24) el dolor es doble. No sólo él está preso por tráfico de droga sino también su esposa. Ambos fueron atrapados en el aeropuerto Jorge Chávez en octubre del 2001. Ella estaba embarazada; ahora está en el penal de Santa Mónica y el bebé en casa de la mamá de John en España, junto con el hijo mayor de ambos, de cuatro años.

Él estudiaba psicología cuando perdió su trabajo. Aceptó venir al Perú y llevar cocaína a España. Los dos fueron condenados a ocho años de prisión. "Mis hijos no me conocen, por teléfono me dicen que me quieren pero no me conocen y yo tampoco. No quiero olvidar esta experiencia, quiero tenerla presente para no volver a errar". (Patricia Caycho)

 

 


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