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Edición Nº 1831 |
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Portada
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De Cabeza
en la Copa
Escribe JERONIMO PIMENTEL UNA performance new age de ribetes psicotrópicos
dejó más asombrado que admirado a una platea por lo general
silente, desacostumbrada a las acrobacias hiphoperas que alborotaban una
presentación que pretendía recrear "la formación
de la cordillera de los Andes y la aparición de la vida en el continente".
A la usanza gringa, donde se acostumbra cantar el star spangled banner
antes de los eventos deportivos, Tania Libertad mostró agudos operáticos
para un pueblo más deseoso de Gianmarcos y marineras. En todo caso,
el espectáculo sorpresa preparado por la organización fue
prolijo y aplaudido, gratificación que la tribuna dedicó
a Arturo Woodman cada vez que se perifoneó su nombre desde la reinaugurada
torre norte, mas no así a David Waisman, receptáculo de
largos abucheos propios de una gestión de 6 puntos, que -aún
así- hicieron agradecer, sólo por vergüenza ajena,
la no presencia del Presidente en este primer día copero.
El primer gol de Botero, y también el segundo, no tuvieron otro efecto en el fan que el silencio, más allá de pequeños espasmos de "sí se puede" que calaban cada vez menos en las populares, cada vez más descreídas. Perú no se caracterizó jamás por su garra, pero el libro Guiness puede tomar constancia de un hecho inédito: ciertos espectadores e incluso algunos periodistas abandonaron el escenario en el minuto 22 del segundo tiempo, cuando el habilidoso boliviano Alvarez le hizo una huacha a Ibáñez fuera del área y definió con ángulo irreal, como si fuera Van Nistelrooy. Si los que jugaban en el gramado -tal vez por culpa de la pésima formación que Autuori envió a la cancha-, eran 11 desconocidos (aunque los que realmente estaban al borde eran Soto y Maestri), la tribuna era la extensión de esa sensación de sentirse "ajeno a" sólo que en la trágica proporción de 45 mil espectadores. Patadita, ese mimo de habilidad circense en la rara pero estéril práctica de no dejar que el balón toque el suelo, animaba el entretiempo, sólo que los únicos que disfrutaban del espectáculo eran sus familiares. Para el resto su entusiasmo era un insulto, como un chiste en el cementerio.
Así, Mendoza ingresó con los ánimos de quien busca que lo contraten en una liga importante, y Pizarro ejecutó el penal con canon alemán, encendido el arribismo triunfalista del respetable (es decir, "A-RRI-BA-PE-RÚ"). Y recién ahí empezó la fiesta. Los desconocidos se hicieron amigos, el "Chorri" marcó un gol de factura europea y el empate, de pronto, sabía a triunfo en la garganta de quienes antes desconfiaban. Como activados por un mecanismo secreto, los peruanos empezaron a alentar como argentinos, a jugar como brasileños y a ambicionar como griegos. Pero como decía Rodolfo Hinostroza, es distinto un cholo calato que un desnudo griego. Bolivia, en apariencia el rival más pobre, con admirable tozudez aymara, no permitió más que la paridad (gracias en mucho al arquero Fernández), dejando las aspiraciones peruanas en un suspenso que sólo se podrá definir ante Venezuela. Sólo que existe un pequeño problema. Los llaneros acaban de empatar en las Eliminatorias en Lima, y a pesar de perder ante Colombia mostraron buen fútbol y solidez defensiva. Perú, por su parte, sigue siendo un equipo anodino que juega bien 20 minutos de 90. Es un hecho que el pesimismo es la especie más valorada en el país. Sin embargo, si los futbolistas quieren cambiar la historia tienen que aprender a dar la contra. Las esperanzas tambalean pero aún no caen. Un poco de emoción hace más saborables los triunfos.
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