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24 de junio de 2004

Por LORENA TUDELA LOVEDAY

¡Qué Apellido, Hija, Qué Apellido!

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PUCHA, hija, yo pensaba que lo de los nombres tipo Himbler, Weber, Jessikah's Jesseniah's (que ni me oiga), y anglicismos similares, pucha, obedecían a ya tú sabes, o sea, al bastardismo de un Garcilaso que nunca pudo reconciliarse con el pecho bueno (lee el libro de Max Hernández sobre el tema, es cuanto caaaaabe) y cómo te explico, se nos choleó el país. Pero ahora resulta que también los apellidos peruanos nos están complicando la existencia, hija, como si no tuviéramos ya bastante con soportar al alzado de Pachi y señora -a la que, pobre, en una feria de Cusco la convirtieron en papa a la huancaína pero en salsa de mirasol, yo sé que tú me entiendes- para no mencionarte a uno que se llama Pacheco, hija, que cuando lo vi por la televisión el otro día pensé que ahora los controles remotos se programaban para ir solitos a Animal Planet, qué moderno, y no, fíjate tú.

Te digo lo anterior porque hija, si se pudo apellidar Conchuela, Zorrilla o hasta Almejón (si lo que quería era el aumentativo), pucha, ¡por qué tuvo que apellidarse CHUCHÓN! Mira, en los Alvarez Calderón ese ón tan fuerte al final no solamente no queda mal sino que le da al apellido ese airecito marcial, ora el labora, que tanta falta nos hace en el Perú. Hay Torrejón, yo conozco a alguien que se apellida así, y aunque tengamos que admitir que no se trata sino de una torreja superlativa, pucha, habrá que remontarse al feudalismo en España donde no faltaría la antepasada del conquistador que se distinguiera por la magnitud de sus tortillas. Marañón y Salomón los paso piola, porque significan lo que significan, y hasta Pingón aguantaría (Yehude Pingón, ¿te imaginas qué regio?), en base al mismo argumento. Pero hija, CHUCHÓN, CHUCHÓN, ¿te has puesto a pensar realmente en lo que significa?

Yo te digo una cosa, a mí mucho menos que sus opiniones sobre los métodos anticonceptivos, me perturba el apellido. Porque que vaya por el mundo pregonando que no usa condón "por respeto a sí mismo", cómo te explico, o sea, aparte de evidenciar que para el joven las relaciones sexuales se dan con uno mismo (y habrá que verle la palma de la mano para recomendarle que se haga una trenza francesa), pucha, de repente el pobre lo que nos quiere decir es que hasta la talla nipona se le cae de grande, porque así es el inconsciente desde la época de Freud, qué quieres que te diga; pero aún en ese caso bastaba con apellidarse Pinganilla o Pichilingue y sanseacabó.

Pero hija, CHUCHÓN es too much. Pudo ser Coñín, Churrimindanguilla, Conchán, Papadópulos, Chuchín, Von Vagin (conocí en Laussane a una noble bávara que se apellidaba así, y la tarada de Maripí le decía Von Chucha, ¿te imaginas?); hasta Coñete le hubiera aguantado, pero CHUCHÓN, CHUCHÓN, hija, no puede ser sino una tautología, una profecía autocumplida, una predestinación.

Bueno CHUCHÓN, ahora vamos a hablar claro, ¿qué es lo que te molesta tanto de la píldora del día siguiente? ¿Tú la tomas?, ¿no?, entonces pues hijo, déjate de opinar sobre lo que no conoces y ponte a trabajar en el Congreso, a ver si sacas una ley según la cual, pucha, así como existe el derecho ciudadano a cambiarse de nombre, o sea, lo mismo valga para el apellido, y ya vas a ver cuántos Ventocilla (que no es sino el sinónimo de Pedillo, o de Cuesquete), cuántos Barriga, cuántos Machuca y cuántos Mostacero te lo van a agradecer. Pero CHUCHÓN, explícame cholo, que no entiendo: ¿qué tanto te arruina la existencia el que una que pucha, tantas cosas que tiene en la cabeza, o sea, se haya dejado llevar por los desenfadados envites de la facecia y cuando se acuerde de lo importante que es cuidarse, pucha, ya sea too late y tenga a la mano su pastillita mágica, que te la tomas y te vas a trabajar como si vinieras de dejarle una limosna a la alcancía del Divino Copón, ojalá me estés entendiendo.

Pero en fin, CHUCHÓN, menos mal que no eres cardenal, hijo, porque ahí sí que no hubieras podido usar el apellido (¿se imaginan?: Juan CHUCHÓN, primado de la república), qué quieres que te diga. La cosa, hija, es que de tanto CHUCHÓN, cómo te explico, me he quedado sin espacio para comentarte la lluvia de camotes sancochados con que recibieron a la Carrot en Huancaro. No sabes la pena que me dio, no paré de llorar dos días, tuve que cerrar el consultorio solo de imaginarme a la susodicha abollada a punta de tubérculos. Pero bueno, ella se la buscó, de tan étnica y telúrica que se nos pone a veces. Pero en fin Carrotcita, tú tranqui nomás que si de algo debes ocuparte, pucha, es de tus empresas con Almeyda, que más bien debió apellidarse Almeja, yo sé que tú me entiendes. Chau, chau. (Rafo León).

 


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