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Edición Nº 1830 |
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Portada
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Los Líos
Profundos
LOS restos de José María Arguedas han viajado a Andahuaylas por obra de una voluntad colectiva, pero ilegal. Contra ese retorno a la tierra natal arremete Sybila Arredondo, viuda del escritor y senderista notoria. Dos cuestiones litigiosas surgen aquí. Desde el punto de vista del derecho, la viuda conservaba, en efecto, preferencia en cuanto al traslado o no de los restos mortales del autor de Los ríos profundos. Los andahuailinos, entre ellos Nelly Arguedas, hermana del escritor, cometieron el error de desestimar esa primacía. ¿Deben los restos de Arguedas reposar en Andahuaylas, a donde fueron trasladados entre gallos y medianoche el lunes último, o es preciso que vuelvan a Lima? Este es el segundo problema. Surge aquí una discrepancia profunda. Sybila, residente en Chile, su patria, y su hija Carolina, que vive en Lima, sostienen que Arguedas quería que su huesa estuviera en nuestra capital. Carolina se remite a una frase de Arguedas en carta que dirigiera al rector de la Universidad Agraria el 27 de noviembre de 1967, dos días antes de dispararse los dos balazos que el 2 de diciembre acabarían con su vida. Dice el párrafo pertinente: "Me acogerán en la Casa nuestra, atenderán mi cuerpo y lo acompañarán hasta el sitio en que deba quedar definitivamente." El texto se refería a alumnos y profesores de la Agraria. Las palabras no señalan a Lima o a Andahuaylas, tampoco dicen que su cuerpo debe quedar en determinado lugar; "en que deba quedar", expresa, en modo subjuntivo. Algunos profesores y alumnos hubieran podido acompañarlo hasta Andahuaylas, si en el momento de la muerte se hubiera decidido enterrarlo allá. Pero quizá esto equivalga a cortar pelos en cuatro y a lo largo. Lo sustantivo no es el derecho formal de la señora Arredondo, ni siquiera la disputa, con acentos pueblerinos, entre Marcial Gutiérrez, presidente del Club Provincial Andahuaylas, y el congresista Edgar Villanueva, fundador del partido Todas las Sangres. Este último ha amenazado con enjuiciar y mandar a la cárcel a Gutiérrez y a las autoridades que le facilitaron el permiso para exhumar los restos. El episodio ha tenido instantes grotescos, que Arguedas no merece. Los restos permanecieron escondidos "en una funeraria de mi confianza" (Gutiérrez) y hay quienes aseguran que viajaron en la maletera de un vehículo hasta Andahuaylas. Lo sustantivo para la cultura del Perú, para la obra de Arguedas y para el conocimiento de ésta no reside en una tumba. En cuanto a la viuda, se sabe que sus relaciones con el autor de Yawar Fiesta no fueron precisamente idílicas y simétricas. Como ha escrito el martes último Víctor Hurtado en su correo electrónico, ojalá que un-una joven se preocupen de estudiar ese lado oscuro. Hurtado recuerda, además, el genocidio de indígenas perpetrado por Sendero Luminoso y sobre el cual muchos cómplices nos deben una autocrítica y un arrepentimiento. Hurtado no vacila en llamar banda neonazi a la encabezada por Abimael Guzmán, que asesinaba a dirigentes campesinos y sindicales inermes. Como se sabe, César Vallejo no quería volver, vivo o muerto, al Perú, hasta que no quedara piedra sobre piedra. Es decir, hasta que no ocurra una transformación de fondo. He referido en otro tiempo y lugar lo que me dijo Georgette, la viuda del poeta, cuando ella le planteó el retorno al Perú y él respondió: "Tú no sabes lo que es esa risita de Lima". Juan Francisco Castillo me contó esta escena, que completa la historia: Vallejo ingresaba al patio del Colegio Guadalupe, cuando de un corrillo de profesores emergió en voz alta esta frase: "Ese cholo se cree poeta". Y estalló la risa, la risita de Lima. Vallejo era y es importante por encima de su tumba. Asimismo, lo que importa de Arguedas no son sus huesos, sino sus libros. ¡LA RABIA NO! A propósito, en su carta al rector de la Agraria, Arguedas expresó su preocupación por los problemas del país y de la universidad peruana. En esa misiva reflexionó: "Aquí, en la Agraria, fui miembro de un Consejo de Facultad y pude comprobar cuán fecunda y necesaria es la intervención de los alumnos en el gobierno de la Universidad. Fui testigo de cómo delegados estudiantes fanatizados y algo brutales fueron ganados por el sentido común y el espíritu universitario cuando los profesores en lugar de reaccionar sólo con la indignación lo hacían con la mayor serenidad, energía e inteligencia." En el antepenúltimo párrafo escribió: "el Perú es un cuerpo cargado de poderosa savia ardiente de vida, impaciente por realizarse; la Universidad debe orientarla con lucidez `sin rabia', como habría dicho Inkarri, y los estudiantes no están atacados de rabia en ninguna parte, sino de generosidad impaciente, y los maestros verdaderos obran con generosidad sabia y paciente. ¡La rabia no!". (César Lévano).
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