|
Edición Nº 1830 |
| ||||||||||||
| | |||||||||||||
|
Portada
|
Humor
al Mérito HAY una palabra en apariencia poco asociada al humor que podría despejarnos mucho del misterio que provoca la risa. Algo que Joaquín Salvador Lavado, alias Quino, mencionó en una añeja entrevista: el conflicto. Allí Quino señalaba que "a uno de chico le enseñan una cantidad de cosas que no deben hacerse porque están mal y hacen daño. Pero resulta que cuando uno abre los diarios se da cuenta que los adultos perpretan todas esas cosas prohibidas. Así nace el conflicto". Y así también erupciona el humor, ese secreto compartido, ese mensaje camuflado que anima en el receptor una complicidad materializada en risa y con suerte en carcajada. Y cómo se llega a eso. La vida. Siempre la vida.
Quino desde siempre fue un muchachito tímido y solitario -ha dicho
que en sus sueños nunca aparece el sol, siempre es de noche- y
desde siempre, también, escogió el dibujo como su íntimo
refugio. Por eso cuando se acabó esa broma llamada colegio se matriculó
en Bellas Artes, allá en Mendoza, para aprender eso que no se aprende.
Rápidamente se aburrió de hacer bodegones y emprendió
el viaje a la capital. Buenos Aires lo recibió como suelen hacerlo
las capitales: con desprecio e incomprensión. Recorrió redacciones
mostrando sus primeros trazos y, claro, fue rechazado. Pero insistió. Cuenta Quino que en el '63 le pidieron una tira cómica
que debía servir como publicidad indirecta para cierto producto
de electrodomésticos dirigido a la familia de clase media. Su trabajo,
sin embargo, no fue aceptado y por ello fue a parar directo al cajón
en espera de una nueva oportunidad. Eso ocurrió pronto, y luego
de una necesaria adaptación nominó al personaje principal
Mafalda, y como ya no tenía que servir a fines publicitarios o
comerciales la hizo sutilmente rebelde. Ella le dio prestigio pero también
lo encadenó. En 1971, Quino visitó el Perú y fue
entrevistado para Caretas por César Hildebrandt, quien escribió:
"El poder corrosivo del humor, su inigualable capacidad de persuasión
y su brutalidad muriática para desmitificar es algo que ningún
gobernante puede dudar. Generalmente el chiste político tiene una
delicada existencia. Pero -continúa Hildebrandt- ¿cómo
quitarse de encima a alguien que prefiere roer cimientos y no alborotar
campanarios? ¿Cómo romperle el lápiz a un dibujante
cuya ulcerante vena se dirige a desplumar al pavorreal de ciertos valores;
que prefiere un humor impersonal que apedrea la axiología de la
clase media y que, en resumen, ejerce con semanal y puntillosa dignidad
el papel de un rebelde emboscado tras un personaje aparentemente inocentón?"
Preguntas que definían con certeza al personaje, su oficio y su
origen.
| ||||||||||||
|
| |||||||||||||